“Ya rompe el alba”: la gloriosa luz de la restauración

Robert L. Millet

Robert L. Millet es profesor emérito de escrituras antiguas y ex decano de Educación Religiosa en la Universidad  Brigham Young.

Jesús y los Apóstoles hablan de la llegada del fin de una época, el fin de la dispensación del meridiano de los tiempos. Advirtieron que vendría un día en que los hombres y mujeres “no soportarán la sana doctrina” (2 Timoteo 4:3), un día en el cual las personas maliciosas tratarían de introducir en la fe “herejías destructivas” (2 Pedro 2: 1).

Aunque el imperio político de Alejandro Magno no le sobrevivió a su muerte en el año 323 AC, el imperio cultural que él fundó duró por casi mil años, hasta el surgimiento del Islam y las conquistas árabes del siglo VII. La influencia griega o helenística fue profunda sobre el imperio romano, en el mundo del judaísmo e, infortunadamente, en la iglesia cristiana primitiva.

Y como Zenós lo había previsto, una época en que las ramas injertadas “del olivo silvestre” (o sea la influencia de los gentiles) traerían por resultado una época de crecimiento en la Iglesia (ver Jacob 5:17). Pero sólo era cuestión de tiempo para que las enseñanzas de los profetas y las ideas

de los filósofos entraran en conflicto; quienes tenían ojos para ver sabían que los intentos de fusionar las doctrinas del templo de Dios con las doctrinas de Platón serían un fracaso para la religión cristiana. El ecumenismo llevaría a una impotencia compartida. El error filosófico, mezclado con la verdad, dio lugar a un híbrido herético, a una mezcla conceptual extraña para los que son sensibles espiritualmente y ciertamente ofensiva para el Dios que se deleita en revelarse a sus hijos.

Ciertamente hubo almas buenas y nobles que disfrutaron y escucharon esa influencia que conocemos como la Luz de Cristo; se esforzaron por vivir de acuerdo a la mejor luz y conocimiento que tenían. Después de haber comentado sobre el parpadeo y la extinción de la llama de la fe cristiana, el Presidente Boyd K. Packer declaró: “Pero siempre, como lo había sido desde el principio, el Espíritu de Dios inspiró a las almas rectas. Tenemos una inmensa deuda con los protestantes y los reformadores antiguos que preservaron las Escrituras y las tradujeron. Ellos sabían que algo se había perdido y mantuvieron viva la flama lo mejor que pudieron.” [1] En otra ocasión enseñó: “la línea de autoridad del sacerdocio se rompió. Pero la humanidad no quedó en absolutas tinieblas ni completamente privada de revelación o inspiración. La idea de que con la crucifixión de Cristo los cielos se cerraron y que se abrieron en la Primera Visión no es verídica. La luz de Cristo estaría presente en todas partes para asistir a los hijos de Dios; el Espíritu Santo visitaría a las almas inquisitivas; las oraciones de los justos no quedarían sin respuesta.” [2]

El élder Alexander B. Morrison, de los Setenta, escribió: “La opinión de que los cambios en la Iglesia primitiva dieron lugar a que se extendiera un manto de obscuridad infernal sobre toda la tierra al grado tal que la humanidad no tuvo contacto con Dios o el Espíritu por cerca de dos milenios, simplemente no soporta el escrutinio del conocimiento moderno. Los eruditos de hoy día, beneficiándose con las perspectivas y la información que no estaban disponibles hace un siglo, entienden que ‘la Edad Media’ no fue tan obscura como se había creído antes.” [3] John Taylor declaró que durante la época medieval hubo personas que “pudieron comunicarse con Dios, y quienes, por el poder de la fe, pudieron: hacer a un lado las cortinas de la eternidad y ver hacia el mundo invisible. . . . tener la ministración de ángeles y descubrir los destinos futuros del mundo. Si esa fue la edad obscura, pido a Dios que me de una poca de esa obscuridad, y que me libere de la luz y la inteligencia que prevalecen en nuestros días.” [4]

No obstante, la autoridad apostólica—la guía divina para regular los asuntos de la Iglesia de Jesucristo y para proclamar e interpretar la doctrina verdadera—fue llevada de la tierra. La luminaria gloriosa que conocemos como revelación, que institucionalmente siempre viene por medio del ministerio de los apóstoles y profetas, no se disfrutó entre los pueblos de la tierra. Lo que se perdió incluyó: las llaves del santo sacerdocio al igual que los convenios y las ordenanzas esenciales que conducen a la vida eterna; las verdades claras y sencillas que se quitaron o fueron suprimidas de la Biblia (ver 1 Nefi 13: 24-29, 34); la doctrina verdadera de Dios, de la Deidad, y la relación del hombre con la Deidad; y el conocimiento de los medios por los que los mortales pueden tener experiencia divina. Estas y una cantidad indefinida de otros tesoros se convirtieron en misterios para las masas y se deslizaron al reino de lo desconocido y lo no accesible.

El Amanecer de un Día más Brillante

La primavera del año 1820 señaló la aurora de un nuevo día. La Arboleda Sagrada en la parte superior del estado de Nueva York no era el lugar para una restauración completa, un lugar y un tiempo en los que Dios diera a conocer todas las cosas y para corregir todos los defectos de un mundo tambaleante. Más bien, la Primera Visión empezó la época de la restitución, los tiempos de refrigerio (ver Hechos 3: 19-21), la época de limpieza y purificación y de investidura que alcanzará el zenit en la dispensación milenaria. Incapaces de caminar por completo en la luz del Señor, los pueblos de la tierra escogieron sus propios senderos y trataron de guiar sus propios destinos. La condición espiritual de la tierra en la mañana de la restauración ha sido descrita por el Señor como sigue: “porque se han desviado de mis ordenanzas y han violado mi convenio sempiterno. No buscan al Señor para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios, cuya imagen es a semejanza del mundo y cuya substancia es la de un ídolo que se envejece y perecerá en Babilonia, sí, Babilonia la grande que caerá” D y C 1: 15-16). El problema dominante era la idolatría; la devoción y dedicación a cualquiera cosa distinta al Dios verdadero y viviente. El problema era uno que vemos con frecuencia en nuestra época, o sea distraernos de las cosas de mayor valor. El hombre había creado un dios, un dios desconocido, la Esencia, o el Gran Ser desconocido e inalcanzable. Los líderes religiosos del siglo diecinueve, y sus congregaciones—hasta los más sinceros entre ellas, y ciertamente había muchos—ya fueran católicos o protestantes, judíos o musulmanes, habían perdido su camino.

