El Heraldo de la Salvación

POSTED BY: Robert L. Millet

03/18/11


La paz, en el sentido del evangelio, es lo importante. Aunque la mayoría de los miembros de la Iglesia saben lo que es la paz, yo creo que aún no se le ha dado a la paz la importancia que merece; probablemente como pueblo no hemos apreciado por completo ¡cuan maravilloso “fruto del espíritu” (Gálatas 5: 22) es la paz y qué es una trascendente manifestación del nuevo nacimiento! La paz es un don invaluable en un mundo que está en guerra consigo mismo. Los discípulos buscan al al que es el Príncipe de Paz para recibir socorro y apoyo. Saben que la paz no es solamente una mercancía apreciada aquí y ahora sino que también es el heraldo de grandes cosas que aún deben suceder. La paz es un signo seguro que viene de Dios de que los cielos están complacidos. Al referirse a una ocasión anterior en que se le había dado el espíritu de testimonio, el Seor le preguntó a Oliver Cowdery: “¿No hablé paz a tu mente. . . . ? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios? ” (DyC 6: 23).

El pecado y el abandono del deber resultan en desunión del alma, en conflictos internos y en confusión. Por otra parte, el arrepentimiento y el perdón y nacer de nuevo traen tranquilidad y paz. Mientras que el pecado termina en desorden, el Espíritu Santo es un principio organizador que trae orden y congruencia. El mundo y lo mundano no pueden traer la paz. No pueden sosegar al alma, “Paz, paz al que está lejos y al que está cerca, dice Jehová; y lo sanaré. Pero los malvados son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz para los malvados, dice mi Dios” (Isaías 57: 19-21).

La esperanza en Cristo, que es el resultado natural de nuestra fe en Cristo que nos salva, viene por el despertar espiritual. Sentimos nuestro lugar en el familia real y somos consolados por la dulce asociación familiar. ¿Y cual es la indicación de que estamos en el curso correcto? ¿Cómo sabemos que estamos en el arnés del evangelio? “En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su espíritu” (1 Juan 4: 13; énfasis agregado). La presencia del Espíritu de Dios es el testimonio, la certeza divina de que estamos en la dirección correcta. Es el sello de Dios, su unción (ver 1 Juan 2: 20) su indicación para nosotros de que nuestras vidas están en orden. John Stott, un querido escritor cristiano ha observado: “Un sello es una marca de propiedad. . . . y el sello de Dios, con el cual nos marca como suyos y que le pertenecemos para siempre, es el Espíritu Santo mismo. El Espíritu Santo es la etiqueta de identificación del cristiano” (Authentic Christianity, página 81).

No necesitamos estar poseídos por un sello impuro o sin templanza a fin de ser salvos; solo necesitamos ser constantes y confiables. Dios es con quien hicimos convenios en el evangelio. Él es el socio que controla. Y nos hace saber, por medio de la influencia del Espíritu, que el convenio sigue intacto y que las promesas celestiales son seguras. El Salvador nos invita a aprender las lecciones eternas y reconfortantes de que “el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (DyC 59: 23). Paz. Esperanza. Certeza. Estas cosas nos llegan por virtud de la sangre expiatoria de Jesucristo y como resultado natural nuestra nueva creación. Nos sirven como un ancla para el alma, un recordatorio sólido y firme de lo que somos y de Quien somos.


Una Vida Sana y Equilibrada

POSTED BY: Robert L. Millet

03/10/11


Dios no espera que trabajemos hasta que lleguemos al agotamiento espiritual, emocional y físico, y tampoco desea que los miembros de la Iglesia sean más verdaderos que la verdad. Hay muy poca virtud en los excesos, aún en los excesos del evangelio. De hecho, si sobrepasamos los límites de lo apropiado y vamos más allá de los límites establecidos, nos exponemos a la decepción y finalmente a la destrucción. La falta de equilibrio lleva a la inestabilidad. Si Satanás no puede hacer que mintamos o robemos o fumemos o que seamos inmorales, bien pudiera ser que él causará que nuestra fuerza —nuestro celo por la bondad y la rectitud— se convierta en nuestra debilidad. El va a estimular el exceso, porque con certeza cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio.

“Los caballitos de batalla” del evangelio llevan a la falta de equilibrio; a la inestabilidad; a la distracción y a mala percepción. Son peligrosos y debemos evitarlos como lo haríamos con cualquier otro pecado. El Presidente José Fielding Smith dijo: “Frecuentemente miramos a nuestro derredor y vemos a personas que se inclinan a ser extremosas, que son fanáticas. Podemos estar seguros de que esta clase de personas no entienden el evangelio. Han olvidado, si acaso una vez lo supieron, que es muy imprudente tomar un fragmento de la verdad y tratarlo como si constituyera el todo” (Doctrina del Evangelio, página 117). Montar un caballito de batalla es participar en el fanatismo y perpetuarlo. En otra ocasión, el presidente Smith enseó: “Hermanos y hermanas, no tengáis vuestro “caballito de batalla”. Dar precedencia a un tema es peligroso en la Iglesia de Cristo, peligroso porque se da prominencia indebida a ciertos principios o ideas, con lo que se deslustran y menoscaban otros igualmente importantes, igualmente obligatorios, con igual poder para salvar que las doctrinas y mandamientos favorecidos.

