¿ En Quién Confiamos?

POSTED BY: holzapfel

10/05/10


Hace unos años, un colega mío y yo almorzamos con dos teólogos prominentes. Esa no fue nuestra primera reunión ya que nos habíamos reunido dos años antes y tuvimos una plática deleitable acerca de Jesucristo, de la centralidad de su Expiación, de los poderes edificantes y liberadores de su gracia y de la forma en que nuestro discipulado se debe vivir a diario. En esa reunión inicial no hubo defensas, ni pretensiones, ningún esfuerzo por derrotar al otro o probar que se está equivocado. En lugar de eso, hubo un simple intercambio de puntos de vista, se reconocieron nuestras diferencias y un espíritu de regocijo al hablar de las características de la doctrina de Cristo en las cuales estábamos de acuerdo; un aleccionador espíritu de gratitud por las bendiciones incomparables que fluyen de la vida y la muerte del Redentor y por su poder transformador.

Ahora, dos años después, comenzamos donde habíamos terminado antes, casi como si no hubiera pasado el tiempo. Se mencionaron muchas cosas, se hicieron diagramas en las servilletas, y se efectuó un libre intercambio de ideas. Hacia el fin de la reunión, uno de nuestros amigos se dirigió a mí y dijo: “Muy bien, Bob, hay algo que te quiero preguntar a fin de poder determinar en qué crees realmente.” Y continuó: “Estás delante del tribunal del Todopoderoso y Dios te pregunta: ‘Robert Millet, ¿qué derechos tienes para entrar al cielo? ¿por qué te debo dejar entrar?’” Ese no era el tipo de pregunta que esperaba. (Yo había asumido que preguntaría algo más teórico. Esa pregunta era conmovedora, práctica, penetrante y personal.) Durante treinta segundos, hice lo posible por imaginarme la escena, revisé mi alma y traté de ser tan claro y sincero como fuera posible. Pero, antes de que indique lo que exactamente dije, quisiera que nos adelantáramos veinticuatro horas en el tiempo.

Al día siguiente hablé a un grupo de adultos solteros Santos de los Últimos Días que procedían de toda Nueva Inglaterra y que se reunieron para una conferencia en el MIT en Boston. Mi tema era “La Esperanza en Cristo.” Cuando iba como a dos tercios de mi discurso, sentí que sería apropiado compartir nuestra experiencia del día anterior. Les planteé a los jóvenes la misma pregunta que se me había hecho. Hubo un silencio notable en la sala, como evidencia de una tranquila meditación en una pregunta singularmente significativa. Les permití que pensaran un minuto y luego me dirigí a una señorita de la primera fila y dije: “Hablemos ahora de la forma en que responderíamos. Quizás le podría decir a Dios lo siguiente: ‘Bueno, debo entrar al cielo porque fui bautizado en la Iglesia, hice una misión de tiempo completo, me casé en el templo, asisto regularmente a los servicios de adoración, leo las escrituras a diario, hago oración en las mañanas y en las noches. . . .’” En ese punto la joven me interrumpió con estas palabras: ” Espere. . . Espere. . . no me siento bien con su respuesta. Suena como si estuviera leyéndole su curriculum vitae a Dios.”

Se alzaron varias manos. Uno de los jóvenes exclamó: “¿Cómo respondió usted la pregunta? ¡Díganos lo que usted dijo!” Me acordé de lo que pasó el día anterior y recordé los sentimientos que bullían en mi corazón y les dije a los adultos solteros lo que contesté: Miré a los ojos a mi amigo y le respondí: “Le diría a Dios: Reclamo el derecho de entrar al cielo por mi total confianza y dependencia en los méritos y en la misericordia y en la gracia del Señor Jesucristo.” El interrogador me contempló como por diez segundos, sonrió gentilmente y dijo: “Bob, esa es la respuesta correcta a la pregunta.”