Entonces el Señor mandó la medicina para la enfermedad del mundo: “Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra,”—la calamidad espiritual si la gente de la tierra continuaba como estaba y los tiempos peligrosos que vendrían aún para quienes tuvieran su fe centrada totalmente en su Redentor— “llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos; y también a otros di mandamientos de proclamar estas cosas—las alegres nuevas de la Restauración—al mundo; y todo esto para que se cumpliese lo que escribieron los profetas: Lo débil del mundo vendrá y abatirá lo fuerte y poderoso, para que el hombre no aconseje a su prójimo” (D y C 1: 17-19). Esto es, que los hijos de Dios ya no necesitan confiar ni depender en la sabiduría de los no iluminados, quienes no son verdaderos hombres o mujeres de Dios. (Ver Mosíah 23:14).

De hecho, Dios llamaría a lo débil y lo sencillo para llevar adelante su obra grande y maravillosa, “a aquellos que son indoctos y despreciados” (D y C 35: 13), a quienes son enseñables, que están dispuestos a desechar la falsedad y despojarse del orgullo y la duplicidad, cuyas mentes y corazones están abiertas a la voluntad del Todopoderoso. La Restauración proclamó un día en el cual los hombres y mujeres podrían venir a Dios, seguir adelante por los vapores de tinieblas y arrodillarse y adorar al Dios verdadero y viviente, en el nombre del Hijo, mediante el poder del Espíritu Santo. Los días en que solamente los pocos escogidos podrían venir a Dios, aquellos días en que solamente la jerarquía sacerdotal podía comunicarse con la Deidad y efectuar los sacramentos, ya no existían. El evangelio de Dios, el nuevo y sempiterno convenio, fue restaurado a la tierra para que “todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo; para que también la fe aumente en la tierra” (D y C 1:20-21).

La Restauración empezaría por una revelación, una revelación de doctrina, principios y preceptos. Era necesario que empezara con la Primera Visión, el principio de la revelación de Dios al hombre. Seguiría con la salida del Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo. Mediante las verdades contenidas en este tomo sagrado—incluyendo verdades perdidas por mucho tiempo sobre temas tales como la Creación, la Caída, y la Expiación—nuevamente se podría tener la plenitud del evangelio. Revelación sobre revelación vendrían a y por medio de José Smith, incluyendo la restauración de las verdades claras y preciosas que fueron quitadas o suprimidas de la Biblia.

Pero había más, más por venir a través de la verdad, más que teología. La Restauración estaba destinada a ser una revolución significativa. Debió haber sido una visión poderosa la que llenó la mente de José Smith el Vidente cuando anunció: “Considero que soy uno de los instrumentos en el establecimiento del reino [de Dios, visto en visión] por Daniel, mediante la palabra del Señor, y es mi intención establecer un fundamento que revolucionará al mundo entero.” [5]

La visión que tenía José Smith del reino de Dios, y del poder y alcance final de la Restauración era cósmica. Consistía de mucho más que predicar, del estudio y los servicios del Día de Reposo; implicaba la renovación completa del orden de las cosas en la tierra, la transformación de la humanidad y la elevación de la sociedad. La Restauración debía ser tan amplia y profunda como lo había sido la época en que no hubo apóstoles y profetas en la tierra. Eventualmente, el pueblo de Sión llegaría a conocer y comprender la verdad, discernir y disipar el error, y enseñar y vivir la verdad, en todo lo que dijeran e hicieran, en todas las facetas —intelectual, moral y espiritual—de la actividad humana. “He aquí, en estos postreros días, yo, el Señor, he hecho a mi iglesia semejante a un juez que se sienta en un monte, o sea, en un lugar alto, para juzgar a las naciones. Pues sucederá que los habitantes de Sión juzgarán todas las cosas pertenecientes a Sión” (D y C 64: 37-38).

El Presidente George Q. Cannon dijo: “El mormonismo está destinado a revolucionar al mundo.”

“Pero, ¿cuántos son los que comprenden la verdad de esta expresión? Algunos, sin duda, pero no todos los que la han oído, pero esa revolución sigue, y ellos están ayudando a promoverla; comenzó hace muchos años—en el momento preciso—en que la primera revelación le fue dada al Profeta José Smith.

Pero para revolucionar un mundo, con religiones, y sistemas políticos y sociales, el rebasar casi seis mil años de experiencia es un proceso lento.

Por esta razón el Reino de Dios sobre la tierra no se caracterizará por un crecimiento rápido maravilloso. . . . pero luchando sin cesar hasta resultar victorioso sobre el error y la maldad de toda clase, sus fundamentos estarán asegurados en los corazones y los afectos de quienes solamente aman y viven para la verdad y la rectitud.” [6]

Una Ventana al Pasado

De José Smith y de todos los que han sido llamados como Presidente de la Iglesia, el Salvador dijo: “Además, el deber del presidente del oficio del sumo sacerdocio es presidir a toda la iglesia, y ser semejante a Moisés. He aquí, en esto hay sabiduría; sí, ser vidente, revelador, traductor y profeta, teniendo todos los dones de Dios, los cuales él confiere sobre el cabeza de la iglesia” (D y C 107: 91-92; ver también 124: 125). José Smith no solamente estaría como el cabeza de esta dispensación final sino que presidiría como el “vidente escogido” de entre el fruto de los lomos de José (ver 2 Nefi 3: 7). Ammón explicó al rey Limhi, que un vidente “es también revelador y profeta” (Mosíah 8: 16) y continuó diciendo “que no hay mayor don que un hombre pueda tener, a menos que posea el poder de Dios, que nadie puede tener; sin embargo, el hombre puede recibir gran poder de Dios. Más un vidente puede saber de cosas que han pasado y también de cosas futuras; y por este medio todas las cosas serán reveladas, o mejor dicho, las cosas secretas serán manifestadas, y las cosas ocultas saldrán a la luz; y lo que no es sabido, ellos lo darán a conocer. . . . Así Dios ha dispuesto un medio para que el hombre, por la fe, pueda efectuar grandes milagros; por tanto, llega a ser un gran beneficio para sus semejantes” (Mosíah 8: 16-18).

Estoy interesado muy particularmente en la función del vidente al dar a conocer cosas que han pasado. Piensen por un momento en lo que hemos llegado a conocer acerca del pasado como resultado del ministerio de los videntes en estos últimos días. Mediante lo que se ha revelado por medio del Libro de Mormón, las revelaciones en la Doctrina y Convenios, la traducción del Profeta de la Biblia del Rey Santiago (la Traducción de José Smith), el libro de Abraham, y otros comentarios inspirados de los profetas, tal parece que estuviéramos sentados con un gran Urim y Tumim enfrente de nosotros, contemplando las escenas de días anteriores. Es posible que el Señor haya revelado a José Smith tanto o más cosas pertenecientes al pasado de lo que lo hizo con respecto al futuro.

