La astronomía y los egipcios: Un enfoque a Abraham 3

By Kerry Muhlestein

Kerry Muhlestein, "La astronomía y los egipcios: Un enfoque a Abraham 3," en Buscad Diligentemente​, ed. Richard Neitzel Holzapfel y Kent P. Jackson, trad. Nefi Treviño y Fernando Dealba (Provo, UT: Religious Studies Center, 2010), 145–64.

La astronomía y los egipcios: Un enfoque a Abraham 3

Kerry Muhlestein

 

Kerry Muhlestein es profesor asociado de escritura antigua en BYU.

 

Desde hace mucho he tenido la idea de que el universo está construido sobre símbolos, mediante los cuales una cosa habla de otra; la menor testificando de la mayor, elevando nuestros pensamientos del hombre hacia Dios, de la tierra hacia el cielo, del tiempo a la eternidad [...] Dios enseña por medio de símbolos; ése es su método preferido de enseñanza.

                                                                        —Orson F. Whitney [1]

 

Abraham 3 es una de las secciones más enigmáticas de la Perla de Gran Precio. Tanto el maestro como el alumno sienten que hay algo más en el texto que el significado que están sacando de él. Cada exploración minuciosa suavemente descubre otra capa de entendimiento del texto, pero siempre sentimos que solamente hemos extraído la mínima parte de lo que tiene que ofrecer. Aunque no pretendo poseer una gran llave para abrir esta revelación, creo que hay algunos principios de apercepción intuitiva que arrojan luz sobre la visión nocturna de Abraham.

Ciertamente los maestros pueden usar una variedad de enfoques al enseñar Abraham 3. La mayoría de los estudiantes tendrán curiosidad por los nombres exóticos que se mencionan en los versículos 3 y 13, y vale la pena atender esas preguntas. [2] También vale la pena investigar respecto de las habilidades de los egipcios en la astronomía y la forma en que Abraham pudo haber contribuido a dichas habilidades. Sin duda los egipcios de la época de Abraham tenían un concepto de un cosmos geocéntrico con énfasis particular en “aquello que el sol rodea (šnnt itn)” [3], refiriéndose a la tierra. En muchos aspectos, la visión de Abraham parece ser geocéntrica. [4] Aún así, Abraham obtiene un punto de vista del universo “Kólob-céntrico”. [5] Sin embargo, algunos aspectos del pensamiento astronómico egipcio no son nada “céntricos”. Y puede ser que la visión no encaje en ningún enfoque astronómico hasta ahora conocido porque el Señor le pudo haber mostrado a Abraham un modelo que todavía no es comprendido por los astrónomos modernos. Sin embargo, creo que tropezamos cuando tratamos de entender la visión de Abraham en los términos de paradigmas astronómicos. [6] Es muy posible que el Señor estaba describiendo los cielos y la astronomía de manera alegórica a fin de enseñar principios doctrinales más bien que astronómicos. Tratar de entender los principios astronómicos tiene su mérito (aunque algunos intentos inconclusos hayan sido usados contra nosotros [7]), y aunque puede haber en la narración un paradigma cósmico que desentrañar, parece que, en lo que respecta al salón de clases del evangelio, las enseñanzas alegóricas son las de mayor peso.

Abraham no era un principiante de astronomía. Él nos dice que tiene los registros de los padres y que esos registros contienen “el conocimiento del principio de la creación, y también de los planetas y de las estrellas, tal como se dio a conocer a los patriarcas;” Abraham aclara que la información que el registra es “para el beneficio de mi posteridad” (Abraham 1:31). Siendo posteridad de Abraham, no sólo debemos preguntarnos qué significó el conocimiento que se encuentra en Abraham 3 para sus contemporáneos, sino también qué quiso que nosotros, su posteridad de los últimos días, obtuviéramos de ello. Esto requiere una investigación profunda de la época de Abraham así como de las ramificaciones de su visión para nuestros días.

