El Heraldo de la Salvación

POSTED BY: Robert L. Millet

03/18/11


La paz, en el sentido del evangelio, es lo importante. Aunque la mayoría de los miembros de la Iglesia saben lo que es la paz, yo creo que aún no se le ha dado a la paz la importancia que merece; probablemente como pueblo no hemos apreciado por completo ¡cuan maravilloso “fruto del espíritu” (Gálatas 5: 22) es la paz y qué es una trascendente manifestación del nuevo nacimiento! La paz es un don invaluable en un mundo que está en guerra consigo mismo. Los discípulos buscan al al que es el Príncipe de Paz para recibir socorro y apoyo. Saben que la paz no es solamente una mercancía apreciada aquí y ahora sino que también es el heraldo de grandes cosas que aún deben suceder. La paz es un signo seguro que viene de Dios de que los cielos están complacidos. Al referirse a una ocasión anterior en que se le había dado el espíritu de testimonio, el Seor le preguntó a Oliver Cowdery: “¿No hablé paz a tu mente. . . . ? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios? ” (DyC 6: 23).

El pecado y el abandono del deber resultan en desunión del alma, en conflictos internos y en confusión. Por otra parte, el arrepentimiento y el perdón y nacer de nuevo traen tranquilidad y paz. Mientras que el pecado termina en desorden, el Espíritu Santo es un principio organizador que trae orden y congruencia. El mundo y lo mundano no pueden traer la paz. No pueden sosegar al alma, “Paz, paz al que está lejos y al que está cerca, dice Jehová; y lo sanaré. Pero los malvados son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz para los malvados, dice mi Dios” (Isaías 57: 19-21).

La esperanza en Cristo, que es el resultado natural de nuestra fe en Cristo que nos salva, viene por el despertar espiritual. Sentimos nuestro lugar en el familia real y somos consolados por la dulce asociación familiar. ¿Y cual es la indicación de que estamos en el curso correcto? ¿Cómo sabemos que estamos en el arnés del evangelio? “En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su espíritu” (1 Juan 4: 13; énfasis agregado). La presencia del Espíritu de Dios es el testimonio, la certeza divina de que estamos en la dirección correcta. Es el sello de Dios, su unción (ver 1 Juan 2: 20) su indicación para nosotros de que nuestras vidas están en orden. John Stott, un querido escritor cristiano ha observado: “Un sello es una marca de propiedad. . . . y el sello de Dios, con el cual nos marca como suyos y que le pertenecemos para siempre, es el Espíritu Santo mismo. El Espíritu Santo es la etiqueta de identificación del cristiano” (Authentic Christianity, página 81).

No necesitamos estar poseídos por un sello impuro o sin templanza a fin de ser salvos; solo necesitamos ser constantes y confiables. Dios es con quien hicimos convenios en el evangelio. Él es el socio que controla. Y nos hace saber, por medio de la influencia del Espíritu, que el convenio sigue intacto y que las promesas celestiales son seguras. El Salvador nos invita a aprender las lecciones eternas y reconfortantes de que “el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (DyC 59: 23). Paz. Esperanza. Certeza. Estas cosas nos llegan por virtud de la sangre expiatoria de Jesucristo y como resultado natural nuestra nueva creación. Nos sirven como un ancla para el alma, un recordatorio sólido y firme de lo que somos y de Quien somos.


Una Vida Sana y Equilibrada

POSTED BY: Robert L. Millet

03/10/11


Dios no espera que trabajemos hasta que lleguemos al agotamiento espiritual, emocional y físico, y tampoco desea que los miembros de la Iglesia sean más verdaderos que la verdad. Hay muy poca virtud en los excesos, aún en los excesos del evangelio. De hecho, si sobrepasamos los límites de lo apropiado y vamos más allá de los límites establecidos, nos exponemos a la decepción y finalmente a la destrucción. La falta de equilibrio lleva a la inestabilidad. Si Satanás no puede hacer que mintamos o robemos o fumemos o que seamos inmorales, bien pudiera ser que él causará que nuestra fuerza —nuestro celo por la bondad y la rectitud— se convierta en nuestra debilidad. El va a estimular el exceso, porque con certeza cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio.