“Esta predilección da un aspecto falso del evangelio del Redentor a quienes la apoyan; tergiversan sus principios y enseanzas y los hace discordantes. Este punto de vista es innatural. Todo principio y práctica revelados de Dios son esenciales para la salvación del hombre, y el anteponer indebidamente uno de ellos, escondiendo y opacando todos los demás, es imprudente y peligroso; amenaza nuestra salvación porque obscurece nuestra mente y ofusca nuestro entendimiento. . . .

“Hemos notado esta dificultad: que los miembros que tienen que tienen una doctrina predilecta tienden a juzgar y a condenar a sus hermanos y hermanas que no son tan celosos como ellos en ese derrotero particular de su teoría favorita. . . . Esta dificultad tiene otro aspecto: el hombre que tiene su teoría predilecta está propenso a asumir la posición de que soy “más justo que tú“, y llegar a engreírse y envanecerse, y mirar con desconfianza, cuando no con sentimientos más severos, a sus hermanos y hermanas que no viven a la perfección de acuerdo con esa ley particular” (Doctrina del Evangelio páginas 112-113).

La excelencia al vivir el evangelio —el cumplir las leyes y ordenanzas establecidas de forma tranquila, consistente y paciente— da como resultado la humildad, la mayor confianza en Dios, y una aceptación más amplia de nuestro prójimo. Lo que hagamos a nombre de la bondad debe acercarnos a quienes amamos y servimos; debe volver nuestros corazones hacia la gente, en vez de hacia el prejuicio, el escarnio y el rechazo. El hombre más grandioso que haya caminado sobre la tierra, el único ser humano perfecto, vio con ternura y compasión a aquellos cuyas costumbres y acciones no eran perfectas.

Se nos ha aconsejado que nos mantengamos en la corriente principal de la Iglesia, que veamos que nuestra obediencia y fidelidad se reflejen en una vida sana y equilibrada. Aunque debemos ser verídicos, no necesitamos ser más verdaderos que la verdad. Y aunque no debemos participar de los vicios del mundo, debemos vivir en él. Aunque debemos ser “valientes en el testimonio de Jesús” (DyC 76: 79), nuestro celo no debe ser excesivo. Llegaremos con seguridad al final de nuestro viaje en el evangelio mediante un discipulado constante y dedicado —amando al Seor y confiando en Él, guardando sus mandamientos y sirviendo a sus hijos— no por medio de cruzadas de rectitud o de maratones espirituales. La conversión verdadera se manifiesta en una simplicidad estable.


¿ En Quién Confiamos?

POSTED BY: holzapfel

10/05/10


Hace unos años, un colega mío y yo almorzamos con dos teólogos prominentes. Esa no fue nuestra primera reunión ya que nos habíamos reunido dos años antes y tuvimos una plática deleitable acerca de Jesucristo, de la centralidad de su Expiación, de los poderes edificantes y liberadores de su gracia y de la forma en que nuestro discipulado se debe vivir a diario. En esa reunión inicial no hubo defensas, ni pretensiones, ningún esfuerzo por derrotar al otro o probar que se está equivocado. En lugar de eso, hubo un simple intercambio de puntos de vista, se reconocieron nuestras diferencias y un espíritu de regocijo al hablar de las características de la doctrina de Cristo en las cuales estábamos de acuerdo; un aleccionador espíritu de gratitud por las bendiciones incomparables que fluyen de la vida y la muerte del Redentor y por su poder transformador.

Ahora, dos años después, comenzamos donde habíamos terminado antes, casi como si no hubiera pasado el tiempo. Se mencionaron muchas cosas, se hicieron diagramas en las servilletas, y se efectuó un libre intercambio de ideas. Hacia el fin de la reunión, uno de nuestros amigos se dirigió a mí y dijo: “Muy bien, Bob, hay algo que te quiero preguntar a fin de poder determinar en qué crees realmente.” Y continuó: “Estás delante del tribunal del Todopoderoso y Dios te pregunta: ‘Robert Millet, ¿qué derechos tienes para entrar al cielo? ¿por qué te debo dejar entrar?’” Ese no era el tipo de pregunta que esperaba. (Yo había asumido que preguntaría algo más teórico. Esa pregunta era conmovedora, práctica, penetrante y personal.) Durante treinta segundos, hice lo posible por imaginarme la escena, revisé mi alma y traté de ser tan claro y sincero como fuera posible. Pero, antes de que indique lo que exactamente dije, quisiera que nos adelantáramos veinticuatro horas en el tiempo.

