El “cómo” estudiar las escrituras

By Joseph Fielding McConkie

Joseph Fielding McConkie, "El “cómo” estudiar las escrituras," en Buscad Diligentemente​, ed. Richard Neitzel Holzapfel y Kent P. Jackson, trad. Nefi Treviño y Fernando Dealba (Provo, UT: Religious Studies Center, 2010), 97–113.

El “cómo” estudiar las escrituras

Joseph Fielding McConkie

 

Joseph Fielding McConkie (joseph.mcconkie@yahoo.com) es profesor emérito de escrituras antiguas en la Universidad de Brigham Young. Este discurso fue dado en la Semana de Educación de la Universidad de Brigham Young en agosto de 2006.

 

Si los cielos se abrieran hoy y Dios nos hablara, ¿no quisieran escuchar lo que Él tiene que decir? De igual manera, ¿si un mensajero viniera en Su lugar, sería de igual interés? Si el mensaje se escribiera, ¿no quisieran leerlo?

Muchas personas fieles han dado sus vidas para que la palabra del Señor tal como se ha dado a Su pueblo antiguamente se preservara para nosotros. El estudio cuidadoso de este registro será la fuente de grandes bendiciones para nosotros, mientras que el no conocerlo sería una gran pérdida.

Hay que permitir que los principios correctos, no las técnicas, dirijan nuestro estudio

A través de los años, muchos de mis alumnos y otros han llegado a mi oficina preguntándome cómo pueden llegar a ser mejores estudiantes de las escrituras. A menudo se me ha preguntado la manera que los hombres como mi padre, el élder Bruce R. McConkie, y mi abuelo, el presidente Joseph Fielding Smith, quienes tenían la reputación de tener mucho conocimiento del evangelio, han estudiado las escrituras. Implícito en tales preguntas está la idea que hay alguna metodología o secreto conocido por unos pocos, y que aquel secreto da a aquellos que lo conocen una ventaja marcada en el entendimiento de las escrituras. De hecho, voy a revelar el gran secreto; es que no hay ningún secreto.

En cuanto a mi padre y mi abuelo, su método consistía en no tener ningún método. ¡Los métodos no son la respuesta! El estudio eficaz de las escrituras no tiene nada que ver con el sistema de marcar que usas. No tiene nada que ver con la decisión de usar un marcador azul o uno rojo. No tiene nada que ver con que si estudias un tema particular cronológicamente o por temas. No tiene nada que ver con tu uso de la cuádruple (que contiene cuatro libros) en vez de una combinación triple. No tiene nada que ver con el tamaño de letra de tus escrituras, a menos que estés envejeciendo.

Tiene todo que ver con la intensidad y la consistencia con que tú estudias. No hay atajos; no hay secretos.

No obstante, hay algunos principios básicos que son fundamentales para lograr un entendimiento correcto de las escrituras. Quiero presentar siete de estos principios. Cada uno trae consigo una luz adicional. Juntos pueden aumentar tu comprensión de las escrituras siete veces y más.

El entendimiento de la revelación requiere el espíritu de la revelación

El primer principio y el más básico del entendimiento de las escrituras es que la revelación dada por el Espíritu solamente se entiende por el Espíritu.

Una aceptación de las escrituras como tales requiere una creencia en el principio de la revelación. Requiere una creencia que Dios puede transmitir y sí transmite Sus pensamientos y voluntad a nosotros. La mayoría de las escrituras se escriben solamente en los corazones y la mente de la gente. Esta forma de escritura se conoce como la Luz de Cristo. Es universal para los hijos de los hombres y siempre tiene el propósito de prepararles para recibir mayor luz. Las escrituras también incluyen todo lo que se dice bajo la influencia del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es un revelador. Como el tercer miembro de la trinidad, Su propósito es enseñar y testificar de las verdades de la salvación. Por lo tanto, la voz del Espíritu Santo está reservada para un orden más alto de verdades que las que comunica la Luz de Cristo.

Mientras que el derecho para tener la Luz de Cristo es universal, la revelación del Espíritu Santo requiere que tengamos fe en Cristo y que vivamos conforme a los principios de la rectitud. Nefi enseña el principio utilizando el siguiente lenguaje:

      Y aconteció que después que yo, Nefi, hube oído todas las palabras de mi padre concernientes a las cosas que había visto en su visión, y también las cosas que habló por el poder del Espíritu Santo, poder que recibió por la fe que tenía en el Hijo de Dios —y el Hijo de Dios era el Mesías que habría de venir [Nótese que fue la fe en Cristo lo que permitió a Nefi el derecho a la compañía del Espíritu Santo]— yo, Nefi, sentí deseos de que también yo viera, oyera y supiera de estas cosas, por el poder del Espíritu Santo, que es el don de Dios para todos aquellos que lo buscan diligentemente, tanto en tiempos pasados como en el tiempo en que se manifieste él mismo a los hijos de los hombres.

      Porque él es siempre el mismo ayer, hoy y para siempre; y la vía ha sido preparada para todos los hombres desde la fundación del mundo, si es que se arrepienten y vienen a él.