Ciertamente no podría haber una verdad de mayor valor, ningún conocimiento de la Restauración de más preciado valor—y a lo vez tan misterioso y extraño para otros en el mundo religioso—que la idea de un evangelio eterno. Debido a las escrituras adicionales de la Restauración, sabemos que los profetas cristianos han declarado la doctrina cristiana y han administrado las ordenanzas cristianas desde el inicio del tiempo. Se les enseñó el evangelio a Adán y Eva. Oraron al Padre en el nombre del Hijo, se arrepintieron de sus pecados, fueron bautizados por inmersión, recibieron el don del Espíritu Santo, fueron casados para toda la eternidad, y entraron en el orden del Hijo de Dios. Conocieron, y lo enseñaron a sus hijos y a sus nietos, el plan de salvación y el hecho eterno de que la redención se llevaría a efecto mediante el derramamiento de la sangre del Hijo del Hombre (ver Moisés 5:1-9; 6:51-68). Y lo que fue cierto para nuestros primeros padres también fue cierto para Abel, Set, Enoc, Melquisedec y Abraham. Ellos tuvieron el evangelio. Conocieron al Señor, enseñaron su doctrina y oficiaron como administradores legales en su reino terrenal. Isaac, Israel, José, Efraín y todos los patriarcas gozaron de la revelación personal y la comunicación con su Hacedor. Samuel, Natán, y de Isaías hasta Malaquías en el Viejo Mundo y desde Nefi hasta Moroni en el Nuevo, todos estos profetas tuvieron el Sacerdocio de Melquisedec. [7]

José Smith declaró: “. . .No podemos creer que los antiguos de todas las épocas no hayan tenido ningún conocimiento del sistema celestial, como muchos suponen, porque todos los que se han salvado, se salvaron mediante el poder de este gran plan de redención, tanto antes de la venida de Cristo como después; si no fuera así, Dios habría puesto en marcha diferentes planes (si podemos decirlo) para llevar a los hombres a morar otra vez con Él; y eso no podemos creerlo, pues no ha habido cambio en la constitución del hombre desde que cayó.” [8] Dijo además:

“Dando por sentado que las Escrituras dicen lo que dan a entender y dan a entender lo que dicen, tenemos suficiente razón para seguir adelante y probar, según la Biblia, que el Evangelio siempre ha sido el mismo: las mismas ordenanzas, cuyos requisitos hay que obedecer; los mismos oficiales eclesiásticos para oficiar; y las mismas señales y frutos que vienen de sus promesas.” [9]

En una de las declaraciones más informativas que existen en nuestra literatura acerca de este principio—que el mensaje y las ordenanzas del evangelio son siempre los mismos—el élder Bruce R. McConkie declaró:

El evangelio eterno; el sacerdocio eterno; las idénticas ordenanzas de salvación y exaltación; las doctrinas de salvación que nunca cambian; la misma Iglesia y reino; las llaves del reino, las cuales sellan al hombre para la vida eterna; todas estos siempre han sido los mismos en todas las épocas; y así serán para siempre en este tierra y en todas las tierras por toda la eternidad. Sabemos de estas cosas por la revelación de los últimos días.

Una vez que sabemos estas cosas, se abre la puerta para entender los fragmentos de información que hay en la Biblia. Al combinar el Libro de Mormón, la Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio, tenemos cuando menos un millar de pasajes que nos permiten conocer lo que prevaleció entre el pueblo del Señor en el Viejo Mundo.

¿Tuvieron ellos siempre la plenitud del evangelio? Sí. No hubo ni siquiera un período de diez minutos desde los días de Adán hasta la aparición del Señor Jesús en la tierra de Abundancia en que el evangelio—como lo tenemos en su plenitud eterna—no haya estado en la tierra.

No permitan que el hecho de que las actuaciones de la Ley de Moisés fueron administradas por el Sacerdocio de Aarón, los confundan en este asunto. Donde existe el Sacerdocio de Melquisedec, allí está la plenitud del evangelio, y todos los profetas poseyeron el Sacerdocio de Melquisedec.

¿Existió el bautismo en los días del antiguo Israel? La respuesta se encuentra en la Traducción de la Biblia por José Smith. . . . y en el Libro de Mormón. Los primeros seiscientos años de la historia nefita son simplemente un relato claro y verdadero de como eran las cosas en el Israel antiguo desde los días de Moisés.

¿Hubo antiguamente una Iglesia, y si así fue, cómo estuvo organizada y dirigida? No hubo ni siquiera el tiempo de un parpadeo del ojo en toda la así llamada época pre-cristiana en el cual la Iglesia de Jesucristo no haya estado en la tierra, organizada básicamente en la misma forma que ahora. Melquisedec perteneció a la Iglesia. . . .Labán fue miembro. . . . y Lehi también, mucho antes de que saliera de Jerusalén.

Siempre existió el poder apostólico. . . . el Sacerdocio de Melquisedec siempre dirigió el curso del Sacerdocio de Aarón. Todos los profetas tuvieron un puesto en la jerarquía de su día. El matrimonio celestial ha existido siempre. De hecho, tal es el corazón y el núcleo del convenio de Abraham. . . . Elías y Elías el Profeta vinieron a restaurar el orden antiguo y a entregar el poder sellador que le confiere eficacia eterna.

La gente pregunta ¿tuvieron el don del Espíritu Santo antes del Día de Pentecostés? Como vive el Señor, sí lo tuvieron; pues es parte del evangelio; y quienes fueron bendecidos así efectuaron milagros y buscaron y obtuvieron una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios. . . .

Con frecuencia he deseado que la historia del Israel antiguo hubiera pasado por las manos editoras y proféticas de Mormón. De haber sido así, se leería al igual que el Libro de Mormón; pero supongo que de todos modos esa fue la forma en que se leyó por primera vez. [10]

. . . . Exceptuando Sólo a Jesús

No es difícil captar un vistazo ocasional de la función singular de José Smith en esta época final. En el espíritu de gratitud, alabanza y en el espíritu de rendir tributo, John Taylor, un hombre no dado a la exageración, escribió: “José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él, exceptuando sólo a Jesús” (D y C 135: 3). Preguntamos ¿más que Enoc? ¿más que Abraham? ¿más que Jacob? ¿qué quiso decir el élder Taylor? Aquí hay algunos puntos para considerar:

1. José Smith sirve como el administrador legal asociado al período de tiempo profetizado por Joel: “Y acontecerá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días” (Joel 2: 28-29). Cuando Moroni apareció por primera vez en septiembre de 1823, citó estos versículos y dijo: “que todavía no se cumplía, pero que se realizaría en breve” (José Smith - Historia 1:41). Ciertamente, El Espíritu de Dios resultó ser la influencia impulsora detrás de la difusión de la verdad eterna y de la transformación espiritual de todos aquellos que se sometieron a los términos y condiciones del evangelio de Jesucristo. Pero, ¿qué de aquellos fuera de la religión? ¿No los afectaría el Espíritu? El Presidente Joseph Fielding Smith, después de citar la profecía de Joel, explicó:

Y bien, mis hermanas y hermanos, yo no voy a limitar esta profecía a los miembros de la Iglesia. El Señor dijo que Él derramaría su Espíritu sobre toda carne.

