El Regreso del Rey

By Larry Y. Wilson

El Regreso del Rey

Por el élder Larry Y. Wilson

El élder Larry Y. Wilson es Autoridad General de los Setenta.

Este artículo fue tomado de un discurso dado el 1 de diciembre de 2015 en un devocional en la Universidad Brigham Young.

 

Hoy me gustaría hablar acerca de algunos de los grandes temas de nuestra época, vistos a través de los lentes de la historia, de la literatura y del evangelio restaurado de Jesucristo. Vivimos en un tiempo de maravillas científicas y tecnológicas; en el cual muchos cuestionan si la fe y la religión tienen lugar en sus vidas o en la plaza pública. Ustedes también tendrán que decidir si la fe tiene un lugar duradero en su propia vida.

De hecho, están ocurriendo cambios dramáticos dentro de este país, en lo que se refiere a la fe y la religión. En un estudio reciente, efectuado por el Pew Research Center, se reportó una gran disminución en la población que se identifica como cristiana en  los Estados Unidos. Del año 2007 al 2014—en sólo siete años—bajó un extraordinario 8 por ciento. [1] Aunque la caída está ocurriendo en todos los ámbitos, es  especialmente pronunciada  entre los adultos jóvenes. Hoy, el mundo plantea muchas amenazas a la fe en Dios, y es un hecho desafortunado el que esté disminuyendo la fe en Dios.

Esta no es la primera vez en la historia en la que aparece tal crisis de fe. Hubo una similar hace alrededor de cien años. Al abrirse el siglo XX, el mundo tenía gran esperanza y entusiasmo por el futuro. La ciencia estaba haciendo descubrimientos en todos los aspectos y parecía que el mundo se apresuraba a un período moderno en que la humanidad, mediante su progreso y tecnología auto generados,  podría resolver por fin los antiguos problemas de nuestro mundo.

Tomen en cuenta algunos de los distintos descubrimientos e invenciones de la primera década del siglo veinte. Se inventó la escalera eléctrica—quizás sea una especie de metáfora acerca del supuesto e inevitable crecimiento de la humanidad—. Marconi envió la primera señal de radio transoceánica. Se desarrollaron la aspiradora y el tractor—precursores de la liberación de formas del  trabajo arduo—. Los hermanos Wright efectuaron el primer vuelo tripulado. Albert Einstein asombró al mundo con su teoría de la relatividad. Henry Ford produjo más de 10,000 automóviles en la primera línea de ensamblaje de ese tipo. El mundo vio la primera película parlante, y Marie Curie descubrió el radio. [2]

El historiador cultural Richard Tarnas caracterizó ese período de esta forma: “Usando su propia inteligencia natural, y sin la ayuda de la revelación divina de las Sagradas Escrituras, el hombre ha penetrado en los misterios de la naturaleza, ha transformado su universo, y mejorado inmensurablemente su existencia. . . . Su propio ingenio y voluntad pudieron cambiar su mundo. La ciencia le dio al hombre una nueva fe—no solamente en el conocimiento científico—sino en sí mismo.” [3] Este período de tiempo dio lugar a lo que es conocido como “el mito del progreso” —o sea, la idea de que la humanidad de alguna manera estaba destinada inexorablemente a crecer en esta ola de progreso científico—a un nuevo Edén. Fue así que en la víspera de la Primera Guerra Mundial, a medida que la búsqueda del poder y el dominio político mostraba otra vez su lado obscuro en Europa, la respuesta fue muy ingenua. Si ha de haber guerra debido a la agresión de ciertas naciones, que la haya, pero la mayoría la vieron como “el fin de todas las guerras.” Se creía firmemente que el futuro sería, sin duda, brillante.

Sin embargo, la Primera Guerra Mundial no terminó con todas las guerras. El costo asombroso de esta guerra asestó un duro golpe al optimismo previo a la guerra. Se esperaba que la Primera Guerra Mundial fuera corta; sin embargo, duró más de cuatro años. “Para el tiempo del Armisticio, más de nueve millones de soldados habían muerto y cerca de treinta y siete millones fueron heridos.” [4] Las nuevas tecnologías, como las ametralladoras, los proyectiles explosivos, el gas venenoso, y el transporte de tropas por ferrocarril, significaron que podría matarse a los hombres con mayor eficiencia que en cualquier guerra anterior. Y así fue.