      Porque el que con diligencia busca, hallará; y los misterios de Dios le serán descubiertos por el poder del Espíritu Santo, lo mismo en estos días como en tiempos pasados, y lo mismo en tiempos pasados como en los venideros; por tanto, la vía del Señor es un giro eterno. (1 Nefi 10:17–19)

Entre las revelaciones innumerables que han venido del Dios del cielo sólo unas cuantas se han grabado como escritura. Entre su gran número aún menos han entrado en una colección de tales textos escritos preservados para nosotros en forma de libro. Cierta colección de textos escritos se conoce para nosotros como la Santa Biblia. La palabra biblia viene del Griego biblia, lo cual quiere decir “los libros.” Por lo tanto, la Biblia es una biblioteca de libros considerados sagrados o santos.

Es importante notar que los católicos, los protestantes y los judíos están en desacuerdo en cuanto a los libros que deben ser incluidos en esta colección. La biblioteca de los Santos de los Últimos Días que alberga los libros sagrados contiene apreciablemente más registros de escrituras de lo que se encuentra en las bibliotecas de las otras sectas. Mientras que las otras religiones no pueden ponerse de acuerdo en cuanto a cuáles libros han de ser incluidos en la Biblioteca de la Fe —o sea, a la Biblia, como la llamamos— ellos consideran nuestras adiciones a esta biblioteca como un acto de herejía.

Nosotros, en cambio, creemos que sí tenemos la misma fe que tenían los antiguos. Recibimos revelación que se relaciona directamente con nuestra situación tal como la tenían ellos. Los antiguos fueron edificados por la revelación dada al pueblo que venía antes pero ellos no se limitaban a la revelación antigua. Tal como ha sido con ellos, así es para nosotros. De hecho, este principio es fundamental para nuestro entendimiento e interpretación de todo lo que leemos en el canon de escritura. Al romper la comunicación con los cielos —es decir, al decir que se ha cerrado la biblioteca de la revelación— nosotros perdemos no solamente la oportunidad para recibir la revelación adicional sino también la clave para comprender todo lo que poseemos. Nefi explicó el principio con estas palabras:

      Sí, ¡ay de aquel que dice: Hemos recibido, y no necesitamos más!

      Y por fin, ¡ay de todos aquellos que tiemblan, y están enojados a causa de la verdad de Dios! Pues he aquí, aquel que está edificado sobre la roca, la recibe con gozo; y el que está fundado sobre un cimiento arenoso, tiembla por miedo de caer.

      ¡Ay del que diga: Hemos recibido la palabra de Dios, y no necesitamos más de la palabra de Dios, porque ya tenemos suficiente!

      Pues he aquí, así dice el Señor Dios: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría; pues a quien reciba, le daré más; y a los que digan: Tenemos bastante, les será quitado aun lo que tuvieren. (2 Nefi 28:27–30; énfasis agregado)

Nunca en todas las eternidades ha revelado el Señor que no habría más revelación. Hacer esto sería robarnos la habilidad de entender la revelación que Él ya nos ha dado. Sería esconder la evidencia de Su existencia y camuflar las verdades del evangelio.

La Biblia es un libro muy diferente en las manos de alguien que rechaza el espíritu de la revelación y en las manos de alguien que está abierto a ese espíritu. Las palabras son iguales, pero la visión es completamente diferente. Un libro que vino por medio de la revelación es solamente revelación para el pueblo que tiene el espíritu de la revelación.

El espíritu que tú tienes al leer un libro predetermina lo que tú vas a sacar de provecho de ella. El Evangelio de Mateo leído por un hombre puede ser escritura, pero cuando otro lo lee tal vez no sea escritura. Es posible que estén en el mismo salón compartiendo el mismo libro, mas puede ser escritura para uno y no para el otro. La diferencia no es en lo que se ha escrito sino en el espíritu con que se lee. Las santas escrituras leídas con el espíritu de contención no son escritura; no es la voz del Señor y tampoco representa Su Espíritu. Es sencillamente tinta negra sobre papel blanco. Si el espíritu con que algo se lee no es correcto, entonces la interpretación de lo que se ha escrito tampoco puede ser correcta.

Déjenme compartir dos textos clásicos de escritura que enseñan este principio. El primero viene de una revelación dada para enseñarnos a discernir la verdad del error, espíritus buenos de espíritus malos, doctrina correcta de doctrina falsa. Al empezar nosotros la lectura, el Señor, el gran maestro, incentiva nuestro pensamiento sobre este asunto de discernir los espíritus con una pregunta:

      Por tanto, yo, el Señor, os hago esta pregunta: ¿A qué se os ordenó? [Entonces, en respuesta a Su propia pregunta, el Señor dice:]

      A predicar mi evangelio por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad.

      Y entonces recibisteis espíritus que no pudisteis comprender, y los recibisteis como si hubieran sido de Dios; ¿y se os puede justificar en esto?...

