Calificar con la Curva

POSTED BY: Robert L. Millet

10/25/10


Una vez estaba en una clase de la Escuela Dominical cuando el maestro tocó el tema de compararnos con otros. Nos advirtió de los peligros de hacerlo eso y luego agregó: “Nunca debemos comparar nuestra situación en la vida con otras personas. Si se tiene que comparar a alguien, entonces compárese a Cristo, porque él es nuestro Ejemplo.” Reflexioné en ese comentario por un buen rato ese día y luego me encontré pensando. “Oh, debemos compararnos con Cristo. Bueno, ¡ciertamente eso me hace sentir mejor! De aquí en adelante pondré mis obras y mis endebles ofrendas junto a las de él y entonces realmente voy a estar (y seguiré) deprimido.”

El hecho es, que la comparación no funciona; Punto. Mantendremos un sentimiento constante de insuficiencia o cultivaremos un punto de vista no adecuado de nuestra propia importancia. Ninguno es saludable. Aún algunos de los discípulos escogidos de Jesús fueron tentados para buscar posiciones de prominencia, y el Maestro los reprendió con las palabras, “el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (Mateo 20: 26-27; compárese con Marcos 10: 28-41). Jesús mismo fijó la norma y abolió todas las formas de jerarquías espirituales cuando él, el hombre más grandioso que haya cruzado los senderos de la tierra, describió su propio papel como sigue: “yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 20: 27).

Andy Stanley puso todo esto en perspectiva cuando preguntó: “Cuando mueras, ¿te toca ir al cielo si tus buenas obras constituyen el 70 por ciento de todos tus hechos? ¿O el 51 por ciento te concede una calificación aprobatoria? . . . O ¿qué pasa si la santidad y la perfección de Dios sobrepasan a su misericordia y requiere que el 90 por ciento de tus obras sean buenas? ¿Y que tal si Dios califica con la curva y la Madre Teresa torció la curva cósmica, y elevó el nivel para las buenas obras más allá de lo que la mayoría de nosotros somos capaces?” (How Good is Good Enough? páginas 45-46).

Aunque para los Santos de los Últimos Días, la salvación es un asunto familiar, el venir a Cristo por los convenios y cumplir con la voluntad de Dios es una tarea individual. Cuando sea la hora de estar ante el tribunal del juicio, no se va a poner el resumen de nuestras vidas (incluyendo nuestras buenas obras) junto al de alguien más. Somos bautizados uno por uno, confirmados uno por uno, ordenados uno por uno e investidos uno por uno. Y aunque nos arrodillamos en la Casa del Seor frente al amor de nuestra vida en la ordenanza más alta de este lado del cielo, el guardar los convenios del templo, finalmente el asunto de ser conformados a la imagen de Cristo, se efectúa un alma a la vez. Estamos todos juntos en esto. Ninguno de nosotros está exento de los exámenes de la mortalidad o de recibir un adiós en el juego de la vida. Estamos aquí para hacer lo mejor que podamos. La búsqueda de la espiritualidad no quiere decir que debemos ser copiados a la imagen de otro humano, más bien la búsqueda debe ser que Dios, por medio de su Santo Espíritu, nos convierta a usted y a mí en todo lo que él desea que seamos. A través de los aos y después de que el Espíritu Santo haya moldeado nuestros corazones, después de que el Seor haya educado nuestras conciencias, después de que el Espíritu haya madurado nuestro juicio y mejorado nuestra sabiduría, entonces “cuando [Cristo] aparezca, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es” (Moroni 7: 48; compárese con 1 Juan 3: 1-2).


Solamente los Ciegos Ven

POSTED BY: Robert L. Millet

10/18/10


El evangelio de Jesucristo son las grandes nuevas, las alegres nuevas de que si ejercemos nuestra fe en Jesucristo y su Expiación, unida a nuestro arrepentimiento que emana de ella, podemos ser perdonados de nuestros pecados y justificados o hechos rectos con Dios. De ese modo, nuestra posición delante del Todopoderoso ha sido cambiada de una de ira divina a una de favor celestial y aceptación; hemos cruzado el sendero de muerte a vida (ver Romanos 5: 9-10). “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Seor Jesucristo” (Romanos 5: 1). O, como Pedro lo enseó: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte a su debido tiempo, echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5: 6-7; énfasis agregado). Seguramente este es el caso de que podemos poner nuestras cargas sobre el Seor porque él tiene cuidado de nosotros; esto es, porque nos ama. Pero percibo que Pedro intenta algo más en este pasaje. Podemos darle a quien es el Bálsamo de Galaad, nuestras preocupaciones, ansiedades, inquietudes y temores, ya que el nos cuidará, o sea, él se encargará de nosotros. Es como si Pedro nos hubiera aconsejado: “No se preocupen. No estén tan ansiosos. Dejen de estrujarse las manos. Permitan que Jesús lleve la carga y ustedes tengan la paz.” Eso es lo que C. S. Lewis quiso decir cuando sealó que “si usted realmente se ha entregado a Él, lo que sigue es que usted esté tratando de obedecerlo. Pero haciéndolo de una nueva manera, menos preocupada” (Mere Christianity, páginas 130-131; énfasis agregado).