Eso no significa que el Espíritu Santo sea enviado sobre toda carne y que todos sean partícipes de las bendiciones que tienen el privilegio de recibir quienes han sido bautizados e investidos y se han convertido en miembros de la Iglesia; sino que el Señor derramará sus bendiciones sobre toda carne (todo hombre) y la usará para llevar a efecto sus propósitos. . . .

Nunca se ha dado un paso. . . . en descubrimiento o invención, en el que el Espíritu del Señor (esto es, el espíritu del cual habló Joel, la Luz de Cristo, ¡no el Espíritu Santo!) no haya sido la fuerza principal que descansaba sobre el individuo y era la causa de que él efectuase el descubrimiento o la invención. El mundo no entiende eso, pero para mí es perfectamente claro; y no siempre ha usado el Señor a quienes tienen fe, ni así lo hace hoy en día. Él usa mentes que sean flexibles y que puedan ser dirigidas en ciertas direcciones a fin de efectuar su obra, no importa si ese hombre cree en Él o no.

El Presidente Smith luego dio la siguiente explicación: “Ha habido muchos grandes descubrimientos. De hecho, desde el establecimiento del evangelio, estos descubrimientos e invenciones han aumentado más rápidamente, y hemos visto, posiblemente. . . . más de lo que se vio durante todos los años anteriores, desde los días del renacimiento del saber y de la reforma, hasta la visita de Moroni al profeta José Smith.” [11] (Es interesante notar que estas palabras fueron pronunciadas antes del año 1954.) En breve, el Espíritu de Dios—o sea la Luz de Cristo—ha estado tras los rápidos desarrollos intelectuales, científicos y tecnológicos desde la época de la Revolución Industrial hasta nuestro propia época de información. El Vidente moderno preside sobre ésta época de información y expansión.

2. Aunque nos emociona el conocimiento de que Dios continúa guiando su Iglesia y reino y continúa dando a conocer su mente y voluntad a sus siervos escogidos, concluimos que la mayoría de lo que hoy conocemos como doctrina—miles de páginas de revelaciones e instrucciones y guía profética—nos ha llegado mediante la instrumentalidad de José Smith. Su llamamiento inició los “tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempos antiguos” (Hechos 3:21), un día de restauración que continuará por todo el Milenio. Es el período final en el cual el evangelio será entregado a la tierra, una época que no terminará en apostasía. Es llamada la dispensación del cumplimiento de los tiempos, o la dispensación de cumplimiento de todas las dispensaciones. José Smith escribió las siguientes palabras inspiradas desde la cárcel de Liberty: “Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo, conocimiento que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora; el cual nuestros antepasados con ansiosa expectativa han aguardado que se revelara en los postreros tiempos, hacia los cuales sus mentes fueron orientadas por los ángeles, como que se hallaba reservado para la plenitud de su gloria; una ocasión futura en la que nada se retendrá” (D y C 121: 26-28). En una revelación recibida en enero de 1841 que trata de las ordenanzas del templo, el Señor declaró: “Porque me propongo revelar a mi iglesia cosas que han estado escondidas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D y C 124: 41; énfasis agregado). José Smith fue levantado para dar a conocer “. . . las cosas que jamás se han revelado desde la fundación del mundo, antes fueron escondidas de los sabios y entendidos [cosas que] serán reveladas a los niños pequeños y a los de pecho en ésta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D y C 128: 18).

3. Con la visita del Salvador desincorporado al post mortal mundo de los espíritus, comenzó la obra de la redención de los muertos. Por la epístola de Pablo a los Corintios sabemos que los primeros cristianos habían comenzado las obras vicarias (1 Corintios 15: 29), y podemos asumir que tal obra continuó hasta que el sacerdocio fue llevado de la tierra. Eso pudo haber sido no más de setenta u ochenta años después de la muerte de Cristo. Por tanto, las personas que murieron desde el principio del tiempo sin el conocimiento del evangelio estarán dentro del alcance de la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Después del tiempo de la apostasía, ¿quién habría efectuado las ordenanzas salvadoras apropiadas para toda la humanidad, ordenanzas no sólo para quienes vivieron después del meridiano de los tiempos, sino también para las personas desde las primeras edades del mundo? Aparte del breve período dentro del primer siglo en que la Iglesia Cristiana hizo posible la salvación vicaria para algunos, parecería que la responsabilidad de hacer las ordenanzas del evangelio para el resto de los habitantes de la tierra descansa sobre nuestra dispensación.

¡Piensen en eso! José Smith y sus sucesores son responsables de la enseñanza del evangelio en el mundo de los espíritus y de efectuar las ordenanzas salvadoras literalmente para miles de millones de hijos de nuestro Padre. Mi colega Larry E. Dahl escribió: “Sin disminuir en lo más mínimo la importancia de la obra hecha por los profetas anteriores y por otros siervos del Señor, es claro que en términos del número de almas para quienes se han dispuesto los principios y ordenanzas salvadoras del evangelio, se ha efectuado una labor monumental mediante la instrumentalidad de ‘José Smith, el Profeta y Vidente del Señor’ (D y C 135: 3).” [12] El Presidente Joseph F. Smith enseñó: “La obra que emprendió José Smith no se limitaba únicamente a esta vida, sino también se relaciona con la vida venidera y la vida que ha sido. En otras palabras, tiene que ver con los que han vivido sobre la tierra, con los que estamos viviendo y con los que vendrán después de nosotros. No es algo que se relaciona con el hombre solamente mientras mora en la carne, sino con toda la familia humana de eternidad en eternidad. Consiguientemente. . . . José Smith es reverenciado.” [13]

Siendo Leales a la Restauración

Debido principalmente al énfasis repetido del Presidente Ezra Taft Benson durante su administración (1985-1994), hemos llegado a estar muy conscientes de la condena, el flagelo y el juicio que descansa sobre los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días debido a nuestro casi descuido del Libro de Mormón y de la revelación moderna. La censura del Señor ha venido porque hemos “tratado ligeramente las cosas que [hemos] recibido.” La solución para salir de esta camino es muy simple: “Permanecerán bajo esta condenación hasta que se arrepientan y recuerden el nuevo convenio”—o el nuevo testamento—“a saber el Libro de Mormón y los mandamientos anteriores que les he dado, no sólo de hablar, sino de obrar” —incorporar, inculcar, vivir—“de acuerdo con lo que he escrito.” El Maestro también explica: “yo os perdonaré vuestros pecados con este mandamiento: Que os conservéis firmes en vuestras mentes en solemnidad y en el espíritu de oración, en dar testimonio a todo el mundo de las cosas que os son comunicadas” (D y C 84: 54, 57, 61).