En promedio, cada día de la guerra hubo casi seis mil soldados muertos. El veinticinco por ciento de los jóvenes de Francia murieron en la guerra. A la vista de esa tragedia tan abrumadora, el cristianismo se volvió irrelevante para muchos europeos y americanos.

Como un agregado a la terrible carnicería de la Primera Guerra Mundial llegó el número de víctimas mortales de la influenza española en el año 1918. Infectó a 500 millones de personas y se estimó que mató entre el 3 y el 5 por ciento de la población mundial, lo que la convirtió en una de las enfermedades más mortales en la historia de la humanidad.

Para muchos de los que vivieron en esa época, les pareció que el cielo era despreocupado e indiferente. Les parecieron huecos muchos de los valores reconocidos como el honor, el sacrificio y el patriotismo. Las realidades del nuevo tipo de guerra eran pasmosos. El horror de ver volar en pedazos a los hombres y luego ver y oler los cadáveres que se pudrían durante semanas en el lodo frío de las trincheras puso a prueba la fe que había impulsado a los hombres a luchar por el rey, por la patria, y por Dios.

Como resultado, las décadas posteriores a la guerra, o sea las de los años 1920 y 1930, fueron de desilusión y cinismo. La fe en Dios fue puesta en duda amplia y abiertamente. La noción del progreso inevitable se hizo añicos y fue agravada por una sensación de impotencia y desesperación. La literatura de la post-guerra reflejó esta visión sombría en las obras Adiós a las Armas, de Ernest Hemingway y Sin Novedad en el Frente de Erich Remarque.

Muchos esperaban que las lecciones de la Primera Guerra Mundial evitarían otra guerra. Sin embargo, solamente dos décadas después el mundo cayó en un segundo conflicto global. No mucho después de que terminó, aparecieron dos obras de literatura que de forma extraordinaria estaban en contra de la ola de desesperación. Esas obras fueron: Las Crónicas de Narnia, escrita por C. S. Lewis, y la trilogía de El Señor de los Anillos, escrita por J. R. R. Tolkien. [5] Ambos hombres fueron soldados en la Primera Guerra Mundial y vieron de cerca sus horrores y muertes. Ambos hombres perdieron a muchos de sus amigos cercanos en la guerra pero, de forma extraordinaria, no sucumbieron ante el cinismo y el ateísmo que, con frecuencia, fueron las secuelas de la guerra. Sus historias celebraron el valor, el honor, la hermandad y la fe; especialmente la fe.

¿Qué podemos aprender de estos hombres ya que nosotros también enfrentamos una época en que la fe está bajando en el mundo? Después de la guerra, Lewis y Tolkien llegaron a ser profesores universitarios. Enseñaron a una generación de estudiantes que luchaban para hallar sentido en el mundo en tiempos en que la fe era cuestionada abiertamente. Estos dos hombres, que para ese entonces habían llegado a ser grandes amigos, tenían una respuesta. Habiendo salido de ese período con su fe intacta, tenían un mensaje para la siguiente generación. Los horrores de la guerra no les manifestaron a ellos que había fallado la fe en Dios, sino más bien que la fe debía ser vista en su lugar apropiado. Ese lugar apropiado era el mundo caído en el cual quienes tienen el precioso don de la fe deben luchar por el bien en contra de las fuerzas combinadas de un enemigo empeñado en destruirlos.

Una constante siempre presente en sus obras es la realidad del mal—de hecho—un enemigo personalizado de todo lo que es bueno. La guerra no les evidenció a Lewis y Tolkien que no hay Dios sino que había un diablo. Si tenemos fe, debemos aferrarnos a esa fe en vista de la lucha constante que existe en el mundo entre la luz y “la sombra,” como la llamó Tolkien.

Cuando mi esposa y yo estábamos criando a nuestros cuatro hijos, nos gustaba leerles Las Crónicas de Narnia. Es posible que ustedes conozcan el mundo fantástico de Narnia, en donde los animales hablan y las brujas convierten a sus enemigos en piedra. Narnia es descubierto por cuatro niños humanos que llegaron allí a través de un armario mágico. Sin embargo, el poder de esos libros no emana de los vuelos de fantasía sino del convincente simbolismo cristiano que los impregna. Lewis comunica su propia creencia absoluta en la realidad de Jesucristo mediante su creación de Aslan, el león que sirve como redentor para el mundo de Narnia. Para Lewis, Cristo fue la realidad más hermosa e importante para nuestro mundo.