Obviamente, son necesarias las buenas obras de una persona en el sentido de que muestran en qué nos estamos convirtiendo mediante los poderes del evangelio de Jesucristo; manifiestan qué y quienes somos. Pero también reconozco que nunca habrá de mi parte, las suficientes buenas obras —oraciones, himnos, actos caritativos, contribuciones financieras, o miles de horas de servicio en la Iglesia— para salvarme. La obra de la salvación requiere el trabajo de un Dios. Un hombre sin ayuda está y estará para siempre perdido, caído, y sin salvar. Es solamente mediante la fuerza del Señor que podemos encarar los desafíos de la vida, manejar los dilemas de la vida, enfrentar las contradicciones de la vida, soportar las pruebas de la vida y eventualmente, vencer al enemigo de la vida; la muerte.


Antes de Nueva York

POSTED BY: holzapfel

09/15/09


La revista National Geographic de este més presenta un artículo fascinante escrito por Peter Miller (“Antes de Nueva York: Redescubriendo la Tierra Virgen de 1609,” págs. 122-137). El artículo abre una ventana al pasado; cuando los primeros colonizadores europeos empezaron a explorar y poblar la isla de Manhattan. Robert Clark presenta unas fotografías impresionantes, y Markley Boyer y Philip Staub agregan unas ilustraciones importantes para recrear el paisaje natural de Manhattan antes de que cambiara para siempre. Ciertamente los pueblos nativos dejaron sus huellas en la tierra al interactuar con la flora y la fauna, pero los colonos europeos impactaron la tierra de maneras profundas.

Para mi próxima visita a la Gran Manzana, voy a poner este artículo en mi mochila para poder sacarlo mientras camino por la ciudad a fin de ver mas allá del concreto y el asfalto, hacia un mundo que alguna vez existió en ese mismo punto geográfico. Voy a imaginarme a Nueva York como era antes de que Henry Hudson llegara en 1609 , para buscar indicios de ese tiempo y lugar.

La colonización de gran parte del Estado de Nueva York fue una época fundamental en la historia de los Estados Unidos; pues fue testigo de la formación de una nueva nación (1776-1786), de los resurgimientos religiosos conocidos como El Segundo Gran Despertar (1816-1826), y de la restauración de la Iglesia de Jesucristo (1820-1830).

LA ARBOLEDA SAGRADA

El fin de semana pasado invité a un pequeño grupo de BYU, a visitar el estado de Nueva York para revivir un punto específico en la historia de la Iglesia: la mañana de la primavera de 1820 cuando José Smith vio al Padre y al Hijo en la Arboleda Sagrada. En compañia de Kent P. Jackson, el decano asociado de Educación Religiosa, y de Brent Nordgren, el gerente de producción del Centro de Estudios Religiosos, invitamos a Larry C. Porter, profesor emérito de la Historia de la Iglesia; a Donald L.. Enders, el conservador principal de los sitios históricos ; y a Robert F. Parrot, el gerente de la Arboleda Sagrada, a que comentáramos la historia y el significado de la Arboleda Sagrada. Durante nuestro viaje de dos días, nos imaginamos esa importante mañana cuando José Smith caminó desde la casa de troncos de su familia hacia un lugar en los bosques cercanos para orar. A diferencia de la ciudad de Nueva York, la Arboleda Sagrada se encuentra más cerca a las condiciones en que estaba cuando José Smith se arrodilló a orar. El relato de los esfuerzos para conservar la arboleda se darán a conocer en un artículo del Educador Religioso en base a las entrevistas efectuadas este fin de semana pasado.

Aunque se desconoce el sitio exacto donde José se arrodilló a orar, los bosques cercanos a la casa de los Smith nos recuerdan ese acontecimiento y nos permiten conectarnos al pasado. Los visitantes a la arboleda, caminan por donde el joven José trabajó y oró. Tales exploraciones nos ayudan a colocar los diarios, las cartas, y las historias del pasado en un contexto del mundo real, permitiéndonos apreciar el relato de manera mas completa.