Es interesante notar que parece que Abraham tuvo dos visiones distintas, una por medio del Urim y Tumim que está registrada en la primera parte del capítulo 3, y la segunda mientras habla cara a cara con el Señor, empezando entre los versos 10 y 12 (no está bien claro cuándo Abraham cambia de oír al Señor vía el Urim y Tumim a hablar cara a cara con Él). De hecho, la primera parte del capítulo puede ser que no haya sido una visión sino una conversación entre Abraham y el Señor acerca de las estrellas que veía con su ojo natural y las otras cosas que vio por medio del Urim y Tumim. [8] Con seguridad, la segunda parte fue una visión. En cada una de estas visiones, Abraham ve algo del sistema cósmico, el cual el Señor usa para enseñar principios doctrinales mediante la apercepción. [9] Los principios que se enseñan en ambas visiones son semejantes, pero la primera visión parece comentar dichos principios en un nivel más general, y la segunda en un nivel más específico. Para dilucidar las lecciones que el Señor le está enseñando a Abraham —y, por medio de Abraham, a nosotros— primero debemos hacer algunas preguntas.

Los propósitos de la astronomía

Para entender los símbolos que el Señor usa en esta revelación a Abraham, debemos preguntarnos, ¿Por qué el Señor le está hablando a Abraham acerca de las estrellas? Aunque el Señor enseña frecuentemente a Sus profetas con respecto a los cielos, no siempre enseña las mismas cosas en cada ocasión. Por ejemplo, cuando Moisés aprende acerca de las muchas creaciones de Dios, es para ayudarle a entender la vastedad de la gran obra de Dios y la importancia central que tiene la humanidad en dicha obra (véase Moisés 1:32–39). Aunque no sabemos qué fue lo que Dios le enseñó a José Smith acerca de los cielos, es obvio que él aprendió algo que le ayudó a entender los grados de gloria hacia los que irá la humanidad (véase DyC 76:70–71, 96–98). Pero ¿por qué se le mostró a Abraham una visión de las estrellas y los planetas? ¿Cuál fue el propósito?

El Señor mismo contesta parcialmente esta pregunta: “Abraham, te enseño estas cosas antes de que entres en Egipto, para que declares todas estas palabras” (Abraham 3:15). ¿Cuáles palabras quiso el Señor que declarara Abraham? Si el Señor se refiere a las palabras que Él usa para describir las rotaciones de Kólob, la tierra, la luna, y otros cuerpos celestes, es posible que el Señor simplemente quisiera que Abraham les enseñara astronomía a los egipcios. En el relato del Génesis de la visita de Abraham a Egipto, enfatiza que Abraham se hizo rico ahí (véase Génesis 13:2). Quizás el Señor usó los conocimientos astronómicos de Abraham para que pudiera entrar a la corte del Faraón, en donde él sería enriquecido y así regresaría a la tierra prometida con una posición de poder. Sin embargo, la frase “todas estas palabras” indica que Abraham debía enseñar no solamente astronomía sino también los principios del evangelio que el Señor explicó usando los medios astronómicos.

Símbolos egipcios

Si tal es el caso, ¿por qué el Señor escogió la astronomía como el medio simbólico de Su mensaje? ¿Por qué usar este tipo de símbolos? Por supuesto, el Señor no nos ha dado una respuesta directa a esta pregunta, pero aún así, hay algunas cosas que podemos suponer con cierto grado de confianza. Aunque este lugar no es el apropiado para una investigación detallada de la astronomía egipcia, algunas cosas merecen ser resaltadas para que entendamos la magnitud del lenguaje simbólico que Abraham usaría en Egipto.

Es indiscutible que los egipcios dieron importancia a los movimientos y la soberanía de los cuerpos celestes. Por ejemplo, después de la desaparición anual de Sirius (Sopdet), los egipcios sabían que la salida de Canícula [la estrella más brillante] coincidía generalmente con las inundaciones anuales del Río Nilo. Las inundaciones del Nilo eran un tipo de renacimiento, y precursoras del renacimiento que Egipto experimentaba cada año. Se creía también que Sirius servía como guía de los muertos durante su viaje por las estrellas. [10]

Los egipcios designaron a Sirius como una de las treinta y seis estrellas conocidas como decanos [referente al número diez] debido al papel helíaco [relativo al sol] que tenían en un complejo sistema de calendario en el cual una decano substituía a otra cada diez días. Nuestro conocimiento de este sistema emana de las pinturas astronómicas que se hallan en una serie de sarcófagos que datan de poco antes de la época de Abraham. Estas pinturas dejan en claro que en el tiempo de Abraham los egipcios daban gran significado al movimiento de las estrellas. [11] Además, esto se muestra en uno de los antiguos títulos del sacerdote principal de Heliópolis (la On bíblica) a quien se conocía como el observador principal.