Después de sanar a un ciego, Jesús les habló muy claramente a los fariseos que eran rectos en su propia opinión: “Yo, para juicio he venido a este mundo, para que los que no ven, vean, y los ven, sean cegados” ¡Qué declaración tan singular! Pero va al centro de lo que hemos estado comentando — la necesidad de que reconozcamos nuestra necesidad.— Quienes han aceptado a Cristo y su evangelio salvador llegan a ver las cosas tal como son. Una vez eran ciegos, pero ahora ven. Quienes deciden permanecer en su estado engreído de auto-seguridad, creyendo que ven claramente todo, estos son los que continúan caminando en la obscuridad. Por lo tanto, Jesús concluyó: “Si fuerais ciegos, no tendrías pecado; pero ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Juan 9: 39, 41).

Fue Jacob, el hijo de Lehi, quien escribió que los “que se inflan a causa de su conocimiento y su sabiduría y sus riquezas, sí, éstos son los que él [El Santo de Israel] desprecia; y a menos que desechen estas cosas, y se consideren insensatos ante Dios y desciendan a las profundidades de la humildad, él no les abrirá” (2 Nefi 9: 42; compárese con 1 Corintios 3: 18; 4: 10; y 8: 2). Por otra parte, “los pobres en espíritu” quienes se consideran en la bancarrota espiritual si no tienen la ayuda celestial y el favor divino, esos son los que vienen a Cristo y aceptan su ofrenda sagrada, son quienes heredan el reino de los cielos (véase Mateo 5: 3 y 3 Nefi 12: 3).

Seamos sabios y honestos: No podemos hacerlo por nosotros mismos. No podemos levantarnos con nuestros propios esfuerzos espirituales. No somos lo suficientemente brillantes o poderosos para llevar a cabo el gran cambio que se necesita para ver y entrar en el reino de Dios. No podemos realizar la cirugía de nuestro propio ojo. No podemos forzar nuestra entrada por las puertas de la Jerusalén celestial. No podemos hacernos felices a nosotros mismos ni lograr nuestra satisfacción. Pero sí podemos “buscar a este Jesús de quien han escrito los profetas y apóstoles, a fin de que la gracia de Dios el Padre, y también del Seor Jesucristo, y del Espíritu Santo, que da testimonio de ellos, esté y permanezca en [nosotros] para siempre jamás” (Eter 12: 41). Entonces todas estas cosas nos serán aadidas (ver Mateo 6: 33). Esa es la promesa, y yo afirmo que es verdadera.


¿ En Quién Confiamos?

POSTED BY: holzapfel

10/05/10


Hace unos años, un colega mío y yo almorzamos con dos teólogos prominentes. Esa no fue nuestra primera reunión ya que nos habíamos reunido dos años antes y tuvimos una plática deleitable acerca de Jesucristo, de la centralidad de su Expiación, de los poderes edificantes y liberadores de su gracia y de la forma en que nuestro discipulado se debe vivir a diario. En esa reunión inicial no hubo defensas, ni pretensiones, ningún esfuerzo por derrotar al otro o probar que se está equivocado. En lugar de eso, hubo un simple intercambio de puntos de vista, se reconocieron nuestras diferencias y un espíritu de regocijo al hablar de las características de la doctrina de Cristo en las cuales estábamos de acuerdo; un aleccionador espíritu de gratitud por las bendiciones incomparables que fluyen de la vida y la muerte del Redentor y por su poder transformador.

Ahora, dos años después, comenzamos donde habíamos terminado antes, casi como si no hubiera pasado el tiempo. Se mencionaron muchas cosas, se hicieron diagramas en las servilletas, y se efectuó un libre intercambio de ideas. Hacia el fin de la reunión, uno de nuestros amigos se dirigió a mí y dijo: “Muy bien, Bob, hay algo que te quiero preguntar a fin de poder determinar en qué crees realmente.” Y continuó: “Estás delante del tribunal del Todopoderoso y Dios te pregunta: ‘Robert Millet, ¿qué derechos tienes para entrar al cielo? ¿por qué te debo dejar entrar?’” Ese no era el tipo de pregunta que esperaba. (Yo había asumido que preguntaría algo más teórico. Esa pregunta era conmovedora, práctica, penetrante y personal.) Durante treinta segundos, hice lo posible por imaginarme la escena, revisé mi alma y traté de ser tan claro y sincero como fuera posible. Pero, antes de que indique lo que exactamente dije, quisiera que nos adelantáramos veinticuatro horas en el tiempo.