Al día siguiente hablé a un grupo de adultos solteros Santos de los Últimos Días que procedían de toda Nueva Inglaterra y que se reunieron para una conferencia en el MIT en Boston. Mi tema era “La Esperanza en Cristo.” Cuando iba como a dos tercios de mi discurso, sentí que sería apropiado compartir nuestra experiencia del día anterior. Les planteé a los jóvenes la misma pregunta que se me había hecho. Hubo un silencio notable en la sala, como evidencia de una tranquila meditación en una pregunta singularmente significativa. Les permití que pensaran un minuto y luego me dirigí a una señorita de la primera fila y dije: “Hablemos ahora de la forma en que responderíamos. Quizás le podría decir a Dios lo siguiente: ‘Bueno, debo entrar al cielo porque fui bautizado en la Iglesia, hice una misión de tiempo completo, me casé en el templo, asisto regularmente a los servicios de adoración, leo las escrituras a diario, hago oración en las mañanas y en las noches. . . .’” En ese punto la joven me interrumpió con estas palabras: ” Espere. . . Espere. . . no me siento bien con su respuesta. Suena como si estuviera leyéndole su curriculum vitae a Dios.”

Se alzaron varias manos. Uno de los jóvenes exclamó: “¿Cómo respondió usted la pregunta? ¡Díganos lo que usted dijo!” Me acordé de lo que pasó el día anterior y recordé los sentimientos que bullían en mi corazón y les dije a los adultos solteros lo que contesté: Miré a los ojos a mi amigo y le respondí: “Le diría a Dios: Reclamo el derecho de entrar al cielo por mi total confianza y dependencia en los méritos y en la misericordia y en la gracia del Señor Jesucristo.” El interrogador me contempló como por diez segundos, sonrió gentilmente y dijo: “Bob, esa es la respuesta correcta a la pregunta.”

Obviamente, son necesarias las buenas obras de una persona en el sentido de que muestran en qué nos estamos convirtiendo mediante los poderes del evangelio de Jesucristo; manifiestan qué y quienes somos. Pero también reconozco que nunca habrá de mi parte, las suficientes buenas obras —oraciones, himnos, actos caritativos, contribuciones financieras, o miles de horas de servicio en la Iglesia— para salvarme. La obra de la salvación requiere el trabajo de un Dios. Un hombre sin ayuda está y estará para siempre perdido, caído, y sin salvar. Es solamente mediante la fuerza del Señor que podemos encarar los desafíos de la vida, manejar los dilemas de la vida, enfrentar las contradicciones de la vida, soportar las pruebas de la vida y eventualmente, vencer al enemigo de la vida; la muerte.


Antes de Nueva York

POSTED BY: holzapfel

09/15/09


La revista National Geographic de este més presenta un artículo fascinante escrito por Peter Miller (“Antes de Nueva York: Redescubriendo la Tierra Virgen de 1609,” págs. 122-137). El artículo abre una ventana al pasado; cuando los primeros colonizadores europeos empezaron a explorar y poblar la isla de Manhattan. Robert Clark presenta unas fotografías impresionantes, y Markley Boyer y Philip Staub agregan unas ilustraciones importantes para recrear el paisaje natural de Manhattan antes de que cambiara para siempre. Ciertamente los pueblos nativos dejaron sus huellas en la tierra al interactuar con la flora y la fauna, pero los colonos europeos impactaron la tierra de maneras profundas.

Para mi próxima visita a la Gran Manzana, voy a poner este artículo en mi mochila para poder sacarlo mientras camino por la ciudad a fin de ver mas allá del concreto y el asfalto, hacia un mundo que alguna vez existió en ese mismo punto geográfico. Voy a imaginarme a Nueva York como era antes de que Henry Hudson llegara en 1609 , para buscar indicios de ese tiempo y lugar.

La colonización de gran parte del Estado de Nueva York fue una época fundamental en la historia de los Estados Unidos; pues fue testigo de la formación de una nueva nación (1776-1786), de los resurgimientos religiosos conocidos como El Segundo Gran Despertar (1816-1826), y de la restauración de la Iglesia de Jesucristo (1820-1830).

LA ARBOLEDA SAGRADA

El fin de semana pasado invité a un pequeño grupo de BYU, a visitar el estado de Nueva York para revivir un punto específico en la historia de la Iglesia: la mañana de la primavera de 1820 cuando José Smith vio al Padre y al Hijo en la Arboleda Sagrada. En compañia de Kent P. Jackson, el decano asociado de Educación Religiosa, y de Brent Nordgren, el gerente de producción del Centro de Estudios Religiosos, invitamos a Larry C. Porter, profesor emérito de la Historia de la Iglesia; a Donald L.. Enders, el conservador principal de los sitios históricos ; y a Robert F. Parrot, el gerente de la Arboleda Sagrada, a que comentáramos la historia y el significado de la Arboleda Sagrada. Durante nuestro viaje de dos días, nos imaginamos esa importante mañana cuando José Smith caminó desde la casa de troncos de su familia hacia un lugar en los bosques cercanos para orar. A diferencia de la ciudad de Nueva York, la Arboleda Sagrada se encuentra más cerca a las condiciones en que estaba cuando José Smith se arrodilló a orar. El relato de los esfuerzos para conservar la arboleda se darán a conocer en un artículo del Educador Religioso en base a las entrevistas efectuadas este fin de semana pasado.