“Los caballitos de batalla” del evangelio llevan a la falta de equilibrio; a la inestabilidad; a la distracción y a mala percepción. Son peligrosos y debemos evitarlos como lo haríamos con cualquier otro pecado. El Presidente José Fielding Smith dijo: “Frecuentemente miramos a nuestro derredor y vemos a personas que se inclinan a ser extremosas, que son fanáticas. Podemos estar seguros de que esta clase de personas no entienden el evangelio. Han olvidado, si acaso una vez lo supieron, que es muy imprudente tomar un fragmento de la verdad y tratarlo como si constituyera el todo” (Doctrina del Evangelio, página 117). Montar un caballito de batalla es participar en el fanatismo y perpetuarlo. En otra ocasión, el presidente Smith enseó: “Hermanos y hermanas, no tengáis vuestro “caballito de batalla”. Dar precedencia a un tema es peligroso en la Iglesia de Cristo, peligroso porque se da prominencia indebida a ciertos principios o ideas, con lo que se deslustran y menoscaban otros igualmente importantes, igualmente obligatorios, con igual poder para salvar que las doctrinas y mandamientos favorecidos.

“Esta predilección da un aspecto falso del evangelio del Redentor a quienes la apoyan; tergiversan sus principios y enseanzas y los hace discordantes. Este punto de vista es innatural. Todo principio y práctica revelados de Dios son esenciales para la salvación del hombre, y el anteponer indebidamente uno de ellos, escondiendo y opacando todos los demás, es imprudente y peligroso; amenaza nuestra salvación porque obscurece nuestra mente y ofusca nuestro entendimiento. . . .

“Hemos notado esta dificultad: que los miembros que tienen que tienen una doctrina predilecta tienden a juzgar y a condenar a sus hermanos y hermanas que no son tan celosos como ellos en ese derrotero particular de su teoría favorita. . . . Esta dificultad tiene otro aspecto: el hombre que tiene su teoría predilecta está propenso a asumir la posición de que soy “más justo que tú“, y llegar a engreírse y envanecerse, y mirar con desconfianza, cuando no con sentimientos más severos, a sus hermanos y hermanas que no viven a la perfección de acuerdo con esa ley particular” (Doctrina del Evangelio páginas 112-113).

La excelencia al vivir el evangelio —el cumplir las leyes y ordenanzas establecidas de forma tranquila, consistente y paciente— da como resultado la humildad, la mayor confianza en Dios, y una aceptación más amplia de nuestro prójimo. Lo que hagamos a nombre de la bondad debe acercarnos a quienes amamos y servimos; debe volver nuestros corazones hacia la gente, en vez de hacia el prejuicio, el escarnio y el rechazo. El hombre más grandioso que haya caminado sobre la tierra, el único ser humano perfecto, vio con ternura y compasión a aquellos cuyas costumbres y acciones no eran perfectas.

Se nos ha aconsejado que nos mantengamos en la corriente principal de la Iglesia, que veamos que nuestra obediencia y fidelidad se reflejen en una vida sana y equilibrada. Aunque debemos ser verídicos, no necesitamos ser más verdaderos que la verdad. Y aunque no debemos participar de los vicios del mundo, debemos vivir en él. Aunque debemos ser “valientes en el testimonio de Jesús” (DyC 76: 79), nuestro celo no debe ser excesivo. Llegaremos con seguridad al final de nuestro viaje en el evangelio mediante un discipulado constante y dedicado —amando al Seor y confiando en Él, guardando sus mandamientos y sirviendo a sus hijos— no por medio de cruzadas de rectitud o de maratones espirituales. La conversión verdadera se manifiesta en una simplicidad estable.