El Heraldo de la Salvación

POSTED BY: Robert L. Millet

03/18/11


La paz, en el sentido del evangelio, es lo importante. Aunque la mayoría de los miembros de la Iglesia saben lo que es la paz, yo creo que aún no se le ha dado a la paz la importancia que merece; probablemente como pueblo no hemos apreciado por completo ¡cuan maravilloso “fruto del espíritu” (Gálatas 5: 22) es la paz y qué es una trascendente manifestación del nuevo nacimiento! La paz es un don invaluable en un mundo que está en guerra consigo mismo. Los discípulos buscan al al que es el Príncipe de Paz para recibir socorro y apoyo. Saben que la paz no es solamente una mercancía apreciada aquí y ahora sino que también es el heraldo de grandes cosas que aún deben suceder. La paz es un signo seguro que viene de Dios de que los cielos están complacidos. Al referirse a una ocasión anterior en que se le había dado el espíritu de testimonio, el Seor le preguntó a Oliver Cowdery: “¿No hablé paz a tu mente. . . . ? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios? ” (DyC 6: 23).

El pecado y el abandono del deber resultan en desunión del alma, en conflictos internos y en confusión. Por otra parte, el arrepentimiento y el perdón y nacer de nuevo traen tranquilidad y paz. Mientras que el pecado termina en desorden, el Espíritu Santo es un principio organizador que trae orden y congruencia. El mundo y lo mundano no pueden traer la paz. No pueden sosegar al alma, “Paz, paz al que está lejos y al que está cerca, dice Jehová; y lo sanaré. Pero los malvados son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz para los malvados, dice mi Dios” (Isaías 57: 19-21).

La esperanza en Cristo, que es el resultado natural de nuestra fe en Cristo que nos salva, viene por el despertar espiritual. Sentimos nuestro lugar en el familia real y somos consolados por la dulce asociación familiar. ¿Y cual es la indicación de que estamos en el curso correcto? ¿Cómo sabemos que estamos en el arnés del evangelio? “En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su espíritu” (1 Juan 4: 13; énfasis agregado). La presencia del Espíritu de Dios es el testimonio, la certeza divina de que estamos en la dirección correcta. Es el sello de Dios, su unción (ver 1 Juan 2: 20) su indicación para nosotros de que nuestras vidas están en orden. John Stott, un querido escritor cristiano ha observado: “Un sello es una marca de propiedad. . . . y el sello de Dios, con el cual nos marca como suyos y que le pertenecemos para siempre, es el Espíritu Santo mismo. El Espíritu Santo es la etiqueta de identificación del cristiano” (Authentic Christianity, página 81).

No necesitamos estar poseídos por un sello impuro o sin templanza a fin de ser salvos; solo necesitamos ser constantes y confiables. Dios es con quien hicimos convenios en el evangelio. Él es el socio que controla. Y nos hace saber, por medio de la influencia del Espíritu, que el convenio sigue intacto y que las promesas celestiales son seguras. El Salvador nos invita a aprender las lecciones eternas y reconfortantes de que “el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (DyC 59: 23). Paz. Esperanza. Certeza. Estas cosas nos llegan por virtud de la sangre expiatoria de Jesucristo y como resultado natural nuestra nueva creación. Nos sirven como un ancla para el alma, un recordatorio sólido y firme de lo que somos y de Quien somos.