Aunque se desconoce el sitio exacto donde José se arrodilló a orar, los bosques cercanos a la casa de los Smith nos recuerdan ese acontecimiento y nos permiten conectarnos al pasado. Los visitantes a la arboleda, caminan por donde el joven José trabajó y oró. Tales exploraciones nos ayudan a colocar los diarios, las cartas, y las historias del pasado en un contexto del mundo real, permitiéndonos apreciar el relato de manera mas completa.

La foto de la Arboleda Sagrada fue tomada por Brent Nordgren


En la sombra de San Pedro

POSTED BY: holzapfel

07/30/09


Estoy acabando de dirigir el programa de verano de estudio en el extranjero de BYU en Roma este fin de semana, antes de continuar hacia Atenas para terminar la última semana y media del trimestre de verano.

Ha sido un mes caluroso y húmedo al intentar el Dr. Gary Hatch y yo mantenernos un día por delante de los cuarenta alumnos que nos han acompañado. Hemos visto mucho de Roma y de Italia a lo largo del mes.

Roma ha sido nuestra base operativa y, durante este trimestre escolar, hemos vivido en diferentes apartamentos ubicados en las proximidades de la Ciudad del Vaticano, la nación independiente más pequeña del mundo. De hecho, dos apartamentos de estudiantes tienen vistas directas a la Basílica de San Pedro desde las ventanas de los dormitorios.

Por supuesto, al igual que otros viajeros y turistas, visitamos los museos del Vaticano, los jardines del Vaticano, el Scavi (la necrópolis del siglo I debajo de la Basílica de San Pedro), y estuvimos dentro de la misma iglesia. Los alumnos también asistieron a una audiencia papal la primera semana. En otras ocasiones, la magnífica plaza de San Pedro servía como punto de encuentro para el grupo, antes de partir hacia algún destino de la ciudad; sin embargo, parecía que todos los días estábamos a la sombra de San Pedro, estuviéramos donde estuviéramos en la ciudad.

Aun para los que no son católicos, la Basílica de San Pedro es un lugar obligatorio de visita en Roma. La Piedad de Miguel Angel está en la iglesia, y su cúpula se levanta por encima de los demás edificios de Roma, llamando a la gente a reunirse en este singular lugar.

Según una antigua tradición, Pedro fue crucificado en el Circo de Nerón y enterrado cerca, más o menos entre los años 64 y 66. En alguna fecha relativamente temprana, quizás a mediados del siglo II, los cristianos marcaron una tumba que creían que contenía los restos de Pedro.

Posteriormente, Constantino erigió una iglesia en dicho sitio en el siglo IV. Con el tiempo, el Papa Julio II comenzó la construcción de una nueva iglesia, la actual basílica, en 1505. A partir de 1939, el Vaticano patrocinó investigaciones arqueológicas debajo de la Basílica, donde encontraron restos de la primera iglesia y algunas tumbas del siglo I.

En la actualidad, a los visitantes de la Scavi se les muestra una tumba específica, que los católicos creen que es la de San Pedro, directamente debajo del altar alto cubierto por el dosel de Bernini debajo de la magnifica cúpula de Miguel Angel. Aunque muy probablemente no sea la tumba del pescador de Galilea, hay algo especial al visitar un lugar que ha sido el centro de peregrinajes desde hace casi dos mil años; y aunque nunca sepamos exactamente lo que le pasó a Pedro (dónde, cómo y cuándo murió) hay algo que nos hace pensar en él a la sombra de la Basílica que lleva su nombre en esta asombrosa ciudad en el río Tiber.


Recordando y celebrando nuestra historia global

POSTED BY: holzapfel

07/23/09


Blog escrito por Reid L. Neilson, profesor adjunto de Historia de la Iglesia y Doctrina de BYU.

El Día de los Pioneros evoca imágenes de carretas y carretas de mano en el trayecto hacia el oeste, a Utah; sin embargo, una imagen tan miope de la historia de nuestra Iglesia oscurece los esfuerzos pioneros de los Santos de los Últimos Días alrededor del mundo. Menos mal que el historiador Andrew Jenson hizo todo lo posible para ampliar la concienciación histórica de los miembros de la Iglesia – algo que todos debemos recordar durante esta época festiva especial.

Mientras trabajaba para el Departamento Histórico de la Iglesia en Salt Lake City, Jenson fue enviado por la Primera Presidencia para realizar una gira del campo misional fuera de Norteamérica. El intrépido danés partió de Salt Lake City el 11 de mayo de 1895 y no regresó a la ciudad de los Santos hasta el 4 de junio de 1897. En el transcurso de su viaje en solitario de veinticinco meses, Jenson pasó por las siguientes islas, naciones y tierras (en orden cronológico): las Isla Hawaianas, Fiji, Tonga, Samoa, Nueva Zelanda, las Islas Cook, las Isla Sociedad, las Islas Tuamotu, Australia, Ceilán, Egipto, Siria, Palestina, Italia, Francia, Dinamarca, Noruega, Suecia, Prusia, Hannover, Sajonia, Baviera, Suiza, los Países Bajos, Inglaterra, Gales, Irlanda y Escocia. Viajó 53.820 millas [86.596 kilómetros] por agua mediante una variedad de barcos a vapor y barcas; sus viajes por tierra incluyeron trenes, carruajes, jinrikishas, caballos, burros y camellos. Jenson se convirtió en el primer Santo de los Últimos Días en visitar todas las actuales misiones SUD fuera de Norteamérica tras la evangelización de la Cuenca de Pacífico en la década de 1840.

