Lecciones del Cordero de Dios

F. Enzio Busche

Traducido de F. Enzio Busche, "Lessons from the Lamb of God" in "Behold the Lamb of God": An Easter Celebration, ed. Richard Neitzel Holzapfel, et al (Provo: Religious Studies Center, 2008), 1-15.

El Élder F. Enzio Busche es miembro emérito del Primer Quórum de los Setenta.

Me siento muy honrado y humilde por haber sido invitado a hablar este año en la Conferencia de Pascua de Resurrección en BYU. También me siento abrumado por los discursos tan educativos e inspiradores que hemos escuchado y mi corazón aún se encuentra lleno con las palabras emanadas de las bocas de nuestros amados líderes en la Conferencia General.

Para todo el mundo cristiano, celebrar la Pascua de Resurrección, significa celebrar la victoria de Jesús con su triunfo principal de la vida sobre la muerte y su mensaje de las "buenas nuevas" y la redención de la humanidad. Por motivo de mi servicio en el Primer Quórum de los Setenta, he sido testigo del desarrollo de muchos logros recientes de la Iglesia en expansión, y mi gozo es mayor a causa de la disposición del Señor para revelarnos cómo aumentar nuestro entendimiento de lo que significa decir "he aquí El Cordero de Dios" (Juan 1:36).

Permítanme compartir con ustedes que en los últimos años he tenido más tiempo para entender mejor el papel de la meditación y de la ponderación, no sólo en nuestra vida sino también en las muchas revelaciones que llegaron con la Restauración del evangelio. Ahora comprendo que cuando queremos tener un entendimiento más claro acerca de la voz suave y apacible con la cual nos habla el Señor, debemos tomar más tiempo para el proceso de la comunicación. El resultado de esta comunicación es un aumento de gozo en nuestra alma-el gozo que nos viene cuando nos hallamos bajo la influencia del Espíritu del Señor. Al crecer en nuestro estado de iluminación, el velo que nos separa de Dios se hace más y más delgado, y sentimos más de su luz y de su amor, el cual al final desecha todos nuestros temores.

Desde el tiempo de mi conversión a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos Días, una pregunta en mi mente no me ha dejado en paz. La pregunta es ¿Por qué me tomó dos años el aceptar el evangelio de Jesucristo? También me pregunto el por qué es tan difícil para muchos en mi país, así como en otros países del mundo, abrir sus corazones al hermoso mensaje que Jesús pone a la disposición de todos los hijos del Padre Celestial.

He aprendido que el Gran Maestro está tratando siempre de que abramos nuestros ojos a fin de verlo a él al frente de nuestras vidas, tratando de comunicarse con nosotros. Leemos en Apocalipsis 3:20, "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo."

Hay un principio que está muy claro: Jesús tiene un gran respeto por nuestro albedrío. él no nos presiona para que abramos los ojos, pero él llama, y es nuestra responsabilidad entender que nuestra vida se construye sobre nuestras decisiones y que básicamente tenemos sólo una elección: ya sea vivir con temor o vivir bajo la influencia del amor divino. Las escrituras nos dicen que estas dos opciones son polos opuestos e incompatibles. No podemos tener temor y amor al mismo tiempo. Leemos en el Libro de Mormón y en el Nuevo Testamento, "El amor perfecto desecha todo temor" (Moroni 8:16), y "el que teme no ha sido perfeccionado en el amor" (1 Juan 4:18).

Jesús, el Gran Maestro, siempre llama a nuestra puerta. Cuando somos sabios, agudizamos nuestros sentidos y abrimos nuestros ojos para aprender que él siempre quiere comunicarse con nosotros y que siempre quiere guiarnos para que tomemos las mejores decisiones. Al seguir Su guía, estaremos llenos de gozo y energía y una mayor confianza.

Irradiando gozo, luz y amor

En los primeros años de mi membrecía, asistía a una ramita de la Iglesia. A poco tiempo, fui llamado a ser el Presidente de la Rama. Desde mi perspectiva actual, puedo ver que entonces era un poco ingenuo, que no sabía mucho y que tenía algo de orgullo. Pensé que a causa de mi educación y con mi experiencia en el mundo de los negocios, me sería fácil cambiar y mejorar esa ramita que tenía tantos problemas.