      De cierto os digo, el que es ordenado por mí y enviado a predicar la palabra de verdad por el Consolador, en el Espíritu de verdad, ¿la predica por el Espíritu de verdad o de alguna otra manera? [Nótese que se asume en el texto que lo que enseñamos es verdad —ese no es el punto— el punto es el Espíritu con el que se enseña.]

      Y si es de alguna otra manera, no es de Dios.

      Y además, el que recibe la palabra de verdad, ¿la recibe por el Espíritu de verdad o de alguna otra manera?

      Si es de alguna otra manera, no es de Dios.

      Por tanto, ¿cómo es que no podéis comprender y saber que el que recibe la palabra por el Espíritu de verdad, la recibe como la predica el Espíritu de verdad? (DyC 50:13–21)

¿Lo notaron? Las verdades del cielo no son verdades del cielo si intentamos justificarlas de alguna manera que no sea por el espíritu de la revelación. Si vamos a ser “edificados y [regocijarnos] juntamente” debemos enseñar y aprender por medio del espíritu de la revelación.

Como una segunda ilustración de este principio, consideren las palabras de una revelación anterior, una revelación dada al Quórum de los Doce seis años antes de ser llamados. Hablando del Libro de Mormón, el Señor dice, “Estas palabras no son de hombres, ni de hombre, sino mías; por tanto, testificaréis que son de mí, y no del hombre. Porque es mi voz la que os las declara; porque os son dadas por mi Espíritu, y por mi poder las podéis leer los unos a los otros; y si no fuera por mi poder, no podríais tenerlas. Por tanto, podéis testificar que habéis oído mi voz y que conocéis mis palabras” (DyC 18:34–36).

Este principio no se limita al Quórum de los Doce. Tampoco lo hace ningún principio del evangelio. Solamente tenemos un evangelio y ha de aplicarse de igual manera a todos aquellos que son honestos de corazón. Cuando tú o yo leemos o estudiamos las escrituras bajo la dirección del Espíritu del Señor, estamos escuchando la voz del Señor y podemos testificar de ello. Leer las escrituras sin ese Espíritu es un asunto completamente diferente.

Por lo tanto, el primer principio del entendimiento de escritura es que la escritura debe ser comprendida por el mismo espíritu por el cual se ha escrito. Sin el espíritu de la revelación, no hay ninguna escritura. Algunos dirían que se trata de un razonamiento circular, y así es. Hay que tener vida para dar vida. No se puede leer en la oscuridad. No se puede ver y escuchar las cosas del Espíritu sin el Espíritu. Tal como la luz se allega a la luz, así la oscuridad es el padre de los hechos de la oscuridad.

Solamente hay un evangelio

Nuestro segundo principio se centra en la naturaleza eterna del evangelio. Todos los principios del evangelio son absolutos; de eternidad a eternidad, son los mismos. Eran los mismos en nuestra vida preterrenal tal como lo son en este segundo estado. No cambian en el mundo a donde van nuestros espíritus después de la muerte, ni serán menos su peso y medida en la Resurrección. No existen principios de la salvación que no hayan sido decretados antes de la fundación de la tierra. El Señor decretó que Su casa fuera una casa de orden, no una casa de confusión. En una revelación dada al profeta José Smith, el Señor dramatiza este principio al hacer tres preguntas retóricas: Primero, “¿Aceptaré una ofrenda que no se haga en mi nombre?” Segundo, “¿recibiré de tus manos lo que yo no he señalado?” Y tercero, “¿Y te señalaré algo […] que no sea por ley, tal como yo y mi Padre decretamos para ti, antes de que el mundo fuese?” (DyC 132:9–11).

La respuesta a cada una de estas preguntas es un no enfático. Su propósito es de dramatizar que no hay sino un evangelio, un plan de salvación, un sistema de autoridad y una organización en la que se pueden encontrar administradores legales y lícitos. Si la casa de Dios es una casa de orden, no será gobernada por leyes hechas por otra persona, y no honrará las ofrendas hechas a otros dioses, ni tampoco se aceptarán las ordenanzas efectuadas sin su permiso y autoridad.

Yo no puedo llegar a ser tu heredero por leer tu diario y por leer las promesas que tu padre te ha hecho. De igual manera, tú no puedes llegar a ser el heredero de Dios al leer las promesas que Él hizo a un pueblo de una época anterior. Tu salvación y la mía requieren una revelación que sea inmediata y personal.

Sería igualmente verdadero que si el pueblo pudiera reclamar legítimamente el derecho de enseñar el evangelio y de actuar en el nombre del Señor por leer la Biblia, ellos también podrían llegar a ser el presidente de los Estados Unidos por leer la Constitución de nuestra patria.

“Buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”

Tomo nuestro tercer principio del currículo dado por el Señor en la escuela de los profetas: “Buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (DyC 88:118). Esta proclamación primero afirma la importancia del estudio y entonces sugiere la necesidad de ir más allá de nuestro estudio para adoptar el principio de la fe.