Cerca de seis siglos antes de la venida de Jesús en la carne, Nefi dio una advertencia inquietante. Hablando de quienes estarían en los últimos días, profetizó: “Llevan erguida la cerviz, y enhiesta la cabeza; sí, y por motivo del orgullo, de la iniquidad, de abominaciones y fornicaciones, todos se han extraviado, salvo unos pocos que son los humildes discípulos de Cristo; sin embargo, son guiados”—muchos de los humildes seguidores de Cristo—“de tal manera que a menudo yerran porque son enseñados por los preceptos de los hombres” (2 Nefi 28: 14). En una revelación moderna, se hace sonar una advertencia similar: “Y cuando llegue el tiempo de los gentiles, resplandecerá una luz entre los que se asientan en tinieblas, y será la plenitud de mi evangelio; mas no lo reciben, porque no perciben la luz, y apartan de mí su corazón a causa de los preceptos de los hombres” (D y C 45: 28-29). Para la mayoría de nosotros debe quedar claro que ésta profecía no se cumplirá solamente porque las personas de otras religiones rechacen el mormonismo. Tristemente, se cumplirá también en las vidas de los miembros que se han bautizado pero que deciden vivir por debajo de sus privilegios, que viven en tinieblas cuando podrían disfrutar de la gloriosa luz del sol del mediodía (ver D y C 95: 5-6). Las doctrinas de la Restauración nos ayudan enormemente para depurar y seleccionar entre los puntos de vista y las filosofías de los hombres y apegarnos a aquello que es verdadero y perdurable.

Ser leales a la Restauración implica estar dispuestos y listos a dar testimonio de las verdades que se nos han dado a conocer en estos últimos días. Amamos a la Biblia, apreciamos sus verdades, atesoramos sus maravillosos relatos de fe, y tratamos de vivir de acuerdo con sus preceptos. Pero las escrituras de la Restauración llevan su propio espíritu, en particular el Libro de Mormón. Hay una luz y una investidura de poder espiritual que llegan a nuestras vidas al investigar las escrituras de la Restauración que no puede venir de otra manera. Ser leales a la Restauración implica poner atención cuidadosa a las cosas, y enseñarlas, que han sido entregadas a José Smith y a sus sucesores.

En una revelación moderna, a Thomas B. Marsh se le instruyó: “Alza tu corazón y regocíjate, porque la hora de tu misión ha llegado; y será desatada tu lengua y declararás buenas nuevas de gran gozo a esta generación.” ¿Y cuáles fueron esas nuevas de gran gozo? Específicamente, ¿qué debía declarar el hermano Marsh? ¿Debería él salir y volver a declarar las verdades del Nuevo Testamento? ¿Debía él dar testimonio en las palabras de Pedro, Pablo, o Juan el Amado? ¿Debía él enseñar el Sermón del Monte o repetir las palabras del Maestro acerca del pan de vida? No, él debía “declarar[ás] las cosas que han sido reveladas a mi siervo José Smith, hijo.” (D y C 31: 3-4; énfasis agregado). De igual manera a Leman Copley se le instruyó específicamente a enseñar el evangelio a los de su antigua religión (los Tembladores). Él debía ir “para que razone con ellos, no conforme a lo que ha recibido de ellos, sino de acuerdo con lo que vosotros, mis siervos, le enseñaréis.” Y fíjense en este detalle importante: “y si así lo hace, lo bendeciré; de otro modo no prosperará” (D y C 49: 4).

La revelación moderna proporciona una lente interpretativa y una clave para entender la Biblia. Mucho de lo que entendemos con respecto a los Testamentos se nos aclara debido al Libro de Mormón, La Traducción de la Biblia por José Smith, la Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Sin embargo, hay quienes dudan de aceptar lo que sabemos debido a la revelación moderna y que sienten que si lo hacen de alguna manera ponen en duda la gran contribución o la integridad de la Biblia misma. Como respuesta a esa postura, me permito sugerir una analogía. Si una persona deseara localizar un lugar importante, ¿usaría un mapa defectuoso o inexacto en sus detalles, solamente porque ese mapa ha sido propiedad de su familia durante varias generaciones y lo consideraban valioso? ¿Debería alguien ignorar la información valiosa contenida en un mapa más completo, si estuviera disponible? Por supuesto todo el asunto está unido inextricablemente a si el viajero sinceramente desea llegar a su destino; los mapas tienen valor real solamente al grado en que nos guíen al lugar deseado. Además, ¿decidiría un erudito en cualquier disciplina mantener una postura o defender un punto de vista anterior si hay investigaciones subsiguientes o actuales que han arrojado luz (y quizás más clara) adicional sobre el tema? Hacerlo así representaría, en el mejor de los casos, ingenuidad, y en el peor, conocimiento irresponsable y de mala calidad.

En ese espíritu, y conociendo lo que sabemos sobre la naturaleza eterna del evangelio, la Iglesia y reino, y los principios y ordenanzas pertenecientes a él, es perfectamente apropiado y quizás hasta nos corresponda hacer inferencias doctrinales, si no hay detalles registrados, acerca de las personalidades de las escrituras. Por ejemplo, yo se que Eva, Sara y Rebeca fueron bautizadas, que Jacob recibió la investidura del templo y que Miqueas y Malaquías tuvieron el oficio de profetas por llamamiento divino. Se que Nefi, el hijo de Lehi, fue bautizado en el agua y recibió el don del Espíritu Santo así como el sumo sacerdocio, aunque un relato de eso no está declarado directamente en el registro nefita. Estas son inferencias válidas en base a los principios de doctrina y el gobierno del sacerdocio. Debido a lo que se nos ha dado a conocer por medio de José Smith, sabemos lo que se necesita para operar el reino de Dios y qué cosas debe hacer el pueblo de Dios para cumplir.