Al día siguiente hablé a un grupo de adultos solteros Santos de los Últimos Días que procedían de toda Nueva Inglaterra y que se reunieron para una conferencia en el MIT en Boston. Mi tema era “La Esperanza en Cristo.” Cuando iba como a dos tercios de mi discurso, sentí que sería apropiado compartir nuestra experiencia del día anterior. Les planteé a los jóvenes la misma pregunta que se me había hecho. Hubo un silencio notable en la sala, como evidencia de una tranquila meditación en una pregunta singularmente significativa. Les permití que pensaran un minuto y luego me dirigí a una señorita de la primera fila y dije: “Hablemos ahora de la forma en que responderíamos. Quizás le podría decir a Dios lo siguiente: ‘Bueno, debo entrar al cielo porque fui bautizado en la Iglesia, hice una misión de tiempo completo, me casé en el templo, asisto regularmente a los servicios de adoración, leo las escrituras a diario, hago oración en las mañanas y en las noches. . . .’” En ese punto la joven me interrumpió con estas palabras: ” Espere. . . Espere. . . no me siento bien con su respuesta. Suena como si estuviera leyéndole su curriculum vitae a Dios.”

Se alzaron varias manos. Uno de los jóvenes exclamó: “¿Cómo respondió usted la pregunta? ¡Díganos lo que usted dijo!” Me acordé de lo que pasó el día anterior y recordé los sentimientos que bullían en mi corazón y les dije a los adultos solteros lo que contesté: Miré a los ojos a mi amigo y le respondí: “Le diría a Dios: Reclamo el derecho de entrar al cielo por mi total confianza y dependencia en los méritos y en la misericordia y en la gracia del Señor Jesucristo.” El interrogador me contempló como por diez segundos, sonrió gentilmente y dijo: “Bob, esa es la respuesta correcta a la pregunta.”

Obviamente, son necesarias las buenas obras de una persona en el sentido de que muestran en qué nos estamos convirtiendo mediante los poderes del evangelio de Jesucristo; manifiestan qué y quienes somos. Pero también reconozco que nunca habrá de mi parte, las suficientes buenas obras —oraciones, himnos, actos caritativos, contribuciones financieras, o miles de horas de servicio en la Iglesia— para salvarme. La obra de la salvación requiere el trabajo de un Dios. Un hombre sin ayuda está y estará para siempre perdido, caído, y sin salvar. Es solamente mediante la fuerza del Señor que podemos encarar los desafíos de la vida, manejar los dilemas de la vida, enfrentar las contradicciones de la vida, soportar las pruebas de la vida y eventualmente, vencer al enemigo de la vida; la muerte.


La Temporada del Adviento

POSTED BY: holzapfel

12/07/09


Blog invitado escrito por Eric D. Huntsman, profesor asociado de escrituras antiguas en BYU
La palabra Adviento se deriva del latín Adventus, que significa “llegada” o “aparecerse en persona”. Comenzando el primer domingo de los cuatro que preceden a la Navidad, el Adviento ayuda a los cristianos no solamente a celebrar la Primera Venida de Jesucristo, sino que también a ver hacia el futuro a Su gloriosa Segunda Venida. Aunque las costumbres del Adviento sean desconocidas para muchas personas, al igual que muchas otras tradiciones de ésta época son una manera magnífica de volver nuestra atención más completamente al verdadero significado de la Navidad.

Muchas de las tradiciones del Adviento vienen de Alemania, en donde Martín Lutero alentó su observancia continua como una mejor manera de enseñar a los niños y a las familias acerca de la importancia de la venida de Jesucristo. Se observó allí tanto por los católicos romanos como por los luteranos y se ha vuelto una celebración común en muchas comunidades cristianas por todo el mundo.

Una de las costumbres más conocidas del Adviento es la del encendido de las velas de la corona de Adviento, o sea una corona de hojas perennes adornada con cuatro velas alrededor y una vela blanca en el centro. La corona misma representa el “círculo que no tiene fin” del amor de Dios, que Él es el mismo para siempre en cuanto a Su amor por Su pueblo. El verde de la corona, como en el árbol de Navidad, representa la esperanza de la vida eterna que viene por medio de Cristo y nos recuerda la frescura del amor de Dios y Sus promesas. La luz de las velas nos recuerda que Jesús es la Luz del Mundo, que Su nacimiento representó la llegada de la luz entre las tinieblas, y que se nos ha pedido que esa luz se refleje en nuestra vidas.