Cristianos en la Tierra Santa

POSTED BY: holzapfel

06/01/09


Durante el mes del Ramadán, los musulmanes ayunan todos los días desde el amanecer hasta el atardecer y luego lo celebran con la familia cada noche en la cena. Hace varios años, durante este tiempo especial, yo dirigía un grupo de estudiantes de BYU en Jerusalén, en una excursión a la Franja Occidental (conocida hoy como los Territorios Palestinos, o simplemente Palestina). Nablus, la antigua Siquem, se estaba convirtiendo en uno de los puntos difíciles del conflicto israelí-palestino, por eso, uno de los guardias de seguridad palestinos en BYU (los cuales todos eran muy queridos por los estudiantes) nos acompañaba como medida de seguridad adicional en nuestro viaje a esta zona palestina. De regreso a Jerusalén, los alumnos se sorprendieron al ver que él sacó un sándwich y empezó a comerlo. Al ver a los asombrados estudiantes, les dijo, con el sándwich en lo mano, “¡Eh, soy cristiano!” No se habían percatado de que alguno de los guardias de seguridad pudiera ser cristiano; simplemente se supuso que eran musulmanes.

Mi experiencia como director de giras a la Tierra Santa es que la mayoría de los turistas norteamericanos dan por hecho que todos los palestinos, o los árabe-israelíes son musulmanes. Verdaderamente, los árabes cristianos son “los fieles olvidados” (véase “The Forgotten Faithful: Arab Christians,” [Los fieles olvidados: Los árabes cristianos] National Geographic, June 2009, 78–97). Sorprendentemente, en 1914, más de un 26 por ciento de la población eran cristianos , en lo que hoy se conoce como Israel, Jordania, Líbano, los Territorios Palestinos y Siria(87). No hace mucho, los palestinos cristianos constituían la mayoría en Belén, con un 80 por ciento de la población. En la actualidad constituyen un 10 por ciento de lo que hoy es definitivamente una ciudad musulmana. Este descenso en Belén, así como en Nazaret, es similar a lo que ha ocurrido en toda la región, donde los cristianos son ahora menos de un 9 por ciento de la población total. Irónicamente, en la actualidad, la mayoría de occidente ve a estos cristianos con recelo, y a la vez , sus vecinos musulmanes los están marginando más y más e incluso los obligan a convertirse o a huir. Se encuentran, como dice el refrán, entre la espada y la pared.

Cabe destacar que ha habido muchos cristianos del Medio Oriente que son bien conocidos. Por ejemplo , Abdalá Jaime Bucaram Ortiz, un católico libanés, presidente de Ecuador (1996–1997); John Sununu, cristiano ortodoxo griego de origen palestino-libanés, es un líder político estadounidense; Carlos Ghosn, presidente (CEO) de la Nissan y la Renault es cristiano maronita libanés; Hanan Ashrawi, activista palestino y portavoz de laAutoridad Palestina es anglicano; Paul Anka, cantante norteamericano de música pop es cristiano sirio; Salma Hayek, actriz libanés-mexicana es católica-romana; Azmi Bishara, miembro del Knéset (parlamento) israelí es ortodoxo griego árabe-israeli; y Tony Shalhoub, estrella de la televisión ganador del premio Emmy por la serie Monk, es cristiano maronita libanés.

Algunas otras experiencias en el Medio Oriente revelan la situación singular en la que se encuentran en la actualidad.los cristianos del Medio Oriente.

En una conversación privada hace unos años con un amigo cristiano palestino, él me dijo que no le gustaba vivir bajo la ocupación israelí, pero temía que si los palestinos establecían su propia nación sería un estado religioso islámico. En lo que yo solamente puedo describir como una total y a la vez serena desesperación, él añadió, “tal vez no haya futuro para mí y mi familia en esta tierra”; una tierra donde nació el cristianismo y una tierra donde su familia llevaba viviendo más de quinientos años como cristianos.

Durante una gira por la Tierra Santa, hace unos cinco o seis años, varios participantes hablaron con un palestino durante una de nuestras paradas para descansar. Aparentemente la breve conversación comenzó con unas preguntas inofensivas sobre su opinión sobre el conflicto israelí-palestino; sin embargo, al conversar con él, se hizo evidente que ellos apoyaban las políticas actuales del Estado político de Israel, incluyendo la expansión de los asentamientos judíos en las tierras palestinas de la Franja Occidental (Gaza). Al acercarme yo, le preguntaron, “¿por qué no se mudan los palestinos a Jordania y permiten que los israelíes tengan su propio país?” aparentemente supusieron que los palestinos no tenían la misma clase de conexiones históricas o los reclamos sobre la tierra que tenían los judíos; que los palestinos, como musulmanes, eran extranjeros y forasteros en la Tierra Santa.