El Señor de los Anillos, escrito por J. R. R. Tolkien, es otro clásico de la fantasía que habla de la búsqueda intensa para destruir al poderoso y maligno Anillo Único en los fuegos del Monte del Destino. Este también habla de criaturas y lugares que nunca existieron. Pero lo que lo hizo el libro más popular en el siglo veinte, después de la Biblia, no fue su fantasía sino su realismo. No trata únicamente de valientes ‘hobbits’ que combaten a los ejércitos de Mordor, sino del heroísmo de todos nosotros—pequeñas criaturas en apariencia—que debemos luchar contra el mal de nuestro día cuando hacemos nuestra parte en la gran lucha continua entre el bien total y el mal extremo en cualquier forma que podamos, recurriendo a una fuerza interior que no sabíamos que teníamos.

Algunos de sus contemporáneos criticaron estas llamadas a la fe. Acusaron a Lewis y a Tolkien de acoger virtudes de un mundo que ya había pasado. Los desilusionados hombres y mujeres de la generación de la post-guerra se volvían a otras cosas—a nuevos dioses que prometían salvar a la humanidad—en donde les parecía que los dioses hebreos y cristianos habían fallado.

Particularmente, el comunismo fue muy atractivo para las generaciones posteriores a la guerra. Pero los logros que se hayan hecho por medio de la socialización forzosa de los países en nombre del comunismo llegaron a un costo terrible en vidas y en la dignidad humana. Millones de personas murieron en las purgas y por el hambre. En realidad, murió más gente a las manos de los dictadores comunistas que los que murieron en las dos guerras mundiales. [6]

Otras almas cansadas de la guerra voltearon hacia el hedonismo—la filosofía de “comed, bebed y divertíos” [7]—que caracterizó a los locos años veinte. Podríamos agregar a este grupo los años moralmente caóticos posteriores a la así llamada “revolución sexual” de los años 1960. Pero volverse a los placeres de la carne ha producido en nuestra propia época niveles de desintegración familiar y de divorcios sin precedentes e, inevitablemente, así seguirá.

Quizás el mayor número de quienes se desilusionaron con la muerte del antiguo orden mundial se volvieron a la ciencia. Aunque algunos observadores atentos indicaron que la ciencia fue la que proveyó las herramientas para matar eficazmente y que causó que las dos guerras fueran tan mortíferas, la ciencia pareció ser una solución atractiva.  Al menos, muchos supusieron que al aplicar el método científico, uno podría conocer la verdad con certeza.

La gente acudió a la teoría de la evolución de Charles Darwin para explicar cómo llegamos aquí, y a las teorías de Sigmund Freud para explicar el por qué la gente actuó como lo hizo. Sin embargo, la ciencia demostró ser un dios decepcionante. Disfrutamos muchos beneficios a causa de la ciencia, pero no puede proporcionar las verdades eternas para guiar nuestra vida. Y fue muy evidente que los científicos también son humanos—hombres y mujeres que tienen las debilidades y flaquezas comunes—como nosotros. Al correr del tiempo, la ciencia demostró que podía ser un siervo muy útil, pero que era muy mal amo.

C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien enviaron sus cuentos de búsquedas heroicas a un mundo que se arremolinaba en las alternativas a una cristiandad, al parecer,  desacreditada. Debido a su popularidad, ambas obras sorprendieron a los críticos. Fue como si hubieran rociado agua fría en la cara de sus lectores, al recordarle a los desanimados que el mundo siempre ha sido un lugar en el que el bien y el mal han luchado para tener dominio en el corazón humano.

Este es un mundo caído. Las escrituras llaman a Satanás “el príncipe de este mundo.” [8] Las obras de Lewis y Tolkien contienen figuras satánicas —la Bruja Blanca en un caso, y en el otro Sauron—que buscaron dominar cruelmente a los seres humanos. ¿Qué necesita la humanidad en tal mundo? Necesitamos fuerzas que contrarresten la maldad ilimitada y un héroe que dirija a esas fuerzas. Uno de los atractivos de las obras de Lewis y Tolkien es este tema de nuestra necesidad de un héroe—un Salvador, si así quieren llamarlo—.  Por sí mismos, todos los personajes de los cuentos con los cuales nos identificamos llegan al punto de su propio fracaso. Necesitan a alguien más fuerte que ellos.