Las velas exteriores son de color púrpura, o sea el color de la realeza, aunque por costumbre la tercera es de color rosa. Las tradiciones difieren en cuanto al simbolismo de las velas. Una es que representan la esperanza, el amor, el gozo y la paz que vienen por medio de Jesucristo. Cada domingo previo a la Navidad se enciende una vela adicional, y eso crea un hermoso efecto escalonado ya que las velas de la semana anterior se han consumido más. Como parte del encendido se pueden leer las escrituras y cantar villancicos; nosotros lo hacemos antes de la oración familiar. Las cuatro velas también pueden representar los diferentes convenios del Antiguo Testamento que Dios hizo con sus siervos, empezando con Noé y siguiendo con Abraham, Moisés y David. La vela blanca del centro se conoce como la vela de Cristo. Se enciende en la Nochebuena y en la Navidad y representa el nuevo convenio que es posible a través de Cristo.

Aunque observar el Adviento no es parte formal de la tradición SUD, las personas y las familias las pueden adaptar y usar esas tradiciones para su propio uso. En un reciente programa de Navidad de la Primera Presidencia, el Presidente Dieter F. Uchtdorf habló positivamente de las tradiciones del Adviento con las que creció en Alemania, y lo mismo han hecho otros conversos a la Iglesia. Al principio de nuestro matrimonio, mientras mi esposa y yo estábamos desarrollando nuestras propias tradiciones familiares, la observancia del Adviento mejoró nuestra temporada navideña, y en años recientes hemos visto que es una gran manera de enseñar a nuestros hijos, de compartir experiencias espirituales con ellos, y mantenerlos enfocados en el verdadero significado de la Navidad.

Para las familias SUD, se puede adaptar el Adviento al leer no solamente del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento sino también del Libro de Mormón y de la Perla de Gran Precio (vea nuestra selección en mi página de Internet). No todas las familias desearán observar las costumbres del Adviento, pero disfrutar de buena música y de la lectura de las escrituras en los domingos del Adviento puede ser edificante y brindar reflexiones significativas en esta temporada.



Blog escrito por Kent P. Jackson, profesor de escrituras antiguas.

Este mes celebramos el 179 aniversario de algo que la mayor a de los Santos de los Últimos Días dan por hecho. Fue en junio de 1830, sólo dos meses después de que se organizara la Iglesia, que el Profeta José Smith comenzó a trabajar en su traducción de la Biblia. En la actualidad se le llama la Traducción de José Smith – utilizando las siglas TJS – pero el Profeta mismo la llamó la Nueva Traducción. Las primeras diecinueve páginas, reveladas entre junio de 1830 y finales de dicho año, contienen su revisión de los primeros capítulos de Génesis. Cuando la Perla de Gran Precio se creó en 1851, se incluyeron en ella esos capítulos de Génesis, y todavía permanecen allí en la actualidad. Es el libro de Moisés.

¿Hay algo nuevo en la Nueva Traducción? Veamos tan sólo un capítulo, el primero de la traducción, revelado en junio de 1830.

Lo que ahora llamamos Moisés, capítulo 1, es el texto de una visión que tuvo Moisés antes de que el Señor le revelara la historia de la creación, por lo que es el prefacio del libro de Génesis. Éste es uno de los capítulos más notables de las escrituras, lleno de doctrinas que distinguen a los Santos de los Últimos Días de los demás creyentes de la Biblia. Aunque la visión de Moisés es un evento bíblico y toma lugar en un contexto bíblico, no existe registro de ello en el Antiguo Testamento. No tiene ningún equivalente bíblico. Pero es una de las grandes joyas de la Restauración – una verdadera perla de gran precio.

En este capítulo aprendemos mucho.

Moisés habla con Dios “cara a cara” en términos que claramente indican que Dios en verdad tiene rostro. Aprendemos acerca del Hijo Unigénito del Padre. Al hablar el Padre con Moisés y al enseñarle acerca de Jesucristo, se nos recuerda, en claros términos canónicos, que el Padre y el Hijo son seres divinos diferentes. También aprendemos algo acerca de nosotros mismos, que nosotros – dejados a nuestra propia suerte – no somos “nada”; sin embargo, somos hijos e hijas de Dios, creados a imagen de Su Unigénito, investidos con un enorme potencial.

Aprendemos de la gloria de Dios, el poder celestial que emana de Él y que lo rodea. Los humanos deben ser transfigurados para soportar la gloria de Dios, pero Satanás sólo puede fingir tenerla y no posee ninguna parte de ella por sí mismo. Vemos a Dios y a Satanás yuxtapuestos en un fuerte contraste y aprendemos que Satanás tiene una necesidad patológica de ser adorado y sólo busca su propio interés personal.