Jenson predicó la importancia de mantener registros en sus muchos sermones y discursos de Conferencias Generales. “Si no hubiese sido por los escritores. . . que pertenecieron a la Iglesia original, ¿qué significarían para nosotros los hechos de Cristo?” Jenson, en una ocasión, les dio a los Santos de los Últimos Días el siguiente desafío: “Y si alguien no hubiera registrado estos y otras hermosas palabras de Cristo y Sus Apóstoles, ¿Qué habríamos sabido del ministerio de Cristo y de Sus Apóstoles? Tendríamos tan sólo unas vagas ideas transferidas por tradición que desorientarían más que orientarían”. En otras palabras, de no ser por los escritores e historiadores de dispensaciones pasadas, no habría historia sagrada en la forma de escritura hebrea y cristiana. Lo mismo sería una realidad en esta dispensación, enseño él a menudo, si los miembros de la Iglesia fracasaran en mantener historias personales y eclesiásticas contemporáneas. Este sentido espiritual del destino, junto con una incomparable ética de trabajo y pasión por la historia, moldeó la vida y la obra de Jenson. Sólo hace falta buscar en el catálogo de la Biblioteca de Historia de la Iglesia para ver los escritos de Jenson a fin de comprender sus obras.

He argumentado en otros lugares que la historia global SUD es la historia de la Iglesia. Los Santos de los Últimos Días deben darse cuenta de que gran parte de nuestra historia más interesante ha ocurrido en el extranjero. Debemos recordar que la “restauración” del Evangelio ocurre cada vez que se dedica un nuevo país para el proselitismo, mediante la autoridad apostólica. En otras palabras, la restauración original de Nueva York de 1830 en muchas maneras fue repetida en Gran Bretaña en 1837, en Japón en 1901, en Brasil en 1935, en Ghana en 1970, en Rusia en 1989 y en Mongolia en 1992. Los historiadores mormones deben reconducir su mirada erudita de Palmyra, Kirtland, Nauvoo y Salt Lake City hacia Tokio, Santiago, Varsovia, Johannesburgo y Nairobi. Estas ciudades internacionales y sus historias serán muy importantes para nuestra historia sagrada. Estas historias no norteamericanas necesitan contarse con mayor frecuencia y con mejor habilidad. En este sentido, Jenson fue un hombre adelantado para su época. En los últimos años del siglo XIX, el inagotable caballo de batalla de la Oficina del Historiador de la Iglesia tenía la visión y la voluntad de dedicar dos años de su vida a documentar la Iglesia global y a sus miembros. Como indica Louis Reinwand, “Jenson desempeñó un papel vital en mantener vivo el ideal de una Iglesia universal. Fue el primero en insistir en que la historia mormona incluyera a alemanes, británicos, escandinavos, tonganos, tahitianos y otros grupos nacionales y étnicos, y en que la historia de los Santos de los Últimos días debiera escribirse en varios idiomas para el beneficio de aquellos que el inglés no era su idioma nativo” (“Andrew Jenson, Latter-day Saint Historian,” BYU Studies 14, no. 1 [Autumn 1973]: 44).


El sueño de un patriota

POSTED BY: holzapfel

07/02/09


Blog escrito por Robert C Freeman, profesor de Historia de la Iglesia y Doctrina en BYU.

Que toque la banda, que se prepare la parrilla para la barbacoa y vayamos a nuestro espectáculo favorito de fuegos artificiales. Este mes, los Santos de los Últimos Días en Estados Unidos se unirán al resto del país en la celebración del nacimiento de la nación. Desde hace quince años, he colaborado en recolectar relatos de miembros de la Iglesia que han servido en las fuerzas armadas (www.saintsatwar.org).

Los Santos de los Últimos Días tienen una larga historia de patriotismo en sus respectivos países, incluyendo los Estados Unidos. Los sentimientos de lealtad a los principios de la Constitución de Estados Unidos fueron apoyados por el mismo José Smith. Él dijo, “Soy el mayor defensor de la Constitución de los Estados Unidos en toda la tierra. En mis sentimientos existe la disposición de estar siempre listo para morir en defensa de los justos derechos del débil y del oprimido. El único defecto que hallo en la Constitución es que carece de la amplitud suficiente para abarcar todo el terreno” (Enseñanzas del Profeta José Smith, comp. Joseph Fielding Smith [SLC: Deseret Book, 1976], 402, 403). La percepción del Profeta sobre la necesidad de la Constitución de ser más amplia es interesante, cuando uno considera que él murió mucho antes de que se añadieran aditamentos constitucionales tan cruciales como las enmiendas sobre los derechos civiles (trece, catorce y quince) y la enmienda número diecinueve, que otorga el derecho de voto a las mujeres.