Muchos planetas y estrellas tuvieron un papel particularmente importante en la cultura egipcia. Se creía que sus dioses habían dejado la tierra para residir en los cielos; [12] asociaban a la luna con el dios Thoth, al sol con Ra y a Orión con el dios Osiris. De singular importancia para el rey, que estaba asociado con Horus, fueron los planetas Júpiter, Saturno y Marte, que también estaban asociados con Horus. Además, el rey habría puesto atención especial a lo que Abraham tenía que decir con respecto al “luminar mayor que se ha puesto para señorear el día” (Abraham 3:6) porque el rey estaba totalmente vinculado a Ra, el sol, y a su viaje. [13]

La información acerca de las estrellas era también importante para el rey. Las estrellas tales como Gémini y Deneb eran consideradas como marcadores importantes del conocido curso que seguía el sol en su viaje entre las estrellas. Una de las más prolíficas de las primeras imágenes monárquicas era la creencia de que el rey estaba destinado a llegar a ser una de las estrellar circumpolares (las ihmwsk, las estrellas “que no conocieron la destrucción” porque no desaparecieron). [14] El rey también podría convertirse en Sirius en la otra vida. [15] Adicionalmente, Sirius era vista como su hermana, [16] lo cual puede explicarse por las referencias en las cuales Sirius es identificada con Isis [17] (mientras que el rey muerto es Osiris)

Además, Sirius era asociada con la hija del rey [18] y con el padre del rey. [19] Orión era descrito como el rey [20] y como el hermano del rey, [21] y Venus como su hija [22] y su guía. [23] Amehemhet III, un posible contemporáneo de Abraham, escribió en lo alto de su pirámide que él era “más alto que las alturas de Orión.” [24]

Estas pocas referencias ilustran ampliamente el punto: el rey egipcio y su corte conocían y estaban interesados en los movimientos del sol, la luna, los planetas y las estrellas. En nuestra época de grandes ciudades y luces eléctricas, es muy difícil imaginarse hasta qué punto estos cuerpos celestes eran parte de la vida egipcia. La mayoría de los estudiantes no ven noches estrelladas debido a la contaminación de la luz. Las luminarias nocturnas naturales eran muy asombrosas en Egipto, ya que la mayoría de las noches eran despejadas y muy claras. Los cuerpos brillantes de la noche eran de gran tamaño; dominaban el panorama nocturno y se metían en la mente y en las visiones de cada alma egipcia. Para estos antiguos habitantes, eran una presencia mucho mayor y más importante de lo que nosotros podríamos asumir naturalmente. Debido a esta vista poderosa, las estrellas les hablaron fuertemente a los egipcios aunque no lo quisieran. Sus movimientos y su poder eran un ruido del que no podían escapar que fluía sobre los ojos de nuestros antiguos homólogos.

En mi opinión, este es el por qué Abraham descubrió que el lenguaje de las estrellas sería un medio de comunicación muy significativo para los egipcios. En el lenguaje misional actual, la astronomía le ayudó a Abraham a encontrar creencias comunes, y sus conocimientos en ésta área le permitieron establecer relaciones de confianza. Si el Señor quería algo que fuera conocido y convincente para enseñarle el evangelio al Faraón y a su pueblo, la astronomía fue una decisión eficaz no solamente porque los egipcios estarían interesados, ni tampoco únicamente porque estaban acostumbrados a que los cuerpos celestes tuvieran enseñanzas simbólicas, sino porque también los movimientos y los principios de las estrellas y los planetas se prestan para un poderoso mensaje.

Esencialmente, el Señor le estaba enseñando, como lo hace con frecuencia, a Abraham y a los egipcios por medio de simbolismos. A medida que reconocemos y entendemos estos símbolos, no solamente descubrimos información con respecto a esta revelación específica para Abraham, sino que también nos familiarizamos más con el lenguaje del simbolismo. Trabajar por medio de estos símbolos prepara a nuestros estudiantes a trabajar por sí mismos por medio de otros; y esto ayudará a los estudiantes a desarrollar habilidades con las escrituras así como la confianza en dichas habilidades.

