BYU patrocinó el Simposio anual nº 37 Sidney B. Sperry, en el campus universitario, este pasado fin de semana (24-25 Octubre 2008) con el título

“Doctrina y Convenios: Revelaciones en Contexto”. ¡Fue un hermoso fin de semana otoñal en Provo!

Llamado así en homenaje a Sidney B. Sperry, reconocido y respetado profesor de Educación Religiosa de BYU, que enseñó desde 1932 a 1969, el simposio se centra en el tema de Doctrina del Evangelio para el año siguiente. Así, el simposio de este año se centró en Doctrina y Convenios, “la piedra de coronamiento” de la Iglesia. Éste es uno de los volúmenes más importantes de la serie y aporta nueva luz procedente del Proyecto de Papeles de José Smith (Joseph Smith Papers Project)

Setenta relevado y antiguo profesor de Doctrina y Convenios en BYU, fue el ponente de apertura, el viernes por la tarde. Las restantes sesiones del viernes y el sábado se llevaron a cabo en los edificios Joseph Smith (JSB) y Martin (MARB). Para los que no pudieron participar de esta oportunidad, tenemos selecciones impresas de la conferencia en nuestra publicación más reciente del CER, The Doctrine and Covenants: Revelations in Context (Provo y Salt Lake City: Centro de Estudios Religiosos y Deseret Book, 2008).

El élder C. Max Caldwell, Andrew H. Hedges, J. Spencer Fluhman, y Alonzo L. Gaskill, los editores del volumen, proporcionaron interesantes ensayos, con interesantes perspectivas a la historia detrás de las revelaciones, así como reveladores análisis del contenido doctrinal de varias revelaciones de José Smith. No van a querer perderse el ensayo de Robert J. Woodford, “Descubrimientos del Proyecto de los Papeles de José Smith: Los primeros manuscritos” Discoveries from the Joseph Smith Papers Project: The Early Manuscripts” o el artículo de Steve Harper, “Todas las cosas son del Señor: La ley de consagración en Doctrina y Convenios”. Las dos contribuciones nos obligan a volver a pensar en lo que hemos pensado antes acerca de estos temas, porque los autores han cambiado las fronteras del conocimiento con sus esfuerzos meticulosos. Personalmente, creo que el artículo de J.B. Hawks, “José Smith, Emanuel Swendenborg y la Sección 76”, ha brindado una respuesta definitiva a nuestros críticos que han intentado demostrar la influencia del visionario sueco del siglo XVIII Emanuel Swendenborg sobre José Smith. Finalmente, la contribución de Grant Underwood al volumen, “Las leyes de la Iglesia de Cristo” es fabulosa; nos ayuda, con gentileza, a volver al entorno original, proporcionando un detallado análisis del texto, “ofreciendo elementos de comprensión al proceso revelador que produjo los textos canónicos” (pág. 135). Después de este simposio, nunca volveré a enseñar mis clases de Doctrina y Convenios de la misma manera.

El Simposio Sperry siempre es una maravillosa oportunidad de enseñarse “el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”. (Doctrina y Convenios 88:118)


Soledad, Silencio y Oscuridad

POSTED BY: holzapfel

11/04/08


Me gusta ojear la revista National Geographic cada mes que me llega por correo. El artículo de la portada del ejemplar de Noviembre, 2008 me llamó la atención, “El fin de la noche: Porqué necesitamos la oscuridad”. Antes de los albores del siglo XX, el mundo abundaba en las siguientes tres materias primas: soledad, silencio y oscuridad. “En sentido muy real”, escribió Verlyn Klinkenborg, “la contaminación de luz causa que perdamos la vista de nuestro verdadero lugar en el universo, que olvidemos la escala de nuestro ser, que se mide mejor contra las dimensiones de una profunda noche con la Vía Láctea (la frontera de nuestra galaxia) sobre nosotros (“Nuestra Noche Desvanecedora”, 109).

 

Mis propias experiencias en los desiertos Sinaí y Néguev me permiten imaginar el mundo antiguo; lugar de vastos espacios vacíos, y espléndida maravilla. El cielo nocturno está iluminado con estrellas muy brillantes. Los cañones, desfiladeros, las montañas escarpadas, las dunas y marismas, están todos llenos de un silencio desafiante. Acaba siendo un lugar en el que una persona puede ver el inigualable poder del Señor, el Creador del cielo y la tierra. Al mismo tiempo, es un lugar donde los humanos pueden contemplar su propia dependencia en Dios por la vida misma.

 

El mundo antiguo ofrecía abundantes oportunidades de disfrutar de la experiencia de la naturaleza y del Señor de la Creación. Tales experiencias les brindaba la perspectiva del vasto alcance de la Creación. Moisés, que se crió en la casa de Faraón, vivió en una de las civilizaciones más avanzadas del antiguo mundo. Es interesante que, tras huir al desierto del Sinaí, donde experimento silencio, soledad y oscuridad, de forma más intensa que antes, Moisés se encontró cara a cara con el Dios de la Naturaleza.   Y sucedió que por el espacio de muchas horas Moisés no pudo recobrar su fuerza natural según el hombre, y se dijo a sí mismo: Por esta causa, ahora sé que el hombre no es nada, cosa que yo nunca me había imaginado” (Moisés 1:10).

 

Dada la realidad de la moderna vida urbana, donde la soledad es difícil de hallar, donde el silencio es casi imposible de experimentar y donde la oscuridad natural prácticamente ha desaparecido, ¿hay algo que podamos hacer, algo que nos proporcione la clase de experiencias que Abraham y Sarah, Zacarías y Elisabet,  y José y Emma tenían que les permitió encontrar a Dios y así encontrar su lugar en el gran cosmos.

 

Ciertamente no podemos retroceder el tiempo, pero podemos apagar la televisión, el iPod, la radio, las luces y aprovechar la oportunidad de ver el mundo natural que ha creado Dios. En el agitado y vertiginoso ritmo de vida, necesitamos tranquilizarnos y pasar tiempo solos. Los profetas han aconsejado en cuanto a demasiadas actividades recreativas o deportivas organizadas, demasiada televisión, y demasiadas actividades programadas, tanto en la Iglesia como en casa.

 

Podemos ir de vacaciones a un lugar como el Monumento Nacional Puentes Naturales de Utah, nombrado el primer Parque de Cielo Oscuro, o a algún otro lugar desértico, si es posible. O podemos tomar tiempo para apreciar la magnitud de las creaciones de Dios al visitar el templo y experimentar el silencio de “el monte de la casa de Jehová” (Isaías 2:2). Creo que estos sagrados lugares nos ayudan a quedarnos “tranquilos y [saber]que [Él es] Dios” (Doctrina y Convenios 101:16), renovándonos mediante la soledad, el silencio y la oscuridad.