Hay un asunto final que merece nuestra atención, algo que, desafortunadamente, algunos no lo entienden hoy día. Como miembros de la Iglesia al principio del siglo veintiuno, podemos ser leales a José Smith solamente al grado en que seamos leales a los líderes de la Iglesia en nuestra propia época. Quienes critican o encuentran fallas en la Iglesia actual o en sus autoridades constituidas, con el intento de ser fieles al Hermano José, no saben lo que hacen. El espíritu de José está con los líderes de esta Iglesia. No tengo duda de ello. El Presidente Joseph F. Smith testificó:

Me siento muy confiado en que los ojos de José el Profeta, de los mártires de esta dispensación, de Brigham, John, Wilford y de los fieles hombres que se asociaron con ellos en su ministerio sobre la tierra, están vigilando cuidadosamente los intereses del Reino de Dios en el cual trabajaron y por el que se esforzaron durante su vida mortal. Creo que están tan profundamente interesados en nuestro bienestar en la actualidad, si no es que con mayor capacidad, con mucho mayor interés, del otro lado del velo, de lo que estuvieron en la carne. Creo que ellos conocen más; creo que sus mentes se han expandido más allá de su comprensión en la vida mortal, y que han aumentado su interés en la obra del Señor a la cual dieron su vida y lo mejor de sus servicios. . . . Tengo el sentimiento en mi corazón de que estoy en la presencia no solamente del Padre y del Hijo, sino también en la presencia de quienes el Señor comisionó, levantó e inspiró para poner el fundamento de la obra en la cual estamos ocupados. [14]

Es vital que los miembros de la Iglesia presten oído a las palabras de los oráculos vivientes. Así como la revelación a Noé para que construyera un arca no fue suficiente para enseñarle sus deberes a Abraham, así lo que el Dios del cielo le dio a conocer a José Smith no es suficiente para dirigir la Iglesia en la actualidad. Hacemos bien al seguir el inspirado consejo dirigido a los primeros misioneros de esta dispensación de no declarar “sino las cosas escritas por los profetas y apóstoles” (D y C 52: 9, 36). Si los líderes de la Iglesia no sienten la necesidad de hacer hincapié en algún punto dado que parece ser una obsesión para algunos—el advertir acerca de las crisis económicas, o el eminente derrocamiento por naciones extranjeras o la necesidad de abandonar nuestra cultura actual y volver a establecer una sociedad agraria— sería bueno que nos preguntáramos el por qué no hablan de tales cosas nuestros líderes, ¿Las desconocen? ¿O las conocen, pero no desean revelarnos estas cosas?

El Presidente Harold B. Lee falleció repentina e inesperadamente el 26 de diciembre de 1973 después de haber servido como Presidente de la Iglesia durante menos de un año y medio. En enero de 1974, el élder Bruce R. McConkie dio un sermón notablemente perspicaz a los estudiantes en la Universidad Brigham Young con respecto a los principios de la sucesión apostólica:

El Señor, en su infinita sabiduría y bondad, sabe lo que debe hacer con sus siervos. La otra cosa que hay que tomar en cuenta es que cuando el Señor llama a un nuevo profeta lo hace porque tiene una obra, un trabajo y una misión que el nuevo hombre debe hacer. Me puedo imaginar que cuando el Profeta José Smith fue llevado de esta vida, los Santos se sintieron en lo profundo de la desesperación. Pensar que ¡les había sido quitado un líder de tal magnitud espiritual! . . . . Pero cuando él fue llevado el Señor tenía a Brigham Young. Brigham Young se adelantó y llevó el manto del liderazgo. Con todo el respeto y admiración y con todo galardón de albanza que descansaba sobre el Profeta José, aún así Brigham Young avanzó e hizo las cosas que tenían que hacerse en ese entonces de una mejor manera en que el Profeta José las hubiera podido hacer. [15]

Aunque como pueblo tenemos mucho que avanzar antes de descansar y tenemos frente a nosotros mucho desarrollo espiritual, doy testimonio de que la Iglesia está en manos excelentes, está en la línea de su deber, y está preparando a un pueblo para la Segunda Venida del Hijo del Hombre. Lo que hablan las Autoridades Generales de la Iglesia es lo que necesitamos oír y lo que el Señor desea que sepan sus Santos; esos mensajes deben convertirse, según dijo una vez el Presidente Harold B. Lee, “en la guía para [nuestro] caminar y hablar.” [16] Si el Señor desea advertir a su pueblo y dar una interpretación apropiada a pasajes difíciles de los profetas, entonces ciertamente vendrá tal advertencia, pero llegará mediante los canales que él ha establecido. Es maravilloso poder levantar nuestra mano para sostener a los profetas, videntes y reveladores. Sugeriría que una manera muy práctica para sostenerlos es que nos quitemos de su “lista de preocupaciones” al mantenernos en la corriente principal de la Iglesia, viviendo una vida sana y equilibrada, y sirviendo y amando a nuestros hermanos y hermanas de una manera propia de los Santos del Más Alto Dios.

En marzo de 1844, el Profeta José Smith les dio una asignación poco usual a un grupo de líderes de la Iglesia: se les pidió que enmendaran la Constitución de los Estados Unidos, para que la convirtieran en “la voz de Jehová.” Posteriormente esa misma semana, el élder John Taylor, como representante de un comité especial de tres, contestó que no se había hecho progreso alguno en la preparación de una constitución para el reino de Dios. El Profeta reconoció su fracaso, indicando que él sabía “que no podrían redactar una constitución digna de guiar al Reino de Dios.” Él mismo había ido delante del Señor pidiendo que tal constitución le fuera dada a conocer por revelación. Y vino la respuesta: “Ustedes son mi Constitución y yo soy su Dios y ustedes son mis portavoces, por tanto de aquí en adelante guarden mis mandamientos.” [17] En una revelación dada al Presidente John Taylor el 27 de junio de 1882, el Salvador dijo: “De cierto, así dice el Señor, he instituido mi Reino y mis leyes, con las llaves y poderes, y te he nombrado como mi portavoz y mi Constitución, con el Presidente John Taylor a la cabeza, a quien he nombrado como Profeta, Vidente y Revelador para mi Iglesia y a mi Reino.” Poco después en la misma revelación el Señor afirmó: “Ustedes son mi Constitución, y Yo soy su Dios.” [18] En breve, esta Iglesia debe ser gobernada por revelación—actual, diaria, moderna, y dirección divina continua—y no solamente por documentos escritos (ver D y C 46: 2). No se pueden codificar todos los propósitos de Dios para sus hijos. Nada está más fijo ni establecido que el hecho de que entre el pueblo del Señor el canon de escrituras es abierto, flexible y en expansión.

