Una Vida Sana y Equilibrada

POSTED BY: Robert L. Millet

03/10/11


Dios no espera que trabajemos hasta que lleguemos al agotamiento espiritual, emocional y físico, y tampoco desea que los miembros de la Iglesia sean más verdaderos que la verdad. Hay muy poca virtud en los excesos, aún en los excesos del evangelio. De hecho, si sobrepasamos los límites de lo apropiado y vamos más allá de los límites establecidos, nos exponemos a la decepción y finalmente a la destrucción. La falta de equilibrio lleva a la inestabilidad. Si Satanás no puede hacer que mintamos o robemos o fumemos o que seamos inmorales, bien pudiera ser que él causará que nuestra fuerza —nuestro celo por la bondad y la rectitud— se convierta en nuestra debilidad. El va a estimular el exceso, porque con certeza cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio.

“Los caballitos de batalla” del evangelio llevan a la falta de equilibrio; a la inestabilidad; a la distracción y a mala percepción. Son peligrosos y debemos evitarlos como lo haríamos con cualquier otro pecado. El Presidente José Fielding Smith dijo: “Frecuentemente miramos a nuestro derredor y vemos a personas que se inclinan a ser extremosas, que son fanáticas. Podemos estar seguros de que esta clase de personas no entienden el evangelio. Han olvidado, si acaso una vez lo supieron, que es muy imprudente tomar un fragmento de la verdad y tratarlo como si constituyera el todo” (Doctrina del Evangelio, página 117). Montar un caballito de batalla es participar en el fanatismo y perpetuarlo. En otra ocasión, el presidente Smith enseó: “Hermanos y hermanas, no tengáis vuestro “caballito de batalla”. Dar precedencia a un tema es peligroso en la Iglesia de Cristo, peligroso porque se da prominencia indebida a ciertos principios o ideas, con lo que se deslustran y menoscaban otros igualmente importantes, igualmente obligatorios, con igual poder para salvar que las doctrinas y mandamientos favorecidos.

“Esta predilección da un aspecto falso del evangelio del Redentor a quienes la apoyan; tergiversan sus principios y enseanzas y los hace discordantes. Este punto de vista es innatural. Todo principio y práctica revelados de Dios son esenciales para la salvación del hombre, y el anteponer indebidamente uno de ellos, escondiendo y opacando todos los demás, es imprudente y peligroso; amenaza nuestra salvación porque obscurece nuestra mente y ofusca nuestro entendimiento. . . .

“Hemos notado esta dificultad: que los miembros que tienen que tienen una doctrina predilecta tienden a juzgar y a condenar a sus hermanos y hermanas que no son tan celosos como ellos en ese derrotero particular de su teoría favorita. . . . Esta dificultad tiene otro aspecto: el hombre que tiene su teoría predilecta está propenso a asumir la posición de que soy “más justo que tú“, y llegar a engreírse y envanecerse, y mirar con desconfianza, cuando no con sentimientos más severos, a sus hermanos y hermanas que no viven a la perfección de acuerdo con esa ley particular” (Doctrina del Evangelio páginas 112-113).

La excelencia al vivir el evangelio —el cumplir las leyes y ordenanzas establecidas de forma tranquila, consistente y paciente— da como resultado la humildad, la mayor confianza en Dios, y una aceptación más amplia de nuestro prójimo. Lo que hagamos a nombre de la bondad debe acercarnos a quienes amamos y servimos; debe volver nuestros corazones hacia la gente, en vez de hacia el prejuicio, el escarnio y el rechazo. El hombre más grandioso que haya caminado sobre la tierra, el único ser humano perfecto, vio con ternura y compasión a aquellos cuyas costumbres y acciones no eran perfectas.

Se nos ha aconsejado que nos mantengamos en la corriente principal de la Iglesia, que veamos que nuestra obediencia y fidelidad se reflejen en una vida sana y equilibrada. Aunque debemos ser verídicos, no necesitamos ser más verdaderos que la verdad. Y aunque no debemos participar de los vicios del mundo, debemos vivir en él. Aunque debemos ser “valientes en el testimonio de Jesús” (DyC 76: 79), nuestro celo no debe ser excesivo. Llegaremos con seguridad al final de nuestro viaje en el evangelio mediante un discipulado constante y dedicado —amando al Seor y confiando en Él, guardando sus mandamientos y sirviendo a sus hijos— no por medio de cruzadas de rectitud o de maratones espirituales. La conversión verdadera se manifiesta en una simplicidad estable.

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