Estos turistas se sorprendieron cuando él les respondió, “¿por qué ustedes los americanos no piensan o se preocupan, por nosotros sus hermanos cristianos? ¿No somos seguidores de Jesús como ustedes? ¿No son Belén, Nazaret, Capernaúm y Jerusalén sagradas para nosotros también? Entonces se declaró cristiano palestino, no musulmán palestino. Simplemente dieron por hecho, al igual que mis alumnos de BYU, que todos los árabes o palestinos eran musulmanes. En la conversación, descubrieron que la familia de él había vivido en esa tierra por siglos y que eran cristianos desde hacía mucho más tiempo que sus propias familias, que muy probablemente eran campesinos paganos viviendo en las aguas estancadas de Europa, cuando los progenitores de él aceptaron el cristianismo en la Tierra Santa hace casi dos mil años. De alguna forma, ahora les parecía incorrecto que los cristianos creyentes que habían vivido en esa tierra tanto tiempfo ueran perseguidos, echados y marginados por las ideologías rivales políticas, económicas y religiosas de la región.

El artículo de este mes de la revista National Geographic sobre los cristianos del Medio Oriente, es una gran introducción a su historia, resaltando una importante visión hacia el conflicto que tal vez no nos sea tan familiar como lo debiera ser. Al final, es más complejo de lo que suponemos generalmente.

 

 

 


Dios ha vuelto

POSTED BY: holzapfel

05/27/09


En los últimos doscientos años, los pensadores europeos como Karl Marx, Emile Durkheim y Max Weber creían que la religión estaba destinada al fracaso y que Dios estaba muerto; sin embargo, la historia siempre parece sorprendernos. Pocos líderes políticos y académicos del pasado habrían imaginado que la gente de fe y sus instituciones jugarían un papel tan importante en el mundo de hoy. Aun los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 demuestran que, sin importar en donde viva uno, es importante entender lo que se enseña en una escuela religiosa de Arabia Saudita. Además, las elecciones presidenciales de Estados Unidos en el 2008, revelaron que las creencias religiosas todavía son importantes, aunque la Constitución Norteamericana no requiere de ninguna prueba religiosa para aquellos que buscan un puesto público (el artículo VI, sección 3, declara, “jamás se requerirá prueba religiosa alguna como requisito para cualquier oficio o puesto público en los Estados Unidos”).
Uno de los últimos esfuerzos por comprender cómo y por qué la fe está rebotando en la cara del laicismo dominante y profundo es la obra de John Micklethwait y Adrian Wooldridge, titulada God is Back: How the Global Revival of Faith Is Changing the World (New York: Penguin, 2009) [Dios ha vuelto: Cómo está cambiando al mundo el resurgimiento global de la fe]. Como algo interesante, los Santos de los Últimos son mencionados en varias ocasiones (véase las Págs. 18, 19, 65, 115, 124, 229, 233, 350, 357, 371).

Los autores describen sus esfuerzos como un “largo viaje” y añaden, “Sin duda, el mensaje general [de este libro] deprimirá a muchos laicistas; en ocasiones nos ha deprimido a nosotros también. Han ocurrido algunas cosas terribles en el nombre de Dios en este siglo. Indudablemente hay más en el camino”. Concluyen, “De forma desigual y gradual, la religión se está convirtiendo en una cuestión de elección – algo en que las personas deciden si creen (o no)” (372). Este modelo, en el que la elección juega un papel fundamental en la decisión de creer o no creer, es cabalmente americano. De ahí que la ola del futuro es el modelo americano, en el que no existe ninguna iglesia establecida del estado y en el que la gente decida por sí misma en lo que van a creer.