Permítanme ilustrar lo que se requiere aquí. El profeta José Smith estaba estudiando el libro de Santiago cuando llegó al pasaje que le instruyó que pidiera de Dios y que lo hiciera en fe sin dudar (véase Santiago 1:5–6). Cuando él dejó el libro para ir en búsqueda de un sitio quieto para orar, su fe suplantó su estudio, y por medio de esa fe él fue capaz de hacer lo que sus mentores bíblicos habían hecho: abrir los cielos.

Mi fe en que el Libro de Mormón tiene un lugar especial en la biblioteca de los libros sagrados me permite una gran cantidad de conocimiento que no tendría de otra manera. Me restaura el conocimiento de las cosas sencillas y preciosas que se han quitado de la Biblia. Por medio de ello aprendo que los pueblos del Antiguo Testamento tenían lo que conocemos como el Sacerdocio de Melquisedec. También tenían el bautismo, el don del Espíritu Santo y todos los principios salvadores y las ordenanzas del evangelio. Por medio del Libro de Mormón yo puedo ganar más conocimiento y entendimiento de lo que se enseñaba en las épocas del Antiguo y Nuevo Testamento de lo que puedo al leer todos los comentarios académicos jamás escritos sobre el asunto.

Por medio del Libro de Abraham aprendo que los pueblos del Antiguo Testamento tenían el Convenio de Abraham con su promesa de una continuación de la semilla y la unidad familiar eterna. Por medio de la fe en la traducción del Libro de Moisés por José Smith, aprendo que a Jesús —el Mesías— lo conocían Adán, Enoc, Noé y Abraham, y que el plan de salvación que ellos conocían es el mismo plan de salvación que conocemos hoy en día.

No se trata de una retirada a la postura anti-intelectual común en el mundo cristiano histórico. Más bien es la audaz declaración que al traer la fe al acto del estudio es como una pareja amorosa que trae un hijo al mundo. El niño es un ser viviente que trae a sus padres una profundidad del amor y comprensión que nunca podrían haber conocido antes. De la misma manera, mi fe en Jesús de Nazaret como el por tanto tiempo anticipado Mesías, Salvador y Redentor de la humanidad me da un entendimiento completamente diferente del Antiguo Testamento de lo que tendría de otra manera.

 Todas las cosas se reproducen según su género, y de igual manera la fe engendra la fe. La fe en un principio del evangelio infundirá la fe en otro. Mi fe en la resurrección —es decir, la unión inseparable de cuerpo y espíritu (una idea que no se puede defender científicamente)— infunde mi fe en la historia de la Creación (un asunto sobre el cual hay un sin fin de polémicas científicas).

Es solamente por medio de agregar la fe a nuestro estudio de las escrituras que captamos la esencia de lo que leemos. La religión verdadera es una cosa viviente. Exige que las señales sigan a los creyentes. Habla de milagros para que sepamos que podemos obrar milagros. Describe la voz de Dios para que reconozcamos Su voz al oírla. Comenta sobre el ministerio de ángeles para que sepamos que podemos recibirlo también; si hemos sembrado las mismas semillas que sembraron aquellos de quienes leímos en las santas escrituras, entonces podremos cosechar tal como ellos han cosechado.

Manteniendo las cosas en su contexto

El cuarto principio que les quisiera señalar es la necesidad de mantener las cosas en su contexto apropiado. El contexto da color a o cambia el color de todo lo que nosotros o cualquier persona dice. Cuando mi esposa me dice que yo debo decir “te amo” más a menudo, ella no quiere decir que debo decirlo a otras mujeres. Cada texto de escritura tiene dos contextos: la circunstancia o el momento inmediato en respuesta al cual se escribió y el contexto mayor en relación con todos los otros principios o palabras correctos. Una declaración oscura o aislada no sería suficiente para sostener el peso del evangelio o para asumir la responsabilidad para establecer cualquier principio esencial para la salvación.

Cuando Cristo decía, “En la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento” (véase Mateo 22:23–30), necesitamos saber si Él hablaba de cada alma que ha vivido o de los Saduceos (que lo habían rechazado como su Mesías), que habían hecho la pregunta que provocó la respuesta de Jesús.

Cuando Él dijo, “No os afanéis por el día de mañana” (Mateo 6:34), ¿hablaba de ti y de mí o hablaba a los Doce que habían sido llamados para un ministerio de tiempo completo?

Cuando Él dijo, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34), ¿estaba pensando en los soldados romanos que clavaron los clavos en Sus manos y pies, o hablaba de todos durante la historia que han querido crucificarlo de nuevo?

Cuando Cristo dijo, “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15), ¿estaba dando esta comisión a todos los que se sienten inclinados a hacerlo, o se refería a los Doce a quienes Él había comisionado y entrenado?

Cuando el apóstol Pablo dijo, “Pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando” (1 Corintios 7:9), ¿estaba sugiriendo que el matrimonio es para las personas innatamente débiles que carecen de un carácter moral, o estaba sugiriendo que los que obran como misioneros deben esperar hasta que hayan completado sus misiones para casarse?