En la actualidad, los Santos de los Últimos Días estadounidenses son más patriotas que nunca. La ciudad de Provo, Utah, donde se encuentra la Universidad Brigham Young, hace alarde de una de las celebraciones del Cuatro de Julio más importantes del país, The Freedom Festival, [El Festival de la Libertad]. Claro está que la influencia de la Iglesia abarca toda la tierra, lo cual nos induce a considerar algunas preguntas importantes, como por ejemplo, ¿qué significa patriotismo en vista de la globalidad de la Iglesia? Ciertamente tenemos la obligación de mantener una perspectiva adecuada sobre el patriotismo. Festejamos estas celebraciones porque ésta es la tierra de nuestros padres y la tierra para nuestros hijos. Abrazamos todo aquello que es bueno de nuestro país y esperamos marcar una diferencia en asuntos de libertad, tanto a nivel nacional como en el extranjero. Apoyamos los principios de libertad e igualdad donde sea que estén siendo atacados.

Hace unas décadas, durante el bicentenario de la fundación de los Estados Unidos, el presidente Spencer W. Kimball habló de las tendencias militares de la humanidad moderna: “Somos un pueblo guerrero que fácilmente se distrae de su asignación de prepararse para la venida del Señor. Cuando tenemos que enfrentarnos a un enemigo, dedicamos vastos recursos a la fabricación de los dioses de piedra y acero; barcos, aeroplanos, cohetes, fortificaciones; y de todas estas cosas dependemos para nuestra protección y liberación. Cuando nos sentimos amenazados, formamos un frente común en contra del enemigo en lugar de alinearnos en batalla en el reino de Dios. Entrenamos a un hombre en el arte de la guerra y lo tildamos de patriota, falsificando así el verdadero patriotismo al estilo de Satán, y pervirtiendo las enseñanzas del Salvador” (“Dioses falsos”, Liahona, agosto de 1977, pág. 4)

El élder Dallin H. Oaks también advirtió de otros riesgos de patriotas demasiado fanáticos cuando dijo, “El amor a la patria es ciertamente un punto fuerte, pero cuando es desmedido, puede convertirse en la causa de la ruina espiritual. Hay algunos ciudadanos cuyo patriotismo es tan intenso y excesivo que parece opacar cualquier otra responsabilidad, incluso la de la familia y la Iglesia” (“Nuestros puntos fuertes se pueden convertir en nuestra ruina”, Liahona, mayo de 1995, pág. 20).

Tales enseñanzas nos recuerdan la necesidad de refinar nuestro patriotismo para asegurarnos de que es genuino y de que se encuentra dentro de los límites del Señor. El verdadero patriotismo trae honor a cualquier nación que abrace la libertad. Esas libertades hacen falta a fin de que el reino de Dios florezca entre el pueblo del Señor. Hay mucho que celebrar por nuestro bendito país y por los otros países que luchan por la libertad. ¡Que comiencen los fuegos artificiales!



Blog escrito por Kent P. Jackson, profesor de escrituras antiguas.

Este mes celebramos el 179 aniversario de algo que la mayor a de los Santos de los Últimos Días dan por hecho. Fue en junio de 1830, sólo dos meses después de que se organizara la Iglesia, que el Profeta José Smith comenzó a trabajar en su traducción de la Biblia. En la actualidad se le llama la Traducción de José Smith – utilizando las siglas TJS – pero el Profeta mismo la llamó la Nueva Traducción. Las primeras diecinueve páginas, reveladas entre junio de 1830 y finales de dicho año, contienen su revisión de los primeros capítulos de Génesis. Cuando la Perla de Gran Precio se creó en 1851, se incluyeron en ella esos capítulos de Génesis, y todavía permanecen allí en la actualidad. Es el libro de Moisés.

¿Hay algo nuevo en la Nueva Traducción? Veamos tan sólo un capítulo, el primero de la traducción, revelado en junio de 1830.

Lo que ahora llamamos Moisés, capítulo 1, es el texto de una visión que tuvo Moisés antes de que el Señor le revelara la historia de la creación, por lo que es el prefacio del libro de Génesis. Éste es uno de los capítulos más notables de las escrituras, lleno de doctrinas que distinguen a los Santos de los Últimos Días de los demás creyentes de la Biblia. Aunque la visión de Moisés es un evento bíblico y toma lugar en un contexto bíblico, no existe registro de ello en el Antiguo Testamento. No tiene ningún equivalente bíblico. Pero es una de las grandes joyas de la Restauración – una verdadera perla de gran precio.

En este capítulo aprendemos mucho.

Moisés habla con Dios “cara a cara” en términos que claramente indican que Dios en verdad tiene rostro. Aprendemos acerca del Hijo Unigénito del Padre. Al hablar el Padre con Moisés y al enseñarle acerca de Jesucristo, se nos recuerda, en claros términos canónicos, que el Padre y el Hijo son seres divinos diferentes. También aprendemos algo acerca de nosotros mismos, que nosotros – dejados a nuestra propia suerte – no somos “nada”; sin embargo, somos hijos e hijas de Dios, creados a imagen de Su Unigénito, investidos con un enorme potencial.