Pasé muchas, muchas horas-a veces todo mi tiempo en que no estaba trabajando-para activar a muchos de los que estaban inactivos y para preparar el camino para muchas conversiones. Semana tras semana me decepcionaba al ver en la Reunión Sacramental a unos pocos de los miembros activos, y de que muchos que habían prometido asistir no cumplieran sus promesas.

Un domingo, en que otra vez me sentía profundamente decepcionado, al tomar mi asiento a fin de poder empezar nuestra reunión sacramental, sucedió algo que me enseñó una lección que se convirtió en un punto de cambio en mi vida. Los misioneros trajeron a una pareja joven con su niño de cinco años de edad y se sentaron en la primera fila directamente frente a mí. De pronto, el niño, con la fresca inocente que solo un niño puede tener, habló lo suficientemente fuerte para que todos en el cuarto lo pudieran oír y dijo, "Mami, ¿Qué está haciendo allí arriba ese hombre con cara de malo?" Me señaló a mí. Yo estaba totalmente atónito.

A pesar de todos mis esfuerzos y con todo mi trabajo arduo y dedicado, para ese niño yo era solamente un hombre con cara de malo. Aprendí que me era necesario evaluar lo que estaba haciendo y que jamás tendría éxito si solamente hacía las cosas a mi manera, usando mi capacidad y de acuerdo a mi plan de acción. Era obvio que había olvidado que el elemento más importante-si se quiere convencer a una alma-no tiene nada que ver con programas, organizaciones y el estar siempre ocupado. No podemos hacer nada a menos que estemos bajo la influencia del Espíritu y por lo tanto irradiar en nuestros rostros gozo, luz y amor.

De allí en adelante, me concentré en cambiar mi actitud. Ya no me ofendía porque alguien no cumplía sus promesas. Mi esposa y mis hijos llegaron a entender que la única cosa que debía importarnos era el estar llenos del Espíritu Santo y vencer nuestro orgullo. Al hacerlo así pudimos regocijarnos con cada persona que asistió.

Poco tiempo después, las personas que nunca habían asistido empezaron a asistir a nuestras reuniones. Tuvimos una temporada de gran asistencia junto con un crecimiento acelerado y en un tiempo relativamente corto, tuvimos los miembros necesarios para considerar el que se construyera nuestra propia capilla.

Ese niño se convirtió en un recordatorio constante en mi vida para saber lo que más importa: Estar siempre bajo la influencia del Espíritu Santo al someter nuestro ser inferior, o ego, a la personalidad más alta o divina, y al hacerlo así conectarnos con la fuente divina.

Conciencia de sí mismo e integridad

Es una sorpresa constante para mí que en este mundo obscuro, siniestro, impredecible, en el cual asechan los peligros en cada esquina, haya tan pocas personas que buscan o al menos anhelan obtener una mejor comprensión de la vida. En medio del sufrimiento, dolor, agonía, crueldad y temores que nos han rodeado durante toda la historia de la humanidad, muchos de nuestros conciudadanos han perdido la sensibilidad acerca de la realidad de que Jesús el Cristo ha resucitado y está vivo y que él está listo para revelarse y mostrar el camino a una vida gratificante y emocionante a todo aquel que esté dispuesto a escucharlo.

En el análisis de mi propia situación, debo confesar que a pesar del amor desinteresado, evidente y sin temor que los misioneros nos daban a mí familia y a mí, tomó mucho tiempo el poder vencer mi escepticismo y llevarme al atemorizante, solitario y poco transitado sendero de la conciencia de sí mismo y la integridad. Sin propia integridad, no es posible que la verdad llegue hasta nosotros.

Para darles una idea de lo que estoy hablando, quiero leerles parte de una carta que escribí para el periódico de la misión unos cuatro años después de mi bautismo:

Cuan poco preparado estaba para este mensaje al compararme a las grandes exigencias del mensaje. Podía verme muy lejos, con demasiadas actividades ligeras y con malos hábitos. Me acusaba de ser tan perezoso que ni siquiera podía leer un libro de principio a fin. Parecía que, entre mi forma de vida y la visión del complejo mensaje de los misioneros, había un abismo sobre el cual no se podía construir ningún puente. Comencé a sentir lástima por esos jóvenes. Les advertí y hasta llegué a decirles que no tuvieran ninguna esperanza; que perdían su tiempo no solamente conmigo, sino también con todos mis demás conocidos. La visión de mi lucha a fin de llegar a un nivel aceptable, estaba con tanta falta de esperanza, que ni siquiera intenté comenzar.