Cuando Juan advierte que si alguno añade o quita de lo que ha escrito, ¿estaba prohibiendo a los demás alterar las palabras de su carta, o estaba anunciando que se habían parado todas las escrituras inspiradas? (véase Apocalipsis 22:18–19).

El contexto inmediato sirve para contestar cada una de las preguntas que surgen aquí, pero si todavía estamos confundidos, debemos depender más bien del contexto mayor de todo lo que se ha revelado sobre el asunto en cuestión.

Cuando yo era joven, serví como un capellán militar. Siempre que nuestra unidad recibía órdenes para entrar en combate, algunos de los soldados sentían descubrían que eran objetores de consciencia y no podían tomar las armas. Sus afirmaciones siempre se trataban con respeto, y entre otras cosas eran enviados a hablar con el capellán a buscar su ayuda para establecer su caso, si realmente tenían uno. En tales casos yo les preguntaba si habían hecho algo que podría ser citado como evidencia de su creencia nuevamente profesada. Ninguno jamás podía hacerlo. La segunda pregunta que les hacía era si había alguna base religiosa para sus objeciones a su nueva profesión militar. La única respuesta a esta pregunta que puedo recordar es que Dios mandó a Moisés, diciendo, “No matarás” (Éxodo 20:13).

Sin entrar en detalles sobre todas las conversaciones que he tenido con estos hombres jóvenes, noto que sin excepción estaban sorprendidos al aprender que la palabra traducida como matar en este texto viene de la palabra hebrea para asesinato. Estaban sorprendidos al aprender que el castigo por el asesinato en los días de Moisés era la muerte. Estaban igualmente sorprendidos al aprender que Moisés mismo era un gran general que repetidas veces guió al ejército de Israel para pelear contra sus enemigos y que mataban en cantidades asombrosas.

El punto aquí es que este es el contexto mayor para el sexto mandamiento. Lo pone en un contexto completamente diferente de lo que estos jóvenes habían entendido anteriormente.

Equilibrar los principios correctos

Nuestro quinto principio tiene que ver con el balance necesario entre los principios del evangelio. Los principios correctos a menudo se encuentran en conflicto. Podemos notar esta dificultad desde Edén. Dios deliberadamente puso a Adán y a Eva en una posición en donde estaban entre mandamientos en conflicto. Se les había mandado multiplicarse y henchir la tierra, algo que no podían hacer sin participar del árbol del conocimiento del bien y el mal, cosa que se les había mandado no hacer. Su situación requería que tomaran una decisión y luego aceptaran sus consecuencias. Sabia y prudentemente escogieron guardar el mayor de los dos mandamientos de tener hijos, lo cual requería que tomaran del árbol del conocimiento del bien y el mal. Nos referimos a este evento como la transgresión de Adán, no como el pecado de Adán. Una trasgresión implica el rompimiento de una ley. El pecado, en cambio, es una desobediencia voluntariosa. En este caso no hubo pecado sino una ley transgredida. Las consecuencias de esta trasgresión, que se conoce como la Caída, crearon la necesidad de Cristo y Su Expiación.

Quiero destacar en el contexto de nuestra discusión que a veces —de hecho más a menudo de lo que nos gustaría— los principios correctos están en conflicto el uno con el otro. Al igual que Adán y Eva, a menudo nos enfrentamos con mandamientos contradictorios. Como ellos, nosotros también debemos de hacer una decisión en cuanto a lo que es más importante y lo que no es, y, tal como nuestros primeros padres, nosotros también debemos aceptar las consecuencias de estas decisiones.

Consideren las siguientes ilustraciones. Por un lado, queremos ser honestos; por el otro lado, no queremos ser hirientes o insensibles. Ambos deseos son virtudes, pero cualquier virtud exagerada llega a ser un vicio. Se nos os enseña a ser comprensivos y misericordiosos, mas como sabe cualquier buen obispo, la misericordia no puede negar la justicia. Si se negara la justicia, se destruiría la responsabilidad personal, la doctrina del arrepentimiento y finalmente todo el plan de la salvación.

Existe la letra de la ley y también el espíritu de la ley, y hay un tiempo y un lugar para que cada cual asuma el escenario central. Así que hay un balance que debemos mantener entre los principios del evangelio. No podemos permitir que la doctrina de la gracia, por maravillosa que sea, se convierta en un matón para perseguir todos los otros principios del evangelio fuera de la capilla. No podemos enamorarnos de un principio tanto que empiece a eclipsar los demás. El mundo está lleno de ejemplos de esta clase de motín doctrinal donde el barco de la fe se ha controlado por un principio y los otros o están esclavizados o tienen que abandonar el barco.