Leyendo las Señales de los Tiempos

En una ocasión los fariseos vinieron a Jesús demandando una señal; una prueba física de su mesiazgo. El Señor aprovecho la oportunidad para comparar la capacidad de ellos para leer el aspecto del cielo (y para distinguir las “señales” asociadas con los patrones climáticos) con su notoria falta de capacidad para leer las “señales de los tiempos” (y así discernir el verdadero significado de las profecías y los testimonios sobre el Mesías). La mayor evidencia de que los líderes de los judíos en la época de Jesús no podían leer los vitales signos de la eternidad es el simple hecho de que no reconocieron al Mesías cuando vino entre ellos. La Esperanza de la Eternidad había llegado y fue ignorado o rechazado, y quienes así rechazaron al Señor de la Vida fueron dejados sin esperanza (ver Mateo 16: 1-6). Enfrentamos un futuro que, al igual que la Segunda Venida, es grande y terrible. Y sin embargo, hay cosas grandemente maravillosas que yacen en el futuro para quienes se muestren dignos y fieles. Los resultados que obtengamos en los días por venir serán determinado principalmente por la forma en que seamos capaces de leer las señales de los tiempos.

Leer las señales de los tiempos no solo lo prepara a uno para reconocer y ajustarse a los eventos del presente sino también para prever y prepararse para los eventos futuros. Quienes no son de la Iglesia y rechazan sus enseñanzas y doctrinas no están en posición para percibir y adaptarse adecuadamente para los desafíos sociales, económicos y espirituales actuales y del futuro. Hasta a quienes están dentro de la Iglesia que no han sido prudentes y por lo tanto no “han tomado al Santo Espíritu por guía” (ver D y C 45: 57), les falta el discernimiento necesario para percibir la urgencia de los mensajes de los siervos del Señor.

Leer las señales de los tiempos es percibir el despliegue del drama divino de Dios en estos últimos días y tener una perspectiva amplia del plan de vida y salvación y un aprecio especial por las escenas relacionadas a su consumación. Significa entender que éste es el día, largamente esperado por los profetas de antaño, en el que Dios derramaría conocimiento y poder desde lo alto “por el inefable don del Espíritu Santo” (D y C 121: 26).

Por otra parte, leer las señales de los tiempos en nuestra época es leer las señales de desgaste en los rostros de quienes han escogido amar y dar servicio devoto a otras causas dudosas o diabólicas. El error y la maldad cobran una cuota terrible en el corazón y los rostros de aquellos que siguen caminos divergentes; las ruedas de la desviación muelen lenta pero inexorablemente para producir un carácter carente de espiritualidad. Leer las señales de los tiempos es, en parte, reconocer que Alma habló una verdad profunda cuando declaró que “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41: 10).

Leer las señales de los tiempos en nuestra época no significa que se están buscando señales en ésta época. El Salvador enseño que una generación inicua y adúltera puede ser reconocida por su tendencia a exigir pruebas físicas como evidencia de la veracidad de la obra del Señor (ver Mateo 12: 39; 16: 4). Es bastante interesante, que quienes no están espiritualmente maduros para leer las señales de los tiempos son, con frecuencia, quienes las demandan. Exigen: “muéstrenos las planchas de oro.” “Pidan al ángel Moroni que descienda, y díganle que traiga el texto completo del Libro de Abraham.” Por lo contrario, quienes buscan verdaderamente estar a tono con la voluntad divina, llegan a ser testigos y recipientes de las maravillas y milagros que el Señor de gracia siempre confiere sobre su rebaño fiel. La palabra sagrada declara: “la fe no viene por las señales, mas las señales siguen a los que creen” (D y C 63: 9).

Finalmente, leer las señales de los tiempos es decidir a favor de la sociedad de Sión y la Iglesia del Cordero de Dios (ver 1 Nefi 14: 10). Esto es en contraste a la decisión de entrar y perpetuar Babilonia. Cada ciudad—Sión y Babilonia—demanda cosas específicas a sus ciudadanos, y al acercarse el Milenio, cada una de estas comunidades insistirá en la consagración total de sus ciudadanos. Leer las señales de los tiempos es reconocer que habrá menos y menos Santos de los Últimos Días “tibios;” los miopes y los mal dirigidos del mundo religioso aumentarán en cinismo y confusión; los malvados, al correr del tiempo, se hundirán más profundamente en la desesperación; la iniquidad se ampliará y la malevolencia se multiplicará hasta que los que se congreguen en Babilonia sean sellados a quien es el padre de todas las mentiras.

Leer las señales de los tiempos también es saber que “Sión se ha de levantar y vestirse con sus ropas hermosas” (D y C 82: 14) y que la Iglesia restaurada continuará requiriendo el tiempo, los talentos y los medios de sus miembros como parte integral de su crecimiento hacia la fe perfecta. Mediante la consagración al Señor de todo lo que son y lo que tienen, los Santos del Altísimo establecerán el cielo en la tierra y recibirán la seguridad preciosa de la exaltación en el más alto grado de gloria.

En cuanto al destino de la Iglesia, y a la dirección específica que debe tomar, estos asuntos son la responsabilidad de los apóstoles y profetas. Agradecidamente, a la cabeza de esta Iglesia están hombres de visión, verdaderos videntes, aquellos que, al igual que Enoc, distinguen y contemplan las “cosas que el ojo natural no percibe” (Moisés 6: 36). La Iglesia y reino en esta dispensación final es dirigida por quienes pueden ver “lejos” (D y C 101:54) y pueden distinguir y exponer a los enemigos de Cristo que están a la vuelta de la esquina. Por tanto, preparan a los Santos de los Últimos Días y al mundo para lo que está adelante. Hablando a los líderes de la Iglesia en el año 1831—que posteriormente llegaron a ser miembros del primer Quórum de los Doce Apóstoles—el Señor prometió: “Y el que creyere será bendecido con señales que le acompañarán, tal como está escrito. Y a vosotros os será permitido conocer las señales de los tiempos, y las señales de la venida del Hijo del Hombre” (D y C 68: 10-11).