El libro ofrece información bastante sorprendente, como:

  • “Para el 2050, China bien podría ser la nación musulmana más grande del mundo, así como la cristiana más grande” (5).
  • “Muchos conflictos antiguos han adquirido un matiz religioso. La perniciosa guerra de sesenta años por Palestina comenzó como un asunto principalmente laico. . . . En la actualidad, en la era de Hamas, colonos judíos y sionistas cristianos, el conflicto israelí-palestino se ha vuelto mucho más sectario y polarizado, con cada vez más gente reclamando que Dios está de su lado” (13).
  • Una encuesta de 2006—quince años después de la caída del régimen soviético—descubrió que el 84 por ciento de la población rusa creía en Dios, mientras que sólo el 16 por ciento se consideraban ateos” (13).
  • La mayoría [de las estadísticas] parecen indicar que la tendencia global hacia el laicismo se ha detenido, y bastantes indican que la religión está al alza. Una estimación sugiere que la proporción de personas ligadas a las cuatro religiones más grandes del mundo – Cristianismo, Islam, Budismo e Hinduismo—aumentaron de un 67 por ciento en 1900 a un 73 por ciento en 2005 y para el año 2050 podrían alcanzar un 80 por ciento” (16). “Se mire como se mire, la fe tiene más probabilidades de afectarle a uno que antes, bien sea porque es parte de su vida o porque es parte de la vida de alguien a su alrededor – sus vecinos, sus compañeros de trabajo, hasta sus gobernantes o la gente que intentan derrocarlos” (24).
  • Un estudio riguroso sobre las creencias religiosas americanas . . . demuestra claramente que el país más poderoso del mundo es uno de los más religiosos. Más de nueve de cada diez americanos (92 por ciento) creen en la existencia de Dios o de un espíritu universal” (131).
  • “Los científicos sociales han producido muchas evidencias de que la religión es buena para uno . . . Daniel Hall, doctor del Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh, ha descubierto que la asistencia semanal a la iglesia puede añadirnos de dos a tres años de vida, [resultando en] ‘una expectativa de vida sustancialmente mayor’”(146)
  • “La religión también parece estar relacionada con la felicidad. Uno de los resultados más impactantes del sondeo regular de Pew es que los americanos que asisten a servicios religiosos una o más veces a la semana son más felices (43 por ciento muy felices) que aquellos que asisten mensualmente o menos (31 por ciento) o que rara vez o nunca (26 por ciento)” (147).
  • “La religión puede combatir el mal comportamiento así como promover el bienestar” (147).
  • “La religión parece proporcionar lazos sociales. . . . Las iglesias ofrecen un lugar seguro, en el que la gente puede conocerse y combinar información y experiencia. Ponen en contacto a personas con problemas y a las personas con soluciones” (148—149).

Al final, los autores nos recuerdan lo equivocados que han estado los expertos del pasado acerca de Dios y la religión, incluyendo a Peter Berger, quien aseguró al New York Times en 1968 que para “el siglo XXI, los creyentes religiosos se encontrarán probablemente en pequeñas sectas, agrupados para resistir una cultura laica mundial” (52).


“Las piedras clamarían”

POSTED BY: holzapfel

05/07/09


Cuando Jesús vino a Jerusalén, en lo que sería su última visita, caminó desde el Monte de los Olivos hasta la ciudad Santa. Al hacerlo: “toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto” (Lucas 19:37). Lucas añade: “Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él [Jesús], respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían” (Lucas 19: 39-40).