Hay que recordar que ningún principio permanece correcto cuando se usa incorrectamente. Cualquier principio que se aísla del cuerpo de los principios se corrompe en su aislamiento. Lo que pasa a menudo es que se nos invita a dar una lección sobre un principio particular. Lo aislamos de sus principios que son sus compañeros para el estudio. Entonces hacemos un trabajo tan completo de explicar su importancia que cuando terminamos, se ha inflado hasta que ya no cabe con los otros principios, y éstos tienen que ser desalojados para darle espacio. La receta de los principios del evangelio no permite la omisión de un ingrediente para sustituirse con una doble dosis de otro. Todos los principios, correctamente comprendidos, deben permanecer en su relación correcta con todos los demás principios del evangelio.

Esta vida está llena de decisiones, y aún la mejor decisión trae sus consecuencias. De hecho, las mejores decisiones generalmente cuestan mucho. No vinimos a esta tierra para ver cuántas dificultades podíamos evitar o por cuánto tiempo podíamos descansar en la sombra, sino que vinimos para ver si escogíamos permanecer en la luz y trabajar con energía en la causa de la verdad.

Usen comentarios y el sentido común

El sexto principio del estudio de escritura es buscar libremente la ayuda de fuentes que excedan  conocimiento de uno sobre cualquier asunto particular. Nosotros tenemos una cantidad de ayudas excelentes en las últimas ediciones de las escrituras de la Iglesia. Los encabezamientos de los capítulos no solamente dan un resumen conciso del contenido del capítulo sino que también a menudo contienen una explicación y comentarios. Las notas al pie también pueden ayudar pero no se debe suponer que ellas mismas son escritura. En la edición de inglés de la Iglesia, la Guía Temática, El Diccionario Bíblico, La Traducción de José Smith y los mapas también son un gran recurso. Los comentarios seculares ayudan con asuntos acerca de la historia y la geografía. En aspectos doctrinales la ayuda que dan es muy limitada. En cuanto a los comentarios de los Santos de los Últimos Días, nadie va a tener la razón siempre, pero esto no quiere decir que no puedan ayudar en algunas cosas.

Se ha dicho con frecuencia que el mejor comentario sobre las escrituras son las escrituras mismas. Seguramente este es el caso pero no se trata de usar un versículo para interpretar otro versículo; es ver que el Antiguo Testamento es un comentario maravilloso sobre el Nuevo Testamento y que el Nuevo Testamento es igualmente importante para descubrir o entender el Antiguo Testamento. Además, no es suficiente que nosotros como Santos de los Últimos Días veamos el Libro de Mormón como “Otro Testamento de Jesucristo”; debemos también reconocer que es una clave con que nosotros descubrimos el significado verdadero del Antiguo y Nuevo Testamento. Es el palo de José del que habló Ezequiel que iba a llegar a ser uno con el palo de Judá para el propósito de recoger un Israel esparcido (véase Ezequiel 37:19).

Por lo que José de Egipto dijo: “Por lo tanto, el fruto de tus lomos escribirá, [y hablaba a los de su propia simiente]; y el fruto de los lomos de Judá escribirá; y lo que escriba el fruto de tus lomos, y también lo que escriba el fruto de los lomos de Judá, crecerán juntamente para confundir las falsas doctrinas, y poner fin a las contenciones, y establecer la paz entre los del fruto de tus lomos, y llevarlos al conocimiento de sus padres en los postreros días, y también al conocimiento de mis convenios, dice el Señor” (2 Nefi 3:12; Traducción de José Smith, Génesis 50:31).

El caso aquí es que el mensaje de los dos libros es el mismo. Si los entendemos correctamente, ellos están enseñando los mismos principios, testificando del mismo Dios y guiándonos hacia el mismo fin. El Libro de Mormón restaura nuestra comprensión de las cosas “claras y preciosas” que se perdieron o se tomaron de los manuscritos de la Biblia antes de imprimirse en forma de libro. Ningún libro de las escrituras se ve amenazado por otro. Aunque sean diferentes en detalles, los Evangelios testifican el uno del otro. Así sucede con los que llamamos textos canónicos. No son rivales, sino compañeros.

Yo he escuchado muchas cosas negativas acerca de los comentarios. Recuerden que muchas de las escrituras, si no la mayoría, son comentarios acerca de otras escrituras. Cualquier cosa escrita o dicha acerca del evangelio es un comentario sobre el evangelio, aún la declaración que no debemos usar los comentarios es un comentario.

También cabe notar que hay pocas cosas más importantes para comprender las escrituras que el sentido común. Ningún pasaje de escritura puede resistir la mala comprensión y ningún texto de escritura ha resistido el mal uso. Las causas malas y la mala política a menudo se sostienen con citas de las escrituras. Los argumentos de las escrituras se explotaron en la época de Jesucristo para rechazarle a Él. Para aquellos que buscaban Su muerte, Cristo dijo:

      Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas [o sea, las escrituras] son las que dan testimonio de mí;
      y no queréis venir a mí para que tengáis vida. 
      Gloria de los hombres no recibo.
      Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros.
      Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis. 

      ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?
      No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza.
      Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.
      Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras? (Juan 5:39–47)

En cuanto a la tergiversación ingeniosa de la escrituras, la gran clave es declarar lo figurativo como algo literal y lo literal como algo figurativo. Al hacer esto, uno puede profesar amor por la escritura al mismo tiempo que pone al revés su significado.