Hay otra lección que se debe aprender. Al ver el cuidado especial que pone el Señor para ayudar a uno de Sus profetas más grandes a que esté preparado para compartir el evangelio entre un pueblo extraño, comprendemos lo importante que esto es para Él. Al registrar esta experiencia para su posteridad, Abraham nos enfatiza lo mucho que el Señor quiere que él esté preparado para llevar el encargo en el Convenio de Abraham de hacer que el nombre del Señor sea conocido por toda la tierra. Aquí vemos a Abraham que está pasando por el centro de capacitación misional del Señor; se le motiva para compartir el evangelio, y se le equipa con las herramientas (tal como encontrar creencias comunes) para compartir ese mensaje.

Los puntos gobernantes del universo  

Para dilucidar los principios que se enseñan en este mensaje astronómico, he creado, como ayudas visuales, unos modelos de círculos concéntricos (aunque no sabemos si los egipcios empleaban en esa época la idea de los círculos concéntricos). El crear estos modelos nos obliga a preguntarnos si el cuerpo que gobierna debe ser dibujado en el centro o como la esfera exterior. Para ambos modelos se puede formular un buen caso. Como se ha dicho, la astronomía en ese tiempo se consideraba geocéntricamente. Esto pondría a la tierra en el centro del modelo con los cuerpos más grandes en las órbitas exteriores. Este modelo debió haber sido muy significativo para los egipcios. Con nuestro punto de vista astronómico moderno, tendemos a pensar que el centro es el punto de control o de gobierno. El sol es el centro de nuestro sistema solar y controla el sistema mediante su fuerza gravitacional. El sol está girando alrededor de un punto gravitacional en nuestra galaxia (posiblemente un hoyo negro), y aún las galaxias están girando alrededor de un punto de fuerza gravitacional en nuestro súper grupo de galaxias. [25] Y en la analogía que el Señor les dio a los egipcios por conducto de Abraham, si la tierra está en el centro, entonces no es el punto central el que gobierna, sino el punto exterior que rodea a todo lo demás. Esto está en línea con el pensamiento egipcio en muchos aspectos, aunque parece ser contrario al punto de vista geocéntrico. Para los egipcios, rodear algo era un poderoso símbolo de controlar o de gobernar a algo, y con frecuencia incluía cierto elemento de protección sobre lo que se rodeaba. El poder sobre la creación lo mostraba Ra, que rodeaba a la tierra. Los muertos deseaban tener tal poder al “ir por (dbn) los dos cielos, que rodean (phr) las dos tierras.” [26] El difunto rey es visto como más poderoso que los dioses mismos, como se nota en la siguiente descripción: “has rodeado (šn.n=k ) todos los bienes en tus brazos, sus tierras y todas sus posesiones. Oh Rey, eres grande, envuelves (dbn) como el círculo (phr) que rodea a los grandes regentes.” [27] En el pensamiento egipcio, lo que rodea es lo que controla, no lo que está en el centro. De ahí que, en un modelo geocéntico, la visión mostrada a Abraham coloca a Dios en las órbitas externas.

Por otra parte, hay alguna evidencia que indica que sería mejor poner a Kólob, o el punto gobernante, en el centro de nuestro modelo. Michael Rhodes ha sugerido una etimología para Kólob como que emana de “la raíz semítica QLB, que tiene como significado básico ‘el corazón, el centro, en medio.’” [28] Esto lo corrobora la explicación de José Smith de la figura central en el hipocéfalo del facsímile 2 como Kólob. Estas ideas indican un modelo en el que Kólob está en el centro. El punto central de cualquier modelo es una cuestión de perspectiva. La tierra gira alrededor del sol, pero desde nuestra perspectiva parece que es el sol el que rodea a la tierra.

A causa de que el Faraón ya concebía al sol rodeando a la tierra y a otros importantes cuerpos que se movían en viajes cíclicos alrededor de la tierra y el sol, fácilmente debió haber entendido el concepto de que las esferas celestes giran unas alrededor de otras en círculos concéntricos. De ahí que la información que se le dio a Abraham en los versículos del 3 al 7 tendría un significado perfecto. Por cada esfera conocida había otra sobre ella hasta que se alcanzara la esfera regente. El Faraón fácilmente podía imaginarse un cosmos que se vería así.

 

Fig. 1. El concepto del cosmos del Faraón

 

Al final, no sabemos de qué manera Abraham o los egipcios pudieron haber preparado sus modelos, con el punto regente en el centro o como el cuerpo que rodea a todos los demás. He decidido preparar todas mis ilustraciones con el punto regente en el centro porque este es el modelo más intuitivo. Para nosotros, decir que Dios está en el centro significa que Él es el punto focal, el punto regente, y, pedagógicamente, esto es preferible. Así que para nuestros fines, el cosmos que Abraham estaba explicando podría haberse visto como la figura 2.