Aprendemos de la gloria de Dios, el poder celestial que emana de Él y que lo rodea. Los humanos deben ser transfigurados para soportar la gloria de Dios, pero Satanás sólo puede fingir tenerla y no posee ninguna parte de ella por sí mismo. Vemos a Dios y a Satanás yuxtapuestos en un fuerte contraste y aprendemos que Satanás tiene una necesidad patológica de ser adorado y sólo busca su propio interés personal.

Aprendemos algo acerca del poder de Dios y de la majestuosidad de sus creaciones. Moisés, envuelto en la gloria de Dios, pudo ver cada partícula de esta tierra y a cada alma sobre ella. Incluso se le mostraron otros mundos habitados – incontables mundos. Aprendió que Cristo es el Creador de todos estos mundos, y aprendió que la obra y la gloria de Dios es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de sus hijos que en ellos moran.

Ni que decir tiene que nada de esto era lo típico del cristianismo tradicional en junio de 1830, cuando el Señor reveló estas cosas a José Smith. En verdad, sí hay mucho nuevo en la Nueva Traducción; y eso era sólo el primer capítulo.


Dios ha vuelto

POSTED BY: holzapfel

05/27/09


En los últimos doscientos años, los pensadores europeos como Karl Marx, Emile Durkheim y Max Weber creían que la religión estaba destinada al fracaso y que Dios estaba muerto; sin embargo, la historia siempre parece sorprendernos. Pocos líderes políticos y académicos del pasado habrían imaginado que la gente de fe y sus instituciones jugarían un papel tan importante en el mundo de hoy. Aun los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 demuestran que, sin importar en donde viva uno, es importante entender lo que se enseña en una escuela religiosa de Arabia Saudita. Además, las elecciones presidenciales de Estados Unidos en el 2008, revelaron que las creencias religiosas todavía son importantes, aunque la Constitución Norteamericana no requiere de ninguna prueba religiosa para aquellos que buscan un puesto público (el artículo VI, sección 3, declara, “jamás se requerirá prueba religiosa alguna como requisito para cualquier oficio o puesto público en los Estados Unidos”).
Uno de los últimos esfuerzos por comprender cómo y por qué la fe está rebotando en la cara del laicismo dominante y profundo es la obra de John Micklethwait y Adrian Wooldridge, titulada God is Back: How the Global Revival of Faith Is Changing the World (New York: Penguin, 2009) [Dios ha vuelto: Cómo está cambiando al mundo el resurgimiento global de la fe]. Como algo interesante, los Santos de los Últimos son mencionados en varias ocasiones (véase las Págs. 18, 19, 65, 115, 124, 229, 233, 350, 357, 371).

Los autores describen sus esfuerzos como un “largo viaje” y añaden, “Sin duda, el mensaje general [de este libro] deprimirá a muchos laicistas; en ocasiones nos ha deprimido a nosotros también. Han ocurrido algunas cosas terribles en el nombre de Dios en este siglo. Indudablemente hay más en el camino”. Concluyen, “De forma desigual y gradual, la religión se está convirtiendo en una cuestión de elección – algo en que las personas deciden si creen (o no)” (372). Este modelo, en el que la elección juega un papel fundamental en la decisión de creer o no creer, es cabalmente americano. De ahí que la ola del futuro es el modelo americano, en el que no existe ninguna iglesia establecida del estado y en el que la gente decida por sí misma en lo que van a creer.

El libro ofrece información bastante sorprendente, como:

  • “Para el 2050, China bien podría ser la nación musulmana más grande del mundo, así como la cristiana más grande” (5).
  • “Muchos conflictos antiguos han adquirido un matiz religioso. La perniciosa guerra de sesenta años por Palestina comenzó como un asunto principalmente laico. . . . En la actualidad, en la era de Hamas, colonos judíos y sionistas cristianos, el conflicto israelí-palestino se ha vuelto mucho más sectario y polarizado, con cada vez más gente reclamando que Dios está de su lado” (13).
  • Una encuesta de 2006—quince años después de la caída del régimen soviético—descubrió que el 84 por ciento de la población rusa creía en Dios, mientras que sólo el 16 por ciento se consideraban ateos” (13).
  • La mayoría [de las estadísticas] parecen indicar que la tendencia global hacia el laicismo se ha detenido, y bastantes indican que la religión está al alza. Una estimación sugiere que la proporción de personas ligadas a las cuatro religiones más grandes del mundo – Cristianismo, Islam, Budismo e Hinduismo—aumentaron de un 67 por ciento en 1900 a un 73 por ciento en 2005 y para el año 2050 podrían alcanzar un 80 por ciento” (16). “Se mire como se mire, la fe tiene más probabilidades de afectarle a uno que antes, bien sea porque es parte de su vida o porque es parte de la vida de alguien a su alrededor – sus vecinos, sus compañeros de trabajo, hasta sus gobernantes o la gente que intentan derrocarlos” (24).
  • Un estudio riguroso sobre las creencias religiosas americanas . . . demuestra claramente que el país más poderoso del mundo es uno de los más religiosos. Más de nueve de cada diez americanos (92 por ciento) creen en la existencia de Dios o de un espíritu universal” (131).
  • “Los científicos sociales han producido muchas evidencias de que la religión es buena para uno . . . Daniel Hall, doctor del Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh, ha descubierto que la asistencia semanal a la iglesia puede añadirnos de dos a tres años de vida, [resultando en] ‘una expectativa de vida sustancialmente mayor’”(146)
  • “La religión también parece estar relacionada con la felicidad. Uno de los resultados más impactantes del sondeo regular de Pew es que los americanos que asisten a servicios religiosos una o más veces a la semana son más felices (43 por ciento muy felices) que aquellos que asisten mensualmente o menos (31 por ciento) o que rara vez o nunca (26 por ciento)” (147).
  • “La religión puede combatir el mal comportamiento así como promover el bienestar” (147).
  • “La religión parece proporcionar lazos sociales. . . . Las iglesias ofrecen un lugar seguro, en el que la gente puede conocerse y combinar información y experiencia. Ponen en contacto a personas con problemas y a las personas con soluciones” (148—149).