Aprendemos algo acerca del poder de Dios y de la majestuosidad de sus creaciones. Moisés, envuelto en la gloria de Dios, pudo ver cada partícula de esta tierra y a cada alma sobre ella. Incluso se le mostraron otros mundos habitados – incontables mundos. Aprendió que Cristo es el Creador de todos estos mundos, y aprendió que la obra y la gloria de Dios es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de sus hijos que en ellos moran.

Ni que decir tiene que nada de esto era lo típico del cristianismo tradicional en junio de 1830, cuando el Señor reveló estas cosas a José Smith. En verdad, sí hay mucho nuevo en la Nueva Traducción; y eso era sólo el primer capítulo.


¿Cuales son las probabilidades?

POSTED BY: holzapfel

04/16/09


Hace unos años, un antiguo alumno me escribió expresando su preocupación sobre nuestra enseñanza doctrinal de que la Iglesia de Jesucristo era “la única iglesia verdadera y viviente” (véase doctrina y Convenios 1:30). Él había llegado a creer que tal posición era arrogante y orgullosa. Además, cuestionaba la idea de que pudiera ser tan afortunado de estar en la iglesia correcta, cuando tantas otras personas no lo estaban. Pensó que estadísticamente era tan poco probable que era ilógico creerlo.
Reconozco, desde luego, que como todas las nacionalidades, etnias, géneros y cualquier otro grupo formal o informal, la Iglesia de Jesucristo tiene miembros buenos así como malos; algunos que intentan vivir cerca de los ideales del Evangelio y otros que no. Sin embargo, he llegado a rechazar categóricamente las grandes generalizaciones acerca de cualquier grupo – sean musulmanes, budistas, agnósticos- o los liberales o conservadores políticamente. En mi estudio y experiencia, he descubierto que ningún grupo, denominación, familia o nación puede ser definido tan fácilmente mediante tales estereotipos.

En los años que han pasado desde este intercambio, a menudo he pensado sobre la noción de mi ex alumno de que es ilógico que una persona crea que ha nacido en la única Iglesia verdadera, porque es improbable estadísticamente que hubiera sido uno de los pocos afortunados, dado los millones y millones de personas que han vivido y que vivirán sobre la tierra. Consideren la lógica de su planteamiento. Como les dije a los alumnos de una clase que enseño de la historia del mundo: “Ningún monarca o gobernante antiguo vivió tan bien como ustedes; ustedes tienen agua potable limpia, abundantes alimentos (tanto en términos de calidad, como en cantidad y variedad), servicios médicos y dentales, opciones educativas, recreativas y de entretenimiento y, finalmente, libertades económicas y políticas que van más allá de lo que pudieran haberse imaginado la gente que vivió en el pasado”. Si mi ex alumno tuviese razón, sería ilógico aceptar que fuésemos tan favorecidos por vivir en una época de opulencia, conveniencia y comodidades que son disfrutadas por tan sólo una pequeña fracción de los habitantes de la tierra.

He reflexionado a menudo sobre la idea de que creer que pertenecemos a la única Iglesia verdadera, necesariamente haría a una persona arrogante y orgullosa. Ciertamente hay muchas personas privilegiadas que son arrogantes y orgullosas por su buena fortuna. Pero hay muchos, muchos otros que viven en sociedades modernas, pluralistas, democráticas y prósperas que, en cambio, sienten que sus muchas bendiciones colocan grandes responsabilidades sociales sobre sus hombros. Se sienten con el deber de dar de su tiempo, sus recursos y energías para ayudar a otros menos afortunados. Y esa es precisamente la respuesta a mi ex alumno. En la Iglesia hay algunos, quizás muchos, que en verdad son arrogantes y orgullosos, pero hay muchos otros que comprenden que los privilegios de ser miembro también nos requieren dar todo lo que tenemos para ayudar a los demás a obtener las mismas ventajas que nosotros disfrutamos. Donde mucho se da, mucho se requiere.

Yo no sé por qué nací en el Occidente, en una época de oportunidades sin precedente, con todos los inventos milagrosos, los avances técnicos y médicos para salvar vidas, y tan amplias libertades disponibles. Pero sí sé que ahora vivimos un estilo de vida que la mayoría de la gente en la historia de la tierra no se podrían haber imaginado. Tal conocimiento me ha hecho sentir humilde y me ha compelido a ser sensible hacia el resto del mundo, al aprender sobre los desafíos que la gente afronta y haciendo algo al respecto, al ayudar, apoyar y donar a otras causas dignas que ayudan a las personas a tener alimento, techo, ropa, atención médica y oportunidades educativas; además de contribuir al fondo humanitario de la Iglesia.

¿Cuáles son las probabilidades de ser tan bendecidos? No lo sé, pero me doy cuenta que tengo una oportunidad de hacer algo con lo que se me ha dado.