Esta imagen del cosmos nos ayuda a visualizar lo que Abraham le estaba enseñando al Faraón. La información crucial viene en los versículos 8 y 9: “Y donde existan estos dos hechos, habrá otro sobre ellos, es decir, habrá otro planeta cuya computación de tiempo será más larga todavía; y así habrá la computación del tiempo de un planeta sobre otro, hasta acercarse a Kólob, el cual es según la computación del tiempo del Señor

 

Fig. 2. El concepto del cosmos de Abraham

 

Este Kólob está colocado cerca del trono de Dios para gobernar a todos aquellos planetas que pertenecen al mismo orden que aquel sobre el cual estás”. El concepto de planetas orbitando y el tiempo que les gobierna se usa aquí como apercepción para explicar que un ser —no un planeta— era la fuente gobernante. Esto le daría al glorioso rey egipcio algo en qué pensar.

Él debió haber entendido claramente que había muchos gobernantes en la tierra y que tenían diferentes grados de poder. Por ejemplo, los egipcios sabían que había un rey cananeo en Jerusalén pero lo consideraban ser un siervo de Egipto, y de ahí que pudo haberse considerado que estaba en una de las órbitas de gobernantes menores.

 

Fig. 3. El universo centrado en Faraón

 

El Faraón probablemente también sabía del rey de Mesopotamia, que quizás era el rey Ur-Nammu de la ciudad de Ur. Este rey probablemente era visto ocupando una órbita cercana al gobernante egipcio. El reino nubio de Kush había llegado a ser muy poderoso en esa época, pero los egipcios también dominaban a este grupo. Son muy grandes las probabilidades de que el rey egipcio se considerara a sí mismo como el cuerpo que gobernaba las órbitas del liderato, o sea, la fuerza centrífuga que controlaba a los líderes de la tierra.

Lo que debió haber sido alarmante, aunque también lógico, era el razonamiento de que si hay dos hechos, uno era mayor que el otro y que todavía había otro aún más alto (véase el versículo 8). De ahí que si el Faraón estaba sobre el rey de Kush, era razonable que alguien estaba sobre el Faraón. La declaración de Abraham debió haber sido que esta serie de sucesiones continuaba, no solo hasta llegar al Faraón, sino hasta llegar a Dios. El paradigma presentado al Faraón era que, después de todo, él no era el gobernante mayor.

 

Fig. 4. El universo gobernado por poderes superiores

 

La enseñanza por medio de la astronomía debió de haber captado la atención del Faraón. Los principios de gobierno que se enseñaron como apercepción tuvieron significado. Esto le permitió a Abraham enseñar que la humanidad debe temer a Dios y no al hombre (ni siquiera a un hombre considerado semi-divino). Pero la lección no necesariamente terminó allí. Estos círculos concéntricos de gobierno y de orden también se podrían usar para enseñar acerca de la organización del reino de Dios en la tierra, la cual, en el tiempo de Abraham, funcionaba bajo el orden patriarcal. De ahí que nosotros, Abraham, y el Faraón entendemos que seguimos las órbitas de gobierno a partir de nosotros hacia nuestros padres, abuelos, etcétera, hasta que llegamos a la persona que le reporta a Dios, y así, nuevamente tenemos a Dios como el centro, el punto gobernante.

Fig. 5. El orden patriarcal

 

Incidentalmente, esto también se puede usar para entender el gobierno actual de la Iglesia, demostrando que el simbolismo de Abraham 3 no le habla únicamente a la generación de Abraham, sino también a la nuestra.

Fig. 6. El gobierno de la Iglesia

 