La foto de la Arboleda Sagrada fue tomada por Brent Nordgren


Buscad conocimiento

POSTED BY: holzapfel

07/13/09


Los Santos de los Últimos Días tienen muy presente una frase de las revelaciones modernas, “buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (Doctrina y Convenios 88:118). Desde el inicio de la Restauración, en la década de los 1820, un tema común en la búsqueda religiosa de José Smith fue la de buscar conocimiento, luz y entendimiento. Cuando él entró en una arboleda, cerca de su casa, para orar en la primavera de 1820, José Smith fue impulsado por su confianza en la promesa bíblica, que se encuentra en Santiago 1:5, de que podía encontrar sabiduría si la buscaba. Esta oración tuvo como resultado la Primera Visión, en la que José vio al Padre y al Hijo, comenzando así un amanecer espiritual inesperado para los hombres y las mujeres contemporáneos de José, aunque anticipado por los profetas y apóstoles de antaño (véase Hechos 3:20-21).

Las verdades del Evangelio continuaron revelándose por medio del joven profeta a medida que él buscó personalmente sabiduría de Dios. Interesantemente, José Smith no sólo oró para adquirir tal sabiduría, sino que también estudió la palabra de Dios y los idiomas del mundo bíblico (por ejemplo, el hebreo y el egipcio), poniendo en práctica el mandato de buscar “conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”. Su ejemplo en este doble esfuerzo estableció un modelo para los Santos de los últimos Días que continúa siendo un desafío para nosotros en la actualidad.

Recientemente, ha surgido una explosión de libros de auto ayuda para “tontos”, o libros para facilitar las cosas. Con menos tiempo en un mundo ajetreado, a menudo buscamos una solución rápida a nuestros problemas, aun cuando se trate del estudio de las escrituras. Sin embargo, cuando se apliquen a la escrituras, estos esfuerzos, aunque populares y bien intencionados, tal vez no eleven el entendimiento de una persona del tema. Mi colega Robert J. Millet opinó hace algún tiempo que necesitamos que las escrituras sean entendibles, no fáciles. Yo no creo que él estuviera jugando semánticamente, sino que estaba identificando una importante diferencia entre los dos enfoques.

Afortunadamente, Joseph Fielding McConkie, profesor emérito de escritura antigua en BYU, nos ayuda a que las escrituras sean más comprensibles, con su último libro Between the Lines: Unlocking Scriptures with Timeless Principles [Entre renglones: Destrabando las Escrituras con Principios Eternos] (Honeoye Falls, NY: Digital Legend, 2009).

Lo que más me gusta de este libro es que me obligó a pensar en cómo leemos y estudiamos las escrituras. A veces, a fin de centrar nuestros pensamientos, es importante considerar cómo y por qué hacemos algo rutinario como leer las escrituras. McConkie no está interesado en los “procedimientos”, tales como qué color de lápices utilizar para marcar las escrituras, o incluso si se deben marcar las escrituras. Su meta es la de realzar nuestro estudio proporcionando “principios eternos que facilitan una comprensión sólida de las escrituras” (viii).

El libro contiene más que sólo ideas sobre el entendimiento de las escrituras. También hay sugerencias concretas. Por ejemplo, el autor sugiere que aprovechemos “diversas Biblias de estudio” (29). Él disfruta de “la ayuda de una Biblia de Estudio Arqueológico, La Biblia de Estudio Judío, La Biblia de Estudio Católico, así como una variedad de Biblias de estudio protestantes” (29) e incluso proporciona una lista breve de tales Biblias de estudio en la sección “Fuentes” (165-66).

Hay momentos graciosos a lo largo del libro, cuando el autor se divierte destacando algunas prácticas un tanto comunes, en las que nos hemos desarrollado a lo largo de los años que, de hecho, tal vez nos hayan desviado del entendimiento de las escrituras. Quizás sea sano reírnos de nosotros mismos de cuando en cuando, especialmente cuando consideramos que todos probablemente hayamos perseverado en nuestra “buena parte de abuso de las escrituras” (viii). Recomiendo este libro para todos los que deseen mejorar la calidad de su estudio y enseñanza de las escrituras.