Viernes Santo

POSTED BY: holzapfel

04/10/09


Harry Anderson, “La Crucifixión”

El blog de esta semana fue elaborado por el escritor invitado Eric D. Huntsman, profesor asociado de escritura antigua.

El presidente Uchtdorf, en su discurso de la conferencia el 5 de abril de 2009, se refirió a ese domingo como el Domingo de Ramos. Anticipando la Pascua, animó a los miembros de la Iglesia a centrar más plenamente sus mentes en el gran sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo. El presidente Uchtdorf dijo, “Lo adecuado es que durante esta semana, desde el domingo de Ramos hasta la mañana de Pascua de Resurrección, dirijamos nuestros pensamientos hacia Jesucristo, la fuente de luz, vida y amor. Quizá la multitud de Jerusalén lo haya visto como un gran rey que los salvaría de la opresión política. Pero, en realidad, Él nos dio mucho más que eso. Nos dio Su Evangelio, una perla de precio incalculable, la gran clave de conocimiento que, si la comprendemos y usamos, nos abre la puerta hacia una vida de felicidad, paz y satisfacción”. El Élder Holland, en su discurso, también se refirió a la última semana del Salvador: “A medida que se acerca esta Semana Santa – el Jueves de Pascua con su Cordero Pascual, el Viernes Expiatorio con su cruz, el Domingo de Resurrección con su sepulcro vacío – ruego que declaremos que somos plenos discípulos del Señor Jesucristo”.

Hoy es Viernes Santo (en inglés, Viernes Bueno, traducido literalmente), observado por muchos en el mundo cristiano como un día de gran solemnidad y santidad. Cuando era joven, sabiendo de dicho día, gracias a mis muchos amigos y vecinos católicos romanos o protestantes, pensé que el término inglés “Viernes Bueno” era un oxímoron. ¿Qué tenía de bueno el día que murió Jesús? Sólo a medida que maduré en el Evangelio llegué a comprender que la muerte de Jesús era santa, un acto sagrado que sellaba el trayecto expiatorio que había comenzado la noche anterior cuando Él tomó sobre sí nuestros pecados y pesares y entonces, como victima expiatoria, llevó esa carga al altar – en este caso una cruz- donde pagó el precio máximo. Más adelante llegué a comprender otro matiz lingüístico. Muchos ven el uso de “good” en “Good Friday” (Viernes Santo) como uso arcaico, a semejanza de “good-bye” (adios). Aquí podría ser un sinónimo de “God” (Dios), en cuyo caso sería “God´s Friday” (Viernes de Dios), ese día de significado cósmico cuando el Padre reconcilió el mundo para Sí: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5: 8-11). 

Como Santo de los Últimos Días, mucho de lo que se conmemora en Viernes Santo en otros tiempos me parecía incomodo. “Adoramos a un Cristo viviente, no a un Cristo muerto”, era la frase común con la que me crié. Era más fácil reconocer que Jesús de algún modo tomó sobre Sí la carga de nuestros pecados y pesares en Getsemaní para luego pasar lo más rápido posible por lo desagradable del juicio, el abuso y la crucifixión, al gozo de la mañana de la Pascua de Resurrección. La cruz me era particularmente extraña, si no es que incomoda. La Iglesia no cuenta con imágenes en nuestras iglesias y templos, aunque sí abundan otras clases de simbolismos. Al no entender los detalles teológicos de la misa como un “verdadero sacrificio” en la tradición católica romana, no capté por qué el crucifijo era tan importante para mis amigos. Sin molestarme en preguntar a mis amigos protestantes lo que significaba la cruz para ellos, hasta que no fui adulto ignoré el hecho de que para ellos la cruz no era sólo un símbolo de Su muerte por nosotros, ya que para ellos también era un símbolo de su resurrección, ¡porque la cruz estaba vacía!

Sin embargo, un estudio más detallado ha aportado una nueva conciencia de la riqueza simbólica de las escrituras y de las imágenes de la muerte de Jesús sobre la cruz. Aquí, no es la cruz en sí misma, ya fuera un palo vertical o un simple andamiaje sobre el cual se ataba o clavaba la viga de la victima. Ni tampoco es la iconografía religiosa de una cruz latina o griega. En cambio, para mí, el significado de la crucifixión yace en la imagen de Cristo “siendo levantado”, con la cruz como madero y en las marcas o señas duraderas que dejó Su sacrificio.