Ciertamente, parte del atractivo de Las Crónicas de Narnia y de la trilogía de El Señor de los Anillos es que descubrimos dentro de nosotros el anhelo de un campeón que pelee las batallas que nosotros no podemos pelear. Escuchen la descripción de Aragorn el héroe al final de la trilogía. ¿A qué les parece a ustedes que suena? “Pero cuando Aragorn se levantó todos los que lo vieron lo contemplaron en silencio, porque les pareció que se les revelaba por primera vez. Tan alto como el rey de los mares de la antigüedad, sobresalía de todos los que estaban cerca; parecía ser un anciano de días, pero aún en la flor de la hombría; y la sabiduría estaba sobre su frente, y había fuerza y curación en sus manos, y una luz lo rodeaba. Y entonces Faramir exclamó: ‘¡He aquí, el Rey!’” [9]

Algunas veces podemos olvidar cuál es exactamente la esperanza del cristianismo. No es que Jesucristo cumplirá todas nuestras propias aspiraciones naturales para la felicidad. Es la esperanza en un futuro triunfal que solamente Dios puede proporcionar, y lo hará, Leemos en el Libro de Mormón este consejo de Alma: “Y ahora bien,. . . . quisiera que recordaras que en proporción a tu confianza en Dios, serás librado de tus tribulaciones, y tus dificultades, y tus aflicciones, y serás enaltecido en el postrer día.” [10]

El triunfo viene “en el postrer día.” Nosotros también esperamos el regreso de un Rey.

“En los 260 capítulos del Nuevo Testamento, el regreso de Cristo  se menciona no menos de 318 veces.” [11] Es claro que el Señor quería que pensáramos en esto y que nos preparáramos para ello. La metáfora principal del Nuevo Testamento en lo que se refiera a la Segunda Venida es la de un siervo que está preparado para el regreso de su señor.

Todos tenemos que decidir. Podemos escoger vernos como los siervos del Señor y humildemente buscar conocer qué es lo que Él quiere que estemos haciendo con los talentos y el tiempo que Él nos ha dado. En este caso podemos tratar de acrecentar Su reino y prepararlo para Su regreso. O podemos imaginar que el relato se refiere sólo a nosotros. Demasiadas personas han caído en esa trampa. Se olvidan que son Sus siervos y empiezan a imaginar que Él les pertenece. Piensan erróneamente que Cristo vino para hacer que todos sus sueños  [de ellos]  se volvieran realidad. Para quienes han caído en esa trampa, la oración equivale a dejar recados en un escritorio de una oficina celestial: “¿podría atender esto tan pronto como le sea posible?”

En los cuentos de Lewis y Tolkien, los buenos siempre son humildes en la vida que llevan. Saben que son parte de una historia más grande, y buscan cumplir su parte con fidelidad de corazón. Frodo una vez expresó su deseo de no tener que hacer una tarea difícil que se le había asignado. Gandalf  le respondió: “Yo también,” y “eso desean todos los que viven para ver tales épocas. Pero no nos corresponde a nosotros decidir. Todo lo que tenemos que decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado.” [12]

Lewis y Tolkien rechazaron la perspectiva de una vida sin fe y egocéntrica. Sus héroes comprendieron que el dolor y las pérdidas suceden en la vida pero que al final la victoria será suya. En sus cuentos, son muchas las derrotas y grande el sufrimiento que deben soportar los   siervos más fieles en su lucha por el bien en este mundo. En Narnia y en la Tierra Media, la esperanza estaba en el regreso final del rey. Ustedes también se hallan en un mundo en conflicto entre el bien y el mal. Ustedes también deben decidir qué parte van a interpretar.

La calidad de la fe en las obras de Lewis y Tolkien no es como la espiritualidad vaga y poco exigente que parece ser el sistema de creencia preferida por la generación milenaria. Parece ser que hoy en día nadie quiere ser etiquetado como crítico, por tanto nuestro mundo ha postulado para si mismo dioses que nunca juzgan ni son severos. Solamente nos afirman y nunca nos niegan lo que queremos.