Hay piedras por doquier en esta tierra áspera. No sólo la gente las ve por todas partes, sino que caminan encima de ellas y visitan lugares hechos de piedra, tales como la Tumba del Huerto, o la tumba labrada en la peña en la Iglesia del Santo Sepulcro; la roca donde Abrahán ofreció a Isaac, cubierta ahora por la Cúpula de la Roca, la roca donde Jesús oró en Getsemaní (parte del altar en la Iglesia de Todas las Naciones); y el enorme muro de contención herodiano del Monte del Templo. La semana pasada regresé de visitar Jerusalén. A veces las campanas de las iglesias, la llamada del muecín, y la sirena del día de reposo Judío captan nuestra atención con sonidos que compiten flotando en el aire. Pero la verdadera historia se encuentra en las piedras.

En el vuelo a Jerusalén, leí el último libro de Simón Goldhill, Jerusalem: City of Longing [Jerusalén, Ciudad de Añoranza](Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press, 2008). Me ayudó en mi visita, pues me proporcionó unos elementos de comprensión que me permitieron enlazar mucha información con años de experiencia en Jerusalén. Al pensar en la gente que conocí, (guías, turistas, taxistas, y otras personas) me di cuenta de la frecuencia con que la mayoría de nosotros queremos ver los relatos de Jerusalén en “blanco y negro”. Pero, como Goldhill demuestra en esta narración bien elaborada, “para ser apreciada la ciudad tiene que ser vista desde múltiples perspectivas ” (viii), y los relatos son “mucho más complicados y mucho más interesantes que los estereotipos” (ix).

En lugar de producir un guión cronológico, el autor proporciona un panorama de diferentes lugares (en su mayoría asociados con rocas o piedras) relacionados con puntos importantes de la historia de Jerusalén. Al contar su relato, Goldhill proporciona algunas de las “narrativas opuestas” (judía, musulmana, y cristiana; ortodoxa, católica y protestante) proporcionando sus propias versiones “blanquinegras” de los eventos (282). Concluye habilmente, “Las tensiones entre las tres religiones abrahámicas [Judaísmo, Cristianismo e Islam] apuntan intencionadamente a los santos lugares, a sus posesiones, su tutela legal, su valor simbólico” (47). En un sentido muy real, la tutela legal de cada lugar permite a cada grupo compartir su propia narrativa que le otorga validez.
Goldhill concluye diciendo, “Jerusalén tiene una extraña relación con las piedras”. Indica que incluso “los arqueólogos procuran hacerlas hablar”. No obstante, reconoce que existe la inevitable desilusión del pasado perdido, fragmentado, desconocido y quebrantado”, cuando nos apoyamos en la arqueología (225).

No todos estarán de acuerdo con los sitios y relatos que Goldhill decidió incluir, pero los lectores descubrirán que él “trató de contar esta historia de la manera más simple y neutral posible” (281). Si han visitado Jerusalén, si tienen planes de visitar Jerusalén, o si sólo están interesados en la ciudad, este libro bien merece una visita, pues nos brinda un enfoque matizado a una ciudad compleja. Concluye diciendo, “estar en Jerusalén es estar en una ciudad de añoranza, al buscar uno su propio lugar en los estratos de la historia, la imaginación, la creencia, el deseo y el conflicto que hacen que Jerusalén sea lo que es” (332).


Viernes Santo

POSTED BY: holzapfel

04/10/09


Harry Anderson, “La Crucifixión”

El blog de esta semana fue elaborado por el escritor invitado Eric D. Huntsman, profesor asociado de escritura antigua.

El presidente Uchtdorf, en su discurso de la conferencia el 5 de abril de 2009, se refirió a ese domingo como el Domingo de Ramos. Anticipando la Pascua, animó a los miembros de la Iglesia a centrar más plenamente sus mentes en el gran sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo. El presidente Uchtdorf dijo, “Lo adecuado es que durante esta semana, desde el domingo de Ramos hasta la mañana de Pascua de Resurrección, dirijamos nuestros pensamientos hacia Jesucristo, la fuente de luz, vida y amor. Quizá la multitud de Jerusalén lo haya visto como un gran rey que los salvaría de la opresión política. Pero, en realidad, Él nos dio mucho más que eso. Nos dio Su Evangelio, una perla de precio incalculable, la gran clave de conocimiento que, si la comprendemos y usamos, nos abre la puerta hacia una vida de felicidad, paz y satisfacción”. El Élder Holland, en su discurso, también se refirió a la última semana del Salvador: “A medida que se acerca esta Semana Santa – el Jueves de Pascua con su Cordero Pascual, el Viernes Expiatorio con su cruz, el Domingo de Resurrección con su sepulcro vacío – ruego que declaremos que somos plenos discípulos del Señor Jesucristo”.

