José Smith: Un Testigo moderno de Jesucristo

POSTED BY: holzapfel

02/03/09


Durante el mes de diciembre, nuestros pensamientos quizás pudieran evocar un día de invierno en una pequeña granja en el estado de Vermont, donde José Smith dio su primer aliento de vida en 1805. También  podríamos meditar sobre una calurosa tarde de jueves en junio de 1844, cuando el profeta dio su último respiro. 

 

Durante su vida, José Smith fue muchas cosas: un hijo obediente, un padre amoroso, un vecino amable, un líder de la comunidad con visión. Además fue un profeta de Dios.

 

Desde el principio, los profetas han tenido deberes específicos. Noé construyó un arca. Moisés sacó al pueblo de Israel del cautiverio. Josué condujo a Israel hacia la tierra prometida. Lehi y Jeremías  advirtieron a los habitantes de Jerusalén sobre un inminente exilio. Pedro y Pablo llevaron el evangelio a las naciones de la tierra.  Tengan la asignación específica que tengan, todos los profetas son testigos del Señor.

 

José Smith no fue diferente. Él recibió numerosas asignaciones del Señor. Sin embargo, su papel más grande e importante como profeta fue el de ser un testigo moderno de Jesucristo. En 1820, José Smith registró: “No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo! (José Smith—Historia 1:17).

 

En 1832, José Smith y Sidney Rigdon testificaron: “Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre (Doctrina y Convenios 76:23).

 

En 1836, José Smith y Oliver Cowdery testificaron:

“Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había un pavimento de oro puro del color del ámbar. Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas, sí, la voz de Jehová” (Doctrina y Convenios 110:2-3).

 

El ministerio profético de José Smith se puede dividir fácilmente en dos deberes distintos y, a la vez, relacionados.

 

Primero, el Profeta fue llamado para testificar de Jesús como Salvador y Redentor. Esto lo logró principalmente al sacar a luz el Libro de Mormón y al establecer la Iglesia de Jesucristo. El Libro de Mormón y la Iglesia se centran en la Expiación de Cristo, el arrepentimiento, la salvación y la vida eterna. La primera asignación se culminó con la restauración de los primeros principios y ordenanzas del evangelio, los cuales nos permiten entrar en el Reino Celestial. A esto se le llama la “plenitud del evangelio de Jesucristo”

 

Segundo, el Profeta fue llamado para testificar de Jesús como el “autor  y consumador de nuestra fe”. Esto lo logró principalmente por medio de las revelaciones que recibió, comenzando en 1832, con respecto a la exaltación y la vida eterna (véase Doctrina y Convenios 76, 84, 88 y 93) Esta última asignación se culminó en el templo, en el que los Santos de los Últimos Días reciben las ordenanzas de la Iglesia del Primogénito que les permiten entrar en la presencia de Elohim.

 

Todas las bendiciones y promesas que anunciamos a los habitantes de la tierra vienen mediante y por Jesucristo, el mismo Hijo de Dios. Ciertamente  son “buenas nuevas”. Sin Jesucristo, no tenemos nada. José Smith dijo el 12 de mayo de 1844, pocas semanas antes de que fuera asesinado: “El Salvador tiene las palabras de vida eterna, ninguna otra cosa nos puede beneficiar”  (Andrew F. Ehat and Lyndon W. Cook, eds., Words of Joseph Smith [Provo, UT: Religious Studies Center, Brigham Young University, 1980], 365).

 

Al escuchar el testimonio de José acerca de Jesucristo, es como si oyéramos la voz de Jesús porque José Smith “fue ordenado por Cristo Jesús”  (William W. Phelps, “Loor al Profeta,” Himnos [Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1992), no. 15).