Aunque cada miembro tiene la seria responsabilidad de cultivar los dones del Espíritu y por tanto llegar a ver las cosas como realmente son y las cosas como realmente serán (ver Jacob 4: 13; D y C 93: 24), el Todopoderoso tiene su propia manera de dirigir, preparar y alistar a los Santos como grupo. En una revelación dada al Presidente John Taylor el 14 de abril de 1883 con respecto a la organización del sacerdocio y la Iglesia, la voz del Señor vino como sigue:

Así dice el Señor a la Primera Presidencia, a los Doce, a los Setenta y a todo mi santo Sacerdocio: no se turbe vuestro corazón, ni os preocupéis acerca del manejo y la organización de mi Iglesia y mi Sacerdocio y el cumplimiento de mi obra. Temedme y obedeced mis leyes y os revelaré, de vez en cuando, por medio de los canales que he designado, todo cuanto sea necesario para el mayor desarrollo y la perfección de mi Iglesia, para el ajuste y avance de mi Reino, y para la edificación y establecimiento de mi Sión. Porque ustedes son mi Sacerdocio y Yo soy su Dios. Así sea, Amén. [19]

Conclusión

Hay pocas cosas sobre las cuales la membresía de la Iglesia debería estar ansiosa. Necesitamos aprender el evangelio. Necesitamos vivir el evangelio y vestirnos de Cristo y desechar las obras de la carne. Debemos llegar a ser más semejantes a Cristo. Debemos estar anhelosamente consagrados en la publicación del mensaje de la Restauración por todo el mundo. Necesitamos ser dignos de recibir las ordenanzas de salvación y ponerlas al alcance de nuestros seres queridos fallecidos. Necesitamos apegarnos, así como nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos a la redención que es en Cristo, para que nosotros y ellos podamos saber a que fuente recurrir para la remisión de nuestros pecados (ver 2 Nefi 25: 26). Además, y de mayor importancia, necesitamos ver hacia la presidencia de ésta Iglesia y dar oído a los consejos de quienes han sido llamados y designados para dirigir su destino. Debemos seguir a los Hermanos a medida que indican el camino hacia la vida eterna. Aunque habrá algunas víctimas individuales entre los de la religión al acercarnos al final, no necesitamos estar ansiosos acerca del futuro de la Iglesia y reino de Dios. No debemos preocuparnos por el liderazgo de la Iglesia. Solamente necesitamos cultivar el pequeño pedazo de terreno que se nos ha asignado y dejar al Rey el gobierno del reino. El Señor no nos pide que magnifiquemos los llamamientos de otras personas.

Debido al conocimiento, las llaves, y los poderes asociados con la revelación de los últimos días, la salvación vendrá a los hombres y mujeres que vivan en esta etapa final de la historia de la tierra. La mayor parte de lo que sabemos acerca de los tratos de Dios con la humanidad en el pasado, referente a esta obra, y los propósitos para esta época, y acerca del fin de los tiempos, lo conocemos porque los cielos han sido abiertos y el Señor Jehová ha restaurado registros antiguos para el beneficio y bendición de quienes vivan en la época moderna. Otra vez, Él ha hablado por medio de los profetas y apóstoles, les ha dado visión a los videntes, y ha traído luz e inspiración y santidad a un mundo que había estado viajando en tinieblas.

Donde una vez reinó la obscuridad, se encuentran el amor, la luz y la religión verdadera. Donde la ignorancia, la duda y la superstición eran el orden del día, ahora prevalecen entre los fieles la esperanza, el conocimiento y el tranquilo descanso de la certeza espiritual. José Smith el Profeta, estableció el fundamento. Por revelación puso en marcha una revolución cuyos efectos preordinados no se realizarán completamente sino hasta el día en que el Señor reine enmedio de su Santos y el error y la iniquidad se hayan desechado, y cuando, como lo previó Isaías, el conocimiento de Dios cubra la tierra como las aguas cubren el mar (ver Isaías 11: 9). El Presidente Spencer W. Kimball dijo: “Nunca jamás volverá a ponerse el sol; nunca jamás los hombres serán totalmente indignos de la comunicación con su Hacedor; nunca jamás Dios estará totalmente escondido de sus hijos en la tierra. La revelación está aquí y llegó para quedarse. Los Profetas vendrán uno tras otro en una sucesión interminable, y los secretos del Señor serán revelados sin medida.” [20] Nuestro encargo como pueblo del convenio es ayudar a que estas bendiciones prometidas se realicen para nosotros y para el mundo. Que podamos hacerlo así. es mi sincera esperanza y oración.

Notas
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[1]. Boyd K. Packer, “Lenguas de Fuego,” Liahona, mayo de 2000.

[2]. Boyd K. Packer, “La Luz de Cristo,” Liahona, abril de 2005.

[3]. Alexander B. Morrison, Turning from Truth: A New Look at the Great Apostasy (Salt Lake City: Deseret Boos, 2005), página 2.

[4]. John Taylor, en Journal of Discourses, 26 tomos (Liverpool: F. D. Richards & Sons, 1851-1886), 16:197.

[5]. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith (Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 2007), página 545. En adelante se citará como José Smith.

[6]. George Q. Cannon, Gospel Truth, editado por Jerreld L. Newquist (Salt Lake City: Deseret Book, 1987), páginas 322-323.

[7]. José Smith, páginas 113-114.

8. José Smith, páginas 50-51.

9. José Smith, página 98.

10. Bruce R. McConkie, “The Bible: A Sealed Book,” en Doctrines of the Restoration: Sermons and Writings of Bruce R. McConkie, editado por Mark L. McConkie (Salt Lake City: Bookcraft, 1989), páginas 292-293.

11. Joseph Fielding Smith, Doctrinas de Salvación 3 tomos, compiladas por Bruce R. McConkie (Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1978), 1: 170-172.

12. Larry E. Dahl, “The Theological Significance of the First Vision,” en Studies in Scripture, editado por Robert L. Millet y Kent P. Jackson, en 8 tomos, (Salt Lake City: Randall Books, 1985), 2:321.

13. Smith, Doctrina del Evangelio (Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1978), página 474.

14. Joseph F. Smith, “In the Presence of the Divine,” en Messages of the First Presidency, editado por James R. Clark, 6 tomos, (Salt Lake City: Bookcraft, 1965-1975), 5:6

15. Bruce R. McConkie, “Succesion in the Presidency,” en 1974 Speeches of the Year (Provo: BYU Publications, 1975), página 24; énfasis agregado.

16. Harold B. Lee, en Conference Report, abril de 1946, página 68

17. Diario de José Smith, 10 de marzo de 1844, Biblioteca de la Historia de la Iglesia en Salt Lake City; citado por Andrew F Ehat en ‘“It Seems Like Heaven Began on Earth’: Joseph Smith and the Constitution of the Kingdom of God,” Brigham Young University Studies 20 núm. 3 (Spring 1980): página 259.

18. Revelación a John Taylor, el 27 de junio de 1882, “Book of Revelations, 1882-1884."

19. Unpublished Revelations of the Prophets and Presidents of the Church of Jesus Christ of Latter Day Saints, editado por Fred C. Collier (Salt Lake City: Colliers Publishing Company, 1979), páginas 132, 134; énfasis agregado.

20. Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball (Salt Lake City: Bookcraft, 1982), página 433.