Hoy es Viernes Santo (en inglés, Viernes Bueno, traducido literalmente), observado por muchos en el mundo cristiano como un día de gran solemnidad y santidad. Cuando era joven, sabiendo de dicho día, gracias a mis muchos amigos y vecinos católicos romanos o protestantes, pensé que el término inglés “Viernes Bueno” era un oxímoron. ¿Qué tenía de bueno el día que murió Jesús? Sólo a medida que maduré en el Evangelio llegué a comprender que la muerte de Jesús era santa, un acto sagrado que sellaba el trayecto expiatorio que había comenzado la noche anterior cuando Él tomó sobre sí nuestros pecados y pesares y entonces, como victima expiatoria, llevó esa carga al altar – en este caso una cruz- donde pagó el precio máximo. Más adelante llegué a comprender otro matiz lingüístico. Muchos ven el uso de “good” en “Good Friday” (Viernes Santo) como uso arcaico, a semejanza de “good-bye” (adios). Aquí podría ser un sinónimo de “God” (Dios), en cuyo caso sería “God´s Friday” (Viernes de Dios), ese día de significado cósmico cuando el Padre reconcilió el mundo para Sí: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5: 8-11). 

Como Santo de los Últimos Días, mucho de lo que se conmemora en Viernes Santo en otros tiempos me parecía incomodo. “Adoramos a un Cristo viviente, no a un Cristo muerto”, era la frase común con la que me crié. Era más fácil reconocer que Jesús de algún modo tomó sobre Sí la carga de nuestros pecados y pesares en Getsemaní para luego pasar lo más rápido posible por lo desagradable del juicio, el abuso y la crucifixión, al gozo de la mañana de la Pascua de Resurrección. La cruz me era particularmente extraña, si no es que incomoda. La Iglesia no cuenta con imágenes en nuestras iglesias y templos, aunque sí abundan otras clases de simbolismos. Al no entender los detalles teológicos de la misa como un “verdadero sacrificio” en la tradición católica romana, no capté por qué el crucifijo era tan importante para mis amigos. Sin molestarme en preguntar a mis amigos protestantes lo que significaba la cruz para ellos, hasta que no fui adulto ignoré el hecho de que para ellos la cruz no era sólo un símbolo de Su muerte por nosotros, ya que para ellos también era un símbolo de su resurrección, ¡porque la cruz estaba vacía!

Sin embargo, un estudio más detallado ha aportado una nueva conciencia de la riqueza simbólica de las escrituras y de las imágenes de la muerte de Jesús sobre la cruz. Aquí, no es la cruz en sí misma, ya fuera un palo vertical o un simple andamiaje sobre el cual se ataba o clavaba la viga de la victima. Ni tampoco es la iconografía religiosa de una cruz latina o griega. En cambio, para mí, el significado de la crucifixión yace en la imagen de Cristo “siendo levantado”, con la cruz como madero y en las marcas o señas duraderas que dejó Su sacrificio.