Fui bendecido con misioneros que me tuvieron paciencia. Fueron muy eficaces en su enseñanza porque no lo hicieron con aire de superioridad sino con respeto hacia mis opiniones y por mi espacio personal y hacían invitaciones para que aprendiera a mejorar.

Los misioneros tenían una capacidad natural de lograr que el Espíritu Santo se convirtiera en mi maestro, ya que solamente veían las cosas buenas que yo tenía y dejaban de lado mis muchas debilidades e imperfecciones. El misionero que finalmente me bautizó no se sorprendió con mi arrogancia y mi orgullo, o mis negativas constantes. Cuando le dije que nunca me bautizaría en esta Iglesia, brincó de gusto, aplaudiendo y gritando con toda la fuerza de sus pulmones, "eso es maravilloso."

Me sorprendí tanto con su reacción que le pregunté qué tenía de maravilloso el que yo no quisiera ser miembro de la Iglesia. Solamente se rió y dijo con una voz llena de entusiasmo, "eso es lo que dicen todos antes de bautizarse."

No pude hacer nada más que preguntarle, "¿Por qué está tan seguro?"

Me miró con una sonrisa burlona y dijo con gran convicción, "Porque usted es un hombre íntegro."

Esa idea me pegó duro: Yo, ¿Un hombre íntegro? En ese momento el Espíritu Santo se convirtió en mi maestro, y un rayo espiritual de gran poder penetró mi alma, iluminando cada célula de mi cuerpo. Al verme en mi altivez, arrogancia y orgullo, deseé con toda mi alma poder ser digno de merecer el elogio de ese misionero de que era un hombre íntegro. Solamente cuando lograra la verdadera integridad podría recibir el valor y la seguridad que siempre supe que me faltaban. Así ese misionero se convirtió en el catalizador para mi conversión y la de mi esposa.

Esa experiencia destiló en mí un deseo de saber más acerca de la fuente de este mensaje. Fui guiado para encontrar más escritos acerca del Profeta José Smith. Quedé sorprendido al leer algunas de sus declaraciones que me mostraron la grandeza y la veracidad de su visión. Siento que debo compartirles algunas de sus palabras que me asombraron. Cito las palabras de José Smith: "Dios no ha revelado nada a José que no hará saber a los Doce, y aun el menor de los santos podrá saber todas las cosas tan pronto como pueda soportarlas" [1] y agregó: "La única manera de obtener la verdad y sabiduría no se obtiene por medio de los libros, sino pidiéndole a Dios en oración y así obtener la enseñanza divina." [2] Estas declaraciones del Profeta José Smith son tan únicas y tan llenas de promesa y luz.

¿Quién soy?

Cuando reviso la situación en que la humanidad se encuentra hoy en día, y cuando pienso en los días en que era un investigador, comprendo que solamente hay tres preguntas esenciales en el alma de cada ser humano. Dichas preguntas son tan importantes que un ser humano no puede funcionar adecuadamente a menos que tenga respuestas convincentes para ellas.

La primera pregunta es ¿Quién soy? El contestar de manera convincente esta pregunta equivale a llegar hasta que una verdad oculta durante mucho tiempo dentro de nosotros mismos saldrá a la vida. Siempre lo hemos sabido, pero nunca nos hemos atrevido a pensar de esa manera. Nuestra cultura occidental nos ha enseñado que somos pecadores, caídos, sucios e incompetentes en las manos de un Dios enojado. ¿Cuál es la respuesta a la pregunta quién soy? La respuesta es muy simple para los Santos de los últimos Días porque se nos ha enseñado durante toda la vida este mensaje: somos hijos de un Dios amoroso. Para mí este es uno de los mensajes claves que dio Jesús, ya sea de manera directa o indirecta, en todas sus enseñanzas. Cuando por fin entendemos este mensaje queremos exclamar, "¡He aquí, el Cordero de Dios!"