Al final, los autores nos recuerdan lo equivocados que han estado los expertos del pasado acerca de Dios y la religión, incluyendo a Peter Berger, quien aseguró al New York Times en 1968 que para “el siglo XXI, los creyentes religiosos se encontrarán probablemente en pequeñas sectas, agrupados para resistir una cultura laica mundial” (52).


“Las piedras clamarían”

POSTED BY: holzapfel

05/07/09


Cuando Jesús vino a Jerusalén, en lo que sería su última visita, caminó desde el Monte de los Olivos hasta la ciudad Santa. Al hacerlo: “toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto” (Lucas 19:37). Lucas añade: “Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él [Jesús], respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían” (Lucas 19: 39-40).

Hay piedras por doquier en esta tierra áspera. No sólo la gente las ve por todas partes, sino que caminan encima de ellas y visitan lugares hechos de piedra, tales como la Tumba del Huerto, o la tumba labrada en la peña en la Iglesia del Santo Sepulcro; la roca donde Abrahán ofreció a Isaac, cubierta ahora por la Cúpula de la Roca, la roca donde Jesús oró en Getsemaní (parte del altar en la Iglesia de Todas las Naciones); y el enorme muro de contención herodiano del Monte del Templo. La semana pasada regresé de visitar Jerusalén. A veces las campanas de las iglesias, la llamada del muecín, y la sirena del día de reposo Judío captan nuestra atención con sonidos que compiten flotando en el aire. Pero la verdadera historia se encuentra en las piedras.

En el vuelo a Jerusalén, leí el último libro de Simón Goldhill, Jerusalem: City of Longing [Jerusalén, Ciudad de Añoranza](Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press, 2008). Me ayudó en mi visita, pues me proporcionó unos elementos de comprensión que me permitieron enlazar mucha información con años de experiencia en Jerusalén. Al pensar en la gente que conocí, (guías, turistas, taxistas, y otras personas) me di cuenta de la frecuencia con que la mayoría de nosotros queremos ver los relatos de Jerusalén en “blanco y negro”. Pero, como Goldhill demuestra en esta narración bien elaborada, “para ser apreciada la ciudad tiene que ser vista desde múltiples perspectivas ” (viii), y los relatos son “mucho más complicados y mucho más interesantes que los estereotipos” (ix).

En lugar de producir un guión cronológico, el autor proporciona un panorama de diferentes lugares (en su mayoría asociados con rocas o piedras) relacionados con puntos importantes de la historia de Jerusalén. Al contar su relato, Goldhill proporciona algunas de las “narrativas opuestas” (judía, musulmana, y cristiana; ortodoxa, católica y protestante) proporcionando sus propias versiones “blanquinegras” de los eventos (282). Concluye habilmente, “Las tensiones entre las tres religiones abrahámicas [Judaísmo, Cristianismo e Islam] apuntan intencionadamente a los santos lugares, a sus posesiones, su tutela legal, su valor simbólico” (47). En un sentido muy real, la tutela legal de cada lugar permite a cada grupo compartir su propia narrativa que le otorga validez.
Goldhill concluye diciendo, “Jerusalén tiene una extraña relación con las piedras”. Indica que incluso “los arqueólogos procuran hacerlas hablar”. No obstante, reconoce que existe la inevitable desilusión del pasado perdido, fragmentado, desconocido y quebrantado”, cuando nos apoyamos en la arqueología (225).

No todos estarán de acuerdo con los sitios y relatos que Goldhill decidió incluir, pero los lectores descubrirán que él “trató de contar esta historia de la manera más simple y neutral posible” (281). Si han visitado Jerusalén, si tienen planes de visitar Jerusalén, o si sólo están interesados en la ciudad, este libro bien merece una visita, pues nos brinda un enfoque matizado a una ciudad compleja. Concluye diciendo, “estar en Jerusalén es estar en una ciudad de añoranza, al buscar uno su propio lugar en los estratos de la historia, la imaginación, la creencia, el deseo y el conflicto que hacen que Jerusalén sea lo que es” (332).

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