En el libro de Moisés leemos que Adán fue creado con el “polvo” de la tierra (véase Moisés 3:7). Algunos dirían que el primer hombre fue hecho de barro. Sin embargo, el mismo texto dice que tú y yo hemos “nacido en el mundo mediante el agua, y la sangre, y el espíritu” que Dios había hecho “y así del polvo habéis llegado a ser alma viviente” (Moisés 6:59). El mismo autor que usó “polvo” para describir el nacimiento de Adán lo usa también para describir tu nacimiento y el mío.

En este contexto leemos que Eva fue creada de la costilla de Adán (véase Moisés 3:21–22). El texto no se preocupa por informarnos que esto es figurativo, que es una metáfora para enseñar que el puesto de la mujer es al costado del hombre. La escritura no nos dice esto. Debemos deducirlo. Nuestro entendimiento viene de la “doctrina del sentido común.” Las niñas no se hacen de azúcar y especies [sugar and spice, de un poema muy conocido en inglés], ni tampoco se crean de la costilla de su marido. Hay algunas cosas que tenemos que comprender por nuestra propia cuenta.

Cuando estudiamos álgebra, aprendimos que podíamos tomar lo conocido y usarlo para solucionar la incógnita. Podemos hacer lo mismo con los principios del evangelio. Si, por ejemplo, sabemos que un pueblo tenía el Sacerdocio de Melquisedec, entonces sabemos que también tenían el don del Espíritu Santo porque es el Sacerdocio de Melquisedec que otorga este don.

Algunos de mis estudiantes me han pedido pruebas de que el principio del matrimonio eterno se practicaba en los tiempos del Antiguo Testamento. ¿No es razonable deducir que si recibimos la autoridad de efectuar el matrimonio eterno de Abraham o de alguien de su dispensación, dicha autoridad debe haber existido en aquella dispensación? De igual manera, podríamos deducir que si el bautismo es una ordenanza del Sacerdocio Aarónico, entonces un pueblo teniendo el Sacerdocio Aarónico también tendría la ordenanza del bautismo.

El conocimiento que Dios es eterno y que los principios salvadores que vienen de Él son absolutos abre las escrituras a nuestra comprensión una y otra vez. Sirve para desafiar, por ejemplo, la idea que había un plan de salvación para el pueblo de la época del Antiguo Testamento y hay otro plan de salvación para el pueblo de la época del Nuevo Testamento y todavía hay otro para la gente viviendo en la época actual. Seguramente descarta la idea que no había ninguna Iglesia de Cristo antes de la época del Nuevo Testamento.

Aplicar las a nosotros mismos (véase 1 Nefi 19:24)

El séptimo y último principio que quiero sugerirles para enriquecer su estudio de las escrituras es el de aplicar las escrituras a ustedes mismos (1 Nefi 19:23–24). En varias revelaciones de Doctrina y Convenios el Señor dice, “Lo que digo a uno lo digo a todos” (DyC 93:49). Por ejemplo, Doctrina y Convenios 25 contiene una revelación a Emma Smith donde Él le llama “una dama elegida” (v. 3). Ella recibe la instrucción específica de seleccionar himnos para el uso de la Iglesia joven y luego recibe unos consejos generales. En la conclusión de esta revelación, el Señor dice, “Y de cierto, de cierto te digo, que ésta es mi voz a todos” (DyC 25:16). Por lo tanto, cada miembro de la Iglesia tiene un derecho igual para esta revelación. Pertenece tanto a nosotros como a Emma.

La comprensión de este principio requiere un poco del sentido común del cual hemos hablado. El Señor no quería que cada miembro recopilara un himnario, sino que todos debemos evitar la tentación de murmurar acerca de nuestra suerte, que debemos buscar la ayuda del Espíritu Santo en nuestro conocimiento y que debemos dejar a un lado las cosas de este mundo para buscar las cosas de un mundo mejor, tal como se le mandó a Emma. Al hacerlo, tenemos la misma promesa que tuvo Emma: recibiremos una “corona de justicia” con todas las bendiciones que la acompañan.

De igual manera, el Señor dio una revelación a José Smith, padre. Es una revelación acerca del servicio, y se encuentra en la cuarta sección de Doctrina y Convenios. Los misioneros la citan frecuentemente cuando se reúnen, pero la revelación realmente pertenece a todos nosotros. Es nuestra puesto que los principios que contiene se aplican a nosotros exactamente de la misma manera que se aplicaron a José Smith, padre. Así es como tomamos la tela de las escrituras y la adaptamos para conformarla a nuestras circunstancias. Lo hacemos con integridad, tomando los principios eternos y dejándole a la persona a quien la revelación iba dirigida originalmente las promesas que eran para él o ella.

Conclusión

Esto nos lleva al punto de partida. Sirve para unir nuestros siete principios. Empezamos con la idea de que las escrituras, es decir la revelación, realmente es revelación cuando la acompaña el espíritu de la revelación.