Cuando alguien entiende el significado completo de esta realidad, es como si los brazos del cielo vinieran a sacarnos del fango y la obscuridad del mundo, y empezamos a ver la luz. Repentinamente ya no nos preguntamos más. Las creaciones de Dios son perfectas, y aun cuando somos jóvenes e inmaduros, todos tenemos el potencial innato de llegar a ser como Dios. Es bueno saber que somos hijos y no asalariados. El entendimiento profundo de esta realidad continuará creciendo dentro de nosotros y nos guiará a la seguridad de que le pertenecemos, no solamente a Dios sino también a cada hijo de Dios.

Nos da conocimiento de nuestros talentos y capacidades no usados, y la necesidad de acercarnos cada vez más a nuestro origen divino. En nuestro afán por encontrar nuestro camino, Dios nos da revelaciones, o ideas, sobre dónde buscar. En la Doctrina y Convenios sección 50 versículos 23 y 24 aprendemos qué podemos esperar de Dios: "Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas. Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más resplandeciente hasta el día perfecto."

En el Nuevo Testamento, Jesús le recuerda a su audiencia lo que se halla en sus escrituras. "¿No está escrito en vuestra ley: . . . dioses sois?" (Juan 10:34).

¿Cuál es el propósito de la vida?

Cuando hayamos sido iluminados con la certeza de que somos hijos de un Dios amoroso-una de las verdades más importantes reveladas por el Profeta José Smith-estaremos en posición de poder encontrar una respuesta a la segunda pregunta más importante que tiene cada ser humano: ¿Cuál es el propósito de la vida?

Una vez que entendamos quiénes somos realmente, ya no querremos identificarnos con lo más bajo de nuestra existencia, el hombre natural, el ego, o la carne, lo cual, de acuerdo con los profetas, es enemigo de Dios. Con este conocimiento comprendemos el por qué nacimos en este planeta, porque este es un planeta de polaridad [u oposición]. Solamente en una situación de polaridad podemos ejercer nuestro albedrío. Esa es la única manera en la que realmente podemos aprender.

La vida y las enseñanzas del Cordero de Dios nos muestran la respuesta a la segunda pregunta, ¿Cuál es el propósito de la vida? De acuerdo con lo que Jesús enseñó, ese propósito se encuentra en los primeros dos mandamientos: "amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas" (Mateo 22:37-40).

Obviamente Jesús nos está enseñando que el guardar estos mandamientos no es opcional. Esta es la llave para una vida de éxito que no depende del lugar en el que vivamos o de las circunstancias en las que estemos. Estas palabras nos han sido enseñadas muchas veces en el transcurso de nuestra vida y en la historia del cristianismo, pero yo creo que únicamente cuando nos enfocamos en cumplir estos dos mandamientos es que podemos entender la llave para vencer todo temor. El temor ha sido, y seguirá siendo el azote de nuestra vida hasta que hayamos llenado nuestra alma con el amor divino.

Jesús el Cristo, el Cordero de Dios, quiere que entendamos muy claramente qué es lo que él quiere decir cuando nos pide que amemos. Obviamente no se refiere al amor que tenían los publicanos. Permítanme leer de Mateo 5, empezando con el verso 38:

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.

Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;

y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa;

y a cualquiera que te obligue a llevar la carga por una milla, ve con él dos.

Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persigue

para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.

Porque si amáis a los que os aman, ¿Qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?

Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿Qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?

Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. (Mateo 5:38-48)

Tengo el sentimiento y la convicción de que Jesús quiere que veamos al amor con algo más que con ojos románticos o que demos amor solamente a los que nos aman. Tenemos que recordar que vivimos en un mundo en el que aún reina la polaridad. Hemos sido enviados a este planeta con el fin de que aprendamos. El aprender y el entender van de la mano al experimentar la oposición. Habremos obtenido un gran avance cuando hayamos aprendido a aceptar el mandamiento de Jesús de amar como él lo hizo. El perdón es una forma de amor, y cuando perdonamos, nos ayuda a entender el significado de la expiación del Cordero de Dios. Podemos decir con mayor reverencia: "He aquí el Cordero de Dios."