En el Evangelio de Juan, Jesús dice tres veces que Él debe ser levantado como parte de su regreso al Padre y de atraer a todos los hombres para Sí (véase Juan 3:14, 8:28, 12:32-33) y en la última ocasión deja claro que ésta era una referencia de cómo moriría. La crucifixión era una forma de ejecución muy humillante pero sobre todo muy pública, pero lo que aquí parece ser significativo es que el sacrificio de Jesús está allí para que todos lo vean, en toda época y lugar. Juan 3:14 lo conecta directamente con levantar la serpiente sobre una asta en el desierto (véase Números 21:9), una imagen que los autores del Libro de Mormón reconocieron y ampliaron (véase 2 Nefi 25:20; Alma 33:19; Helamán 8: 14-16). Por lo tanto, la crucifixión ilustra que la muerte salvadora de Jesús brinda curación y vida a todos los que simplemente miren hacia Él.

Pero quizá el respaldo más importante de “levantar” imágenes vino del mismo Jesús, que les dijo a los nefitas: “Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres, para que así como he sido levantado por los hombres, así también los hombres sean levantados por el Padre, para comparecer ante mí, para ser juzgados por sus obras, ya fueren buenas o malas; y por esta razón he sido levantado; por consiguiente, de acuerdo con el poder del Padre, atraeré a mí mismo a todos los hombres, para que sean juzgados según sus obras” (3 Nefi 27:14-15).

El reconocer que la crucifixión era equivalente a “ser colgado en un madero” añade otro nivel de simbolismo. Bajo la ley de Moisés, era maldito el que fuera colgado en un madero (véase Deuteronomio 21:22-23), explicando quizá una de las razones de por qué los opositores de Jesús estaban ansiosos de que los romanos lo crucificaran. Aunque no está totalmente claro qué derechos de pena capital habrían tenido las autoridades judías (la prohibición de ejecutar hombre alguno en Juan 18:31 podría haberse referido a la ley judaica, ya que no podían ejecutar durante Pascua), hacer que los romanos mataran a Jesús no hizo más que transferir la culpa. La ejecución judía por blasfemia habría sido la lapidación, mientras que la ejecución romana por traición y rebelión era la crucifixión. El sumo sacerdote le había preguntado a Jesús la noche anterior, “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” (Marcos 14:61) y nada podía haber probado que Jesús era justo lo contrario, maldito de Dios, que haberle colgado en un madero. No obstante, esta “maldición” era parte de que el Salvador descendiera “debajo de todo”. Ciertamente, Pablo escribió, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (Gálatas 3:13).  

Lo asombroso, sin embargo, era que la cruz, el madero de la maldición, se convirtió para nosotros, en efecto, en un árbol de la vida. Después de que Jesús expiró, “uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Juan 19:34). Pensando en lo que Jesús le dijo a la mujer samaritana sobre el agua viva, en Juan 4, o en Su discurso en Juan 7 sobre el Espíritu que da vida, en el cual de Él corren ríos de agua viva, esta señal sugiere que la muerte de Jesús produjo vida. De hecho, en la iconografía medieval se extendió la imagen de la “cruz verde”, que a menudo se retrataba con brotes de hojas y frutos.

Finalmente, la crucifixión dejó señales duraderas del acto salvador del Señor, marcas que se usaron para impartir un testimonio seguro de que Él era el Señor y Dios de aquellos a quienes Él salvó. Aunque la experiencia de Tomás, después de la resurrección, sugiere que debemos ser creyentes antes de recibir tal seguridad (véase Juan 20:24-29), el que Jesús mostrara las marcas en sus manos, pies y costado adquirió un significado casi ritual, cuando se les apareció a los nefitas en el templo de Abundancia: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo” (3 Nefi 11:14).

Por estas razones, al leer, repasar y meditar los últimos actos del Salvador en ese día, ya no me asustan las imágenes que en otros tiempos me eran extrañas. En cambio, me regocijo en lo que Jesús hizo por mí y lo veo como un precursor necesario, no sólo para la mañana de la Pascua, sino para el gran don de la vida eterna, el precioso fruto del árbol, el cual “es el más grande de todos los dones de Dios” (1 Nefi 15:36; véase también D. y C. 14:7)


Se llevará una historia

POSTED BY: holzapfel

12/15/08


José Smith recibió una revelación el día que se organizó la Iglesia, en Fayette, Nueva York (EE UU), en abril de 1830,  “He aquí, se llevará entre vosotros una historia” (Doctrina y Convenios 21:1). Los esfuerzos del Profeta han provisto a los miembros de la Iglesia y a historiadores interesados un número de fuentes primarias que nos permiten reconstruir su extraordinaria vida. Evidentemente, a cualquiera que esté interesado en la vida de José Smith le gustaría disponer de más material – más cartas, actas, diarios, y demás cosas que su pluma haya redactado, pero dadas las realidades históricas de la vida del siglo XIX, podemos sentirnos afortunados de tener tanto material para poder estudiar su vida y ministerio.