Pero eso no es lo que creían nuestros amigos Lewis y Tolkien. Especialmente en el personaje de Aslan, Lewis describió a un Dios amoroso pero severo que vino a salvarnos de nuestros pecados y no en nuestros pecados. A medida que criábamos a nuestros hijos, mi esposa les decía a menudo: “Aslan no es un ‘león domesticado,’” [13] como una forma de explicarles que debemos lograr la vida eterna con Sus condiciones, no con las nuestras. Debemos aceptar la voluntad de Dios para nuestra vida aunque no la entendamos por completo. Escuchen este diálogo en The Silver Chair, [La Silla de Plata] uno de los libros en Las Crónicas de Narnia:

            “¿Tienes sed?” dijo el León.

            “Me estoy muriendo de sed,” dijo Jill.

            “Pues bebe,” dijo el León . . . .

            “¿Me prometes que no me harás nada si me acerco?” dijo Jill.

            “No prometo nada,” dijo el León . . . .        

            “¿Te comes a las niñas,?” dijo ella.

“He devorado a niñas y niños, mujeres y hombres, reyes y emperadores, ciudades y reinos,” dijo el León. No lo dijo como si estuviera presumiendo, ni como si lo lamentara, ni como si estuviera enojado. Simplemente lo dijo. . . .

“¡Oh, querido!” dijo Jill, acercándose un paso más. “Entonces, supongo que debo ir a buscar otro arroyo.”

            “No hay otro arroyo,” dijo el León. [14]

Y ese es el mensaje del evangelio para la generación de ustedes: “No hay otro arroyo.” Solamente un arroyo tiene el agua de la vida eterna. Encontramos una metáfora semejante en la visión de Lehi del árbol de la vida. A menudo el sendero está obscurecido por los vapores de tinieblas que surgen de una fuente maligna. Sin tener una mano en la barra de hierro, algunos vagan por lo que se diría senderos extraños; y nuestro mundo está lleno de esos senderos. Todos los que siguieron esos senderos se perdieron. [15]  Debemos ser los suficientemente humildes para seguir Su sendero y no los nuestros. [16]

Mis queridos hermanos y hermanas, el enemigo de su alma los inducirá para que tomen estos senderos extraños, y dediquen sus vidas preciosas a no edificar el reino de Dios sino a cualquier otra causa. Desde el punto de vista de Satanás, cualquier causa tendrá éxito si desvía a los hijos de Dios del sendero que les permite sujetarse a la barra de hierro y recibir revelación constante. El mundo está lleno de alternativas—como las redes sociales, satisfacer todos nuestros deseos, ganar mucho dinero, obsesionarnos con los deportes o con las causas sociales—que, si se convierten en nuestro enfoque principal, pueden excluir a Dios de nuestras vida. Hay un sin fin de senderos en nuestro mundo distintos al que nos conduce al árbol de la vida.

Lewis llegó a la misma conclusión a la que llegó William Law, un clérigo del siglo dieciocho: “Si usted no ha elegido el Reino de Dios, al final no habrá diferencia en lo que haya elegido en su lugar.” [17] Así que, por favor recuerden que hay un tema en la historia de este mundo. Es una historia épica. Se refiere a un Rey Verdadero que por un tiempo está oculto de la vista del mundo en tanto que Su reino es gobernado por un malvado pretendiente al trono que es un déspota cruel que busca reinar mediante la guerra, la sangre y el horror. Pero el Rey Verdadero tiene seguidores fieles—siervos humildes que disciernen todas las mentiras y los engaños del enemigo—y que buscan edificar lealtad al Rey Verdadero. Buscan preparar a un pueblo que esté listo para recibirlo cuando Él regrese en gloria y derrote al rey falso, y recompense a quienes están esperando Su venida.

Hoy les he hablado acerca de Lewis y Tolkien como ejemplos de quienes vieron la realidad final que está detrás de los conflictos y desigualdades, las cargas y tristezas del mundo. Supieron, tal como lo leemos en el libro de Eter, que “el bien de nadie procede, sino de mí [Jesucristo].” [18] Ese es mi testimonio también.

En uno de nuestros queridos himnos sacramentales cantamos “tan humilde al nacer,” recordando como fue que el Rey de Reyes nació en un humilde establo. Pero el himno continúa:

            Tan humilde al nacer,

            Cristo viene con poder.

            Antes el dolor sufrió;

            Hoy el reino heredó.

            . . . .