Quizás cuando le abramos la puerta, el Salvador nos susurrará, "Mientras no te limpies completamente de todos los pensamientos y sentimientos negativos hacia tus semejantes, no podrás llenarte de fe, virtud, conocimiento, templanza, paciencia, bondad fraternal, piedad y caridad. Cuando estas cualidades estén dentro de ti, no tendrás deseos de ser negativo o crítico, ni de expresar pensamientos carentes de amor hacia tus semejantes."

Cuando tomemos en serio la invitación del Señor Jesucristo de aprender a amar como él lo hizo, ese será un gran avance para todos nosotros. Pero cuando confiamos en Jesús y vemos en él al mensajero de nuestro Padre para traernos las llaves de los misterios de la piedad, podremos tener la visión de cómo traer paz en la tierra, buena voluntad para con los hombres, como lo proclamaron los ángeles cuando nació el Cordero de Dios. No me sorprendería si la fe y la confianza en Cristo fueran las mismas condiciones requeridas para calmar los elementos, y calmar así el temor en los corazones de muchos.

El Cordero de Dios está inseparablemente unido al amor, como lo aprendió Nefi: "Y el ángel me dijo: ¡He aquí, El Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno! ¿Comprendes el significado del árbol que tu padre vio? Y le contesté diciendo: Sí, es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres; por lo tanto, es más deseable que todas las cosas" (1 Nefi 11:21-22).

Cuando amamos como lo hizo el Salvador, llegamos a ser participantes del fruto del árbol divino, que es lo más deseable sobre todas las cosas. Es entonces cuando podemos contestar la segunda pregunta y cumplir el propósito de nuestras vidas.

Durante mis años de servicio, he tenido la oportunidad de conocer a muchos miembros en lo general y en lo personal. Siempre me quedé perplejo al encontrar a tanta gente que le tenía miedo a Dios en lugar amarlo. La única respuesta que pude encontrar es que en realidad ellos no conocían a Dios. Cuando conocemos a Dios, somos iluminados con amor y luz, y nuestra alma arde con el deseo de gritar y alabar Su nombre.

Recientemente en mi barrio, en un discurso sobre este tema, me oí a mi mismo decir, bajo la influencia del Espíritu, "¿Saben de dónde viene el temor, y cómo se desarrolla en las personas que han tenido vidas saludables y llenas de bondad?" Mencioné que en la existencia pre-mortal cuando vivíamos con Dios, fuimos creados a la perfección; éramos puros, llenos de gozo, y con un deseo de todo lo que es bueno. Sin embargo; en nuestra existencia terrenal, fuimos conectados con la materia de esta tierra, y "el hombre natural," de acuerdo con los profetas, es enemigo de Dios.

El llegar a conectarse con la materia terrenal-la carne terrenal y el espíritu divino-es como verter tinta en agua limpia. Súbitamente el agua cristalina se ve obscura y fea. Eso lo sentimos en nuestro subconsciente y reaccionamos sintiéndonos culpables. Estos sentimientos de culpabilidad surgen de nuestro conocimiento innato de que nada impuro puede morar en la presencia de Dios. Esa es una de las razones por las que el Cordero de Dios vino a la tierra, para lavarnos y limpiarnos con su sacrificio expiatorio. Cuando comprendemos esto, crece nuestra gratitud hacia él, y somos llenos de amor por él y por los demás.

Cuando era un miembro nuevo en Alemania, fui asignado a visitar como Maestro Orientador a una hermana recién bautizada. Supe que ella se había bautizado sin su esposo, quien, según se me informó, era alcohólico. La hermana me advirtió que la visitara cuando su esposo no estuviera en casa ya que él podría ser muy violento. Al visitarla con regularidad ella siempre se quejaba de su esposo. Debido a la simpatía que sentíamos por ella, queríamos que madurara a fin de que ya no fuera una víctima sino que llegara a controlar su propio destino.

En una ocasión le preguntamos si podía pensar algo positivo de su esposo. Al principio se molestó. Trató de convencernos de que él no tenía nada bueno, que era un mal hombre y que si seguía con él era porque dependía económicamente de él. En repetidas ocasiones le pedimos que pensara más profundamente y por fin sonrió y nos dijo algo bueno de él. Le pedimos que pensara en algo más y finalmente pudo hacer una lista de diez cosas buenas.