José Smith y Oliver Cowdery nos dan un ejemplo notable de este principio. Después de que Juan el Bautista restauró el Sacerdocio Aarónico a ellos, se bautizaron y el Espíritu Santo se les confirió sobre ellos, José Smith dijo, “Encontrándose ahora iluminadas nuestras mentes, empezamos a comprender las Escrituras, y nos fue revelado el verdadero significado e intención de sus pasajes más misteriosos de una manera que hasta entonces no habíamos logrado, ni siquiera pensado” (José Smith–Historia 1:74; énfasis agregado).

Agregamos a esto un segundo principio, la idea de que los principios del evangelio son eternamente los mismos. Toda escritura viene de la misma fuente, tiene el mismo propósito y enseña la misma doctrina. El evangelio de Jesucristo jamás ha evolucionado. No está sujeto al cambio; es absoluto y eterno. La doctrina por medio de la cual Adán y Eva encontraron la salvación es una y la misma con la doctrina por la que cada uno de sus hijos por todas las generaciones del tiempo encontrará la salvación. Se centrará sobre el mismo Salvador, la misma Expiación y la obediencia a las mismas leyes y ordenanzas, y requerirá el mismo sacerdocio.

Tal como hay solamente un Salvador, así también hay sólo un evangelio. Cuando el Cristo resucitado visitó el pueblo del Nuevo Mundo, lo hizo tal como lo había hecho en el Antiguo Testamento. Fue a Su templo, llamó y ordenó a doce hombres para ser testigos especiales de Su nombre y enseñó el mismo evangelio que había enseñado a los de Su propia nación. El evangelio y sus convenios y promesas permanecen sempiternamente iguales. No había un evangelio para los pioneros y otro para nosotros, o uno para los apóstoles y profetas y otro para el resto de la Iglesia. Solamente tenemos un evangelio tal como sólo tenemos un Salvador. Cada uno de nosotros hace los mismos convenios y cada uno recibe la misma promesa de bendiciones. En este contexto, las promesas en las revelaciones son nuestras; se nos dieron a nosotros también, y podemos colocar nuestros nombres dentro de ellas.

Nuestro tercer principio ha sido de buscar conocimiento por el estudio y la fe. Debe ser obvio que la única manera en la que podemos verdaderamente aprender acerca de la fe es ejercerla. La idea que debemos buscar conocimiento tanto por el estudio como por fe sugiere que la fe no nos requiere que dejemos nuestras mentes en la puerta cuando asistimos a la clase de la Escuela Dominical o cuando tratamos de aprender más acerca del evangelio. Sugiere, no obstante, que sería un evangelio pequeño si no alcanzara más allá de los límites de nuestro entendimiento y el conocimiento que hemos acumulado. La misma revelación que nos dice que debemos buscar el conocimiento por la fe también nos dice que Dios, no la naturaleza, es el autor de todas las leyes. Esta revelación declara que todas la ley, la luz y la vida vienen de Dios y que Él está encima de todos ellos. Él es su hacedor, no su compañero.

Nuestro cuarto principio notó que todo tiene su debido contexto. Todos los principios del evangelio tienen un contexto inmediato y un contexto más general que es la plenitud del evangelio. Ningún principio del evangelio tiene el propósito de existir solo. El aislamiento de cualquier principio de la congregación de principios del evangelio es una perversión de dicho principio. El evangelio no consiste de la gracia sola, el amor solo, la fe sola o de cualquier principio solo. Los principios del evangelio se sostienen el uno al otro.

Por eso escogimos como nuestro quinto principio el balance necesario entre los principios del evangelio. La ignorancia no puede nutrir la fe, ni tampoco puede el intelecto sustituirse por ella. La Biblia permanece un libro sellado a los que adoran en el altar de su propio intelecto. Su significado y propósito también se pierden entre los que reducen su mensaje a algunas frases que ellos citan incesantemente para justificar su entendimiento superficial y la rapidez con que adoptan lo que no tiene ningún lugar en la casa de la fe.

Nuestro sexto principio promueve la búsqueda de la sabiduría y la ayuda de todas las fuentes que nos conducen a un entendimiento mayor. Ninguna fuente excedería en autoridad la voz del profeta viviente; de hecho, la voz unida de todos los profetas del pasado nos insta a que escuchemos al profeta viviente.

Observamos en nuestro séptimo y último principio que buscamos el mismo destino que los fieles de épocas anteriores, y de ahí el camino que marcaron en sus escrituras es de gran valor para nosotros. Para que nos ayude, debemos alinear el mapa que nos han dado con los mismos principios que ellos conocían y leerlo con el mismo Espíritu que ellos conocían.

Cada vez que alguien interpreta un pasaje de las escrituras, recibimos una medida de su sentido común y de su integridad espiritual. Lo que ustedes hacen con las escrituras, incluyendo el no leerlas, es una manera muy eficaz por la cual el Señor toma medidas de las almas. Que cada uno de nosotros podamos darle una buena medida es mi ruego.