            El que rechazado fue

            hoy será del mundo Rey. [19]

Mientras piensen en el Niño Jesús, recuerden la secuela de esa historia: el futuro regreso del Rey. Al  reflexionar en el establo de Belén, tengan en mente estas visiones gloriosas de Su regreso:

            Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba

            Fiel y Verdadero. . . .

            Y sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas. . . .

            Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES

            Y SEÑOR DE SEÑORES. [20]

            Y tan grande será la gloria de su presencia, que el sol esconderá su faz avergonzado, y

            la luna retendrá su luz, . . .

            Y se oirá su voz: He pisado yo solo el lagar y he traído juicio sobre todo pueblo; . . .

Y ahora el año de mis redimidos ha llegado; y harán memoria de la amorosa bondad de su Señor, y de todo lo que sobre ellos ha conferido de acuerdo con su bondad, y de acuerdo con su amorosa misericordia, para siempre jamás. [21]

Si estamos preparados para Su venida—si la estamos esperando—ese día será un gran momento de reencuentro y regocijo.  Hermanos y hermanas, tomen la decisión de utilizar su tiempo en la causa que más importa; la que nos conduce al reino milenario de Jesucristo.

Les dejo mi testimonio que Él es el Rey verdadero de este mundo. Jesús vino primero como el Cristo niño, un cordero manso y humilde que se ofreció para pagar nuestros pecados. Él va a regresar en gloria para recibir el reconocimiento de cada lengua y el homenaje de cada rodilla. [22] Es mi oración que nos preparemos para el regreso de nuestro Rey, en el nombre de Jesucristo, amén.

© Brigham Young University. Reservados todos los derechos.

Not​​as


[1].- Ver “America’s Changing Religious Landscape,” Pew Research Center, 12 de mayo de 2015, en: pewforum.org/2015/05/12/americas-changing-religious-landscape.

[2].- Ver de Joseph Loconte. “A Hobbit, a Wardrobe, and a Great War:How J. R. R. Tolkien and C. S. Lewis Rediscovered Faith, Friendship and Heroism in the Cataclysm of 1914-1918, (Nashville, TN: Nelson Books, 2015), página 11.

[3].- Richard Tarnas, The Passion of the Western Mind: Understanding the Ideas That Have Shaped Our World View (Nueva York: Harmony Books, 1991), página 319.

[4].- Loconte, “A Hobbit, a Wardrobe, and a Great War,” página xiii.

[5].- Estoy en deuda con mi amigo y mentor William Clayton “Tony” Kimball por presentarme a C. S. Lewis y a J. R. R. Tolkien. Ha escrito excelentes ensayos acerca de Lewis.

[6].- Ver de Thomas H. Williams, Greater Than You Think: A Theologian Answers the Atheists About God, (Nueva York: Faith Words, 2008), página 43.

[7].- Lucas 12: 19; 2 Nefi 28: 7-8.

[8].- Juan 12:31; D y C 127: 11.

[9].- J. R. R. Tolkien, “The Steward and the King,” libro 6. The Return of the King (Nueva York: Del Rey 2012).

[10].- Alma 38:5; énfasis agregado.

[11].- Greg Laurie, “While You Wait,” A New Beginning.

oneplace.com/ministries/A_New_Beginning/Article.asp?article_id=49.

[12].- J. R. R. Tolkien, “The Shadow of the Past,” libro 1, The Fellowship of the Ring (Nueva York: Del Rey 2012).

[13]. C.  S. Lewis, en The Last Battle (Nueva York: Harper Collins, 2005), capítulos 2, 3 y 7.

[14].- C. S. Lewis, en “Jill Is Given a Task,” capítulo 2 de The Silver Chair (Nueva York: Harper Collins, 2008)’ énfasis en el original.

[15]. Ver 1 Nefi 8: 28, 32.

[16].- Ver 1 Nefi 28: 20-22; 2 Nefi 31: 18-19; 33: 9; Alma 7: 9; Salmos 16: 11; Proverbios 2: 20.

[17].- William Law, según lo citó C. S. Lewis en “A Slip of the Tongue,” The Weight of Glory and Other Addresses (Nueva York: Harper Inc. 2001).

[18].- Eter 4: 12.

[19].- Parley P. Pratt, “Tan Humilde al Nacer,” Himnos ( Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1992), número 120.

[20].- Apocalipsis 19: 11-12, 16.

[21].- D y C 133: 49-50, 52.

[22].- Ver Filipenses 2: 10-11.