En el Evangelio de Juan, Jesús dice tres veces que Él debe ser levantado como parte de su regreso al Padre y de atraer a todos los hombres para Sí (véase Juan 3:14, 8:28, 12:32-33) y en la última ocasión deja claro que ésta era una referencia de cómo moriría. La crucifixión era una forma de ejecución muy humillante pero sobre todo muy pública, pero lo que aquí parece ser significativo es que el sacrificio de Jesús está allí para que todos lo vean, en toda época y lugar. Juan 3:14 lo conecta directamente con levantar la serpiente sobre una asta en el desierto (véase Números 21:9), una imagen que los autores del Libro de Mormón reconocieron y ampliaron (véase 2 Nefi 25:20; Alma 33:19; Helamán 8: 14-16). Por lo tanto, la crucifixión ilustra que la muerte salvadora de Jesús brinda curación y vida a todos los que simplemente miren hacia Él.

Pero quizá el respaldo más importante de “levantar” imágenes vino del mismo Jesús, que les dijo a los nefitas: “Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres, para que así como he sido levantado por los hombres, así también los hombres sean levantados por el Padre, para comparecer ante mí, para ser juzgados por sus obras, ya fueren buenas o malas; y por esta razón he sido levantado; por consiguiente, de acuerdo con el poder del Padre, atraeré a mí mismo a todos los hombres, para que sean juzgados según sus obras” (3 Nefi 27:14-15).

El reconocer que la crucifixión era equivalente a “ser colgado en un madero” añade otro nivel de simbolismo. Bajo la ley de Moisés, era maldito el que fuera colgado en un madero (véase Deuteronomio 21:22-23), explicando quizá una de las razones de por qué los opositores de Jesús estaban ansiosos de que los romanos lo crucificaran. Aunque no está totalmente claro qué derechos de pena capital habrían tenido las autoridades judías (la prohibición de ejecutar hombre alguno en Juan 18:31 podría haberse referido a la ley judaica, ya que no podían ejecutar durante Pascua), hacer que los romanos mataran a Jesús no hizo más que transferir la culpa. La ejecución judía por blasfemia habría sido la lapidación, mientras que la ejecución romana por traición y rebelión era la crucifixión. El sumo sacerdote le había preguntado a Jesús la noche anterior, “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” (Marcos 14:61) y nada podía haber probado que Jesús era justo lo contrario, maldito de Dios, que haberle colgado en un madero. No obstante, esta “maldición” era parte de que el Salvador descendiera “debajo de todo”. Ciertamente, Pablo escribió, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (Gálatas 3:13).  

Lo asombroso, sin embargo, era que la cruz, el madero de la maldición, se convirtió para nosotros, en efecto, en un árbol de la vida. Después de que Jesús expiró, “uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Juan 19:34). Pensando en lo que Jesús le dijo a la mujer samaritana sobre el agua viva, en Juan 4, o en Su discurso en Juan 7 sobre el Espíritu que da vida, en el cual de Él corren ríos de agua viva, esta señal sugiere que la muerte de Jesús produjo vida. De hecho, en la iconografía medieval se extendió la imagen de la “cruz verde”, que a menudo se retrataba con brotes de hojas y frutos.

Finalmente, la crucifixión dejó señales duraderas del acto salvador del Señor, marcas que se usaron para impartir un testimonio seguro de que Él era el Señor y Dios de aquellos a quienes Él salvó. Aunque la experiencia de Tomás, después de la resurrección, sugiere que debemos ser creyentes antes de recibir tal seguridad (véase Juan 20:24-29), el que Jesús mostrara las marcas en sus manos, pies y costado adquirió un significado casi ritual, cuando se les apareció a los nefitas en el templo de Abundancia: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo” (3 Nefi 11:14).

Por estas razones, al leer, repasar y meditar los últimos actos del Salvador en ese día, ya no me asustan las imágenes que en otros tiempos me eran extrañas. En cambio, me regocijo en lo que Jesús hizo por mí y lo veo como un precursor necesario, no sólo para la mañana de la Pascua, sino para el gran don de la vida eterna, el precioso fruto del árbol, el cual “es el más grande de todos los dones de Dios” (1 Nefi 15:36; véase también D. y C. 14:7)