Le pregunté cuando había sido la última vez que le había dicho a su esposo que lo amaba. Ella me preguntó cómo podría amar a un hombre como él. Le dije que no le estaba pidiendo que lo amara, sino que solo le pedí que me dijera cuando fue la última vez que ella le había dicho que lo amaba. Ella dijo que fue hacía quince años. Me sentí inspirado para hacerle otra pregunta: "hermana, ¿Nos podría hacer un favor? La próxima vez que esté con su esposo y él esté sobrio, ¿Le podría mencionar por lo menos una de las cosas buenas que pensó de él? Nuevamente trató de negarse, pero por fin estuvo de acuerdo en intentarlo.

El siguiente domingo llegué temprano a la Iglesia y la vi subiendo la escalinata con una gran sonrisa en su cara, irradiando dicha y hasta felicidad. Llevaba un vestido nuevo y se veía por lo menos diez años más joven. Cuando me vio, dijo:

Hermano Busche, hay algo que necesito decirle. El viernes en la noche él estaba sobrio en casa. Fue a la cocina y empezó a preparse un sándwich. Al mirarlo, noté en su rostro lo infeliz que se sentía. Vi como batallaba con sus manos torpes y tuve compasión por él. Me sentí inspirada a halagarlo diciéndole una de las cosas que había anotado. él reaccionó como si le hubiese dado un latigazo. Volvió su rostro atemorizado hacia mí y vio en mis ojos que era sincera.

Entonces sucedió el milagro. Empezó a llorar como un niño. Me dijo que no se merecía el elogio. Se acusó de todas las cosas que yo le había reclamado antes. Dijo que no era bueno, que era terrible, y que no era digno de ser mi esposo. Cayó de rodillas frente a mí y lloró. Finalmente, preguntó si yo podría perdonarlo y ayudarle con su compromiso de ya no tomar, a fin de poder convertirse en el hombre con quien me había casado.

Ella dijo que se abrazaron llorando los dos y sobrecogidos por el gozo. Juntos pasaron la velada más hermosa que habían tenido en mucho tiempo. El día anterior le compró un vestido nuevo y otras cosas que creyó que ella necesitaba. Además, la trajo a la Iglesia y le dijo que pasaría a recogerla cuando terminaran las reuniones, evitándole a lo menos menos dos horas de viaje.

No pueden imaginarse el gozo que me sobrevino al ver crecer el reino. Eso no ocurrió necesariamente debido a los programas y a los deberes de la organización, sino que sucedió porque, bajo la influencia del Espíritu, un corazón cambió de la dureza al amor. Y eso le sucedió a una mujer que entendió lo que significa ser una hija de Dios y aprendió acerca de su propia naturaleza divina. Ella siguió por su camino con la promesa de ser la creadora de su destino bajo la influencia del Espíritu y la guía del Señor.

¿Que nos sucede después de esta vida?

Nada es imposible para quienes creen en Jesús el Cristo, porque Cristo vino a quitar el velo de olvido de nuestra alma, y traer a nuestro entendimiento el conocimiento de quiénes somos y cuál es el propósito de nuestra vida. Cuando aprendemos esas dos cosas, verdaderamente vemos al Cordero de Dios y hallamos la respuesta a nuestra tercera pregunta: ¿Qué nos sucede después de esta vida?

Cuando llegamos a saber que somos hijos de un Padre Celestial amoroso y cuando aprendemos a vivir nuestra vida bajo el influjo de la luz y el amor de Dios, no nos preocuparemos por lo que nos pase después de esta vida mortal. El velo se partirá y sabremos que todo estará bien. De hecho, como lo reveló el apóstol Pablo, "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman" (1 Corintios 2:9).

Me siento honrado y muy humilde por hablarles de este tema sagrado, nuestro Señor y Salvador, Jesús el Cristo. Sé que él vive. Soy un testigo viviente de que él está vivo en todas las células y en cada fibra de mi ser. Siento el gozo y el dinamismo de ese conocimiento, en el nombre de Jesucristo, amén.

Notas:

[1] José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, comp. Joseph Fielding Smith (Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos Días, 1954), pág. 177.

[2] The Words of Joseph Smith, ed. Andrew F. Ehat y Lyndon W. Cook (Provo, Utah: Centro de Estudios Religiosos, Universidad de Brigham Young, 1980), pág. 77.