 

Estos importantes documentos se conservan en diversos lugares de los Estados Unidos, que incluyen la Biblioteca de Historia de la Iglesia en Salt Lake City y en la Biblioteca –Archivo de la Comunidad de Cristo en Independence, Missouri. en el pasado, los historiadores tenían que viajar a estos archivos para estudiar los documentos a fin de preparar libros y ensayos interpretativos. Debido a las limitaciones de espacio, sólo podían reproducir extractos de estas fuentes primarias – un acto de interpretación en sí, dejando al lector tan sólo “saborear” lo que revelan las fuentes originales.

 

Comenzando en la década de los años ´70, los líderes y eruditos de la Iglesia comprendieron que sería de gran ayuda proveer transcripciones precisas de estas fuentes primarias a un público más numeroso y para ayudar a conservar estos frágiles documentos debido a su frecuente manipulación. Después de algún tiempo, la Iglesia anunció que publicaría dos mil documentos primarios relacionados con la vida y ministerio de José Smith en una colección de treinta tomos, Los documentos de José Smith, organizada según el material específico, incluyendo diarios, documentos, historias, documentos administrativos, revelaciones y traducciones inspiradas, y artículos legales y de negocios.

 

Tomados de una amplia gama de colecciones, tanto públicas como privadas, estos importantes registros proporcionarán luz y conocimiento sobre la vida de José Smith y como resultado, la primera época del mormonismo. El élder Marlin K. Jensen, registrador e Historiador de la Iglesia, comentó: “El estudio de estas fuentes históricas, especialmente en sus formas más antiguas, brinda a los que estudian a José Smith una rica comprensión de la vida del Profeta y el desarrollo de la Iglesia restaurada” (próximo artículo de la revista Ensign, Julio de 2009)  

 

Los Documentos de José Smith, Diarios, Tomo 1: 1832-1839 — The Joseph Smith Papers, Journals, Volume 1: 1832–1839 (Salt Lake City: Church Historian’s Press, 2008) se ha puesto en venta recientemente, justo a tiempo para celebrar  la extraordinaria vida del Profeta en el aniversario de su nacimiento, el 23 de diciembre. El próximo año saldrá a la venta un importante volumen en la serie de Revelaciones y Traducciones, como el segundo volumen publicado. En este volumen, se reproducirán cuidadosamente las copias más antiguas, que se sepa, de las revelaciones de José Smith. El élder Jensen  comentó: “Parece que José consideraba las revelaciones manuscritas como sus esfuerzos más importantes por captar la voz del Señor condescendiendo a comunicarse en lo que José llamaba el “lenguaje  deshonesto, quebrantado, disperso e imperfecto de los hombres” (próximo artículo de la revista Ensign, Julio de 2009)  La serie continúa.

 

Recientemente conseguí el primer tomo de la Librería de BYU y me metí de pleno en él – unas quinientas páginas.  Primeramente,  es un volumen atractivo, impreso en papel de alta calidad y diseñado para durar mucho tiempo y uso. Incluye meticulosas transcripciones de las fuentes originales; una amplia variedad de imágenes (mapas, fotografías de personas y ejemplos de algunos de los documentos); tablas cuidadosamente preparadas (incluyendo una cronología detallada, cuadro genealógico, organización eclesiástica); un glosario extraordinario; Ensayos preliminares para cada documento; anotaciones reflexivas de los textos; así como meticulosas guías geográficas y biográficas. En verdad es un tesoro y vale cada centavo de su precio ($49.95). Aunque ya estaba familiarizado con los documentos publicados en este primer tomo,  las anotaciones e introducciones dieron vida al significado e importancia de los documentos. Me encontré marcando pasajes que captaban mi atención. Por ejemplo, el 1 de abril de 1834, José Smith escribió, “Mi Alma se deleita en la Ley del Señor pues Él perdona mis pecados” (pág. 37). Tales entradas sorprenderán y deleitarán a los lectores.

 

Los lectores no comienzan en la página 1 y leen hasta el final, tal como leemos una biografía. Éste es un proyecto documental, la clase de esfuerzo que les encanta a los eruditos y a los que aprecian tener una copia original del diario del abuelo o las cartas personales de la madre. Hay algo especial con tales documentos porque nos permiten tocar el pasado en una manera que una obra interpretativa no puede.

 

Los Documentos de José Smith proporcionan un panorama personal e intimo sobre la vida de José Smith. Los historiadores revisarán cuidadosamente los tomos a fin de brindar nuevas perspectivas sobre el Profeta. Ya de por sí, Los Documentos de José Smith ofrecen nuevas perspectivas, corrigen antiguas suposiciones y nos acerca al original mundo de José Smith, el Profeta de los últimos días. ¡En verdad es una buena época para vivir!