Esta vista del universo centrado en Dios le enseña a Abraham, a los egipcios y a nosotros otro mensaje poderoso. Aún dentro del contexto del evangelio es fácil centrarse en varios principios sin unirlos al gran centro: Dios. Por ejemplo, es fácil hablar de la modestia, la honestidad, la Palabra de Sabiduría, o de la ley de los diezmos sin conectarlos al centro del evangelio: Dios, Su Hijo, y la Expiación. Aún los principios edificantes como estos pueden distraer la atención si se separan del enfoque central. El presidente Boyd K. Packer describió la Expiación como la “raíz misma de la vida cristiana. Mucho podéis saber del evangelio al ramificarse desde allí, pero si solamente conocéis las ramas y esas ramas no tocan la raíz, si han sido cortadas del árbol de esa verdad, no habrá vida, ni substancia ni redención en ellas.” [29] Thomas B. Griffith lo dijo de esta manera en un devocional en BYU: “Si no puedes encontrar el vínculo existente entre el tema que vas a enseñar y la Expiación de Cristo, quiere decir que, o no lo has meditado lo suficiente, o no deberías hablar de eso en la iglesia.” [30] Si se entiende apropiadamente, la visión centrada en Dios que está en Abraham 3 nos debería ayudar a recordar que todos los aspectos del evangelio se gobiernan por este gran centro: Dios, Su Hijo y la Expiación.

Las analogías que Abraham logra obtener de los cielos se aumentan porque parece que inmediatamente Dios le muestra una visión más extensa de Sus creaciones: “y él me dijo: Hijo mío, hijo mío (y tenía extendida su mano), he aquí, te mostraré todas éstas. Y puso su mano sobre mis ojos, y vi aquellas cosas que sus manos habían creado, las cuales eran muchas; y se multiplicaron ante mis ojos, y no pude ver su fin” (Abraham 3:12). Abraham no solamente vio más en la visión, sino que también Dios le enseñó más.

La relación de Dios con Abraham y con nosotros

Por ejemplo, Dios comentó más acerca de las bendiciones del Convenio de Abraham. Es difícil saber hasta qué grado ya se había establecido el convenio con Abraham en ese momento. En Génesis 12, justo antes de que vaya a Egipto, se le dice a Abraham que el Señor lo hará una gran nación y que el Señor bendecirá a quienes bendigan a Abraham y maldecirá a quienes maldigan a Abraham (véase Génesis 12:2–3). Estos son dos de los aspectos más importantes del convenio de Abraham. [31] Es tentador considerar la visión que se registró en Abraham 3 como una extensión de cuando el Señor “lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia” (Génesis 15:5), pero el relato de Génesis sucede después del viaje a Egipto. Quizás haya un problema con la cronología del relato de Génesis. Durante este mismo incidente, Abraham ofrece sacrificios, divide las porciones en mitades y camina frente a ellas en lo que es casi ciertamente un símbolo de “cortar un convenio” —traducción literal de la frase hebrea— con Dios. Al aceptarse el sacrificio, el Señor hace convenio de que Abraham tendrá una tierra prometida (véase Génesis 15:9–21), otro aspecto importante del convenio. Pero aún así hasta después se le dice a Abraham, “Y pondré mi pacto entre mí y ti”, se le confirman otros aspectos del convenio y se le cambia su nombre (Génesis 17:2–8).

Es difícil decir si el convenio se estableció por etapas —como parece suceder con nosotros, que entramos en el convenio del bautismo pero participamos de él mas completamente en el convenio del matrimonio— o si se dio en su totalidad de inmediato y se registró de diversos modos en fechas distintas o si hay un problema en el texto de Génesis tal como lo hemos recibido. [32] De ahí que no podamos estar seguros en cuál etapa del convenio estaba Abraham cuando recibió la visión registrada en Abraham 3, pero al menos sabía algo de él. También se le confirmaron los aspectos del convenio que tienen que ver con su progenie cuando, al mostrarle las estrellas de una manera sobrenatural, [33] el Señor le dijo: “Te multiplicaré a ti, y a tu posteridad después de ti, igual que a éstas; y si puedes contar el número de las arenas, así será el número de tus descendientes” (Abraham 3:14). Es interesante tomar en cuenta que en medio de estar viendo una visión diseñada para instruirlo en cuanto lo que debía enseñar a los egipcios, se le recuerda a Abraham cómo encajan los cielos en el convenio de Dios con él.

Las analogías de apercepción que emplea Dios en esta visión más completa van un paso más allá de las que Él usó en la primera. En esas explicaciones Dios se había enfocado en entidades no descritas con Dios en el centro, lo que permitía las comparaciones de organizaciones e instituciones. En la segunda visión Dios aplica los mismos principios a los individuos. Después de mostrarle a Abraham la vastedad de sus creaciones, habla nuevamente de los cuerpos orbitales, explicando que Kólob es la estrella mayor de todas —significativamente, otra vez porque está más cerca de Él— y que la luna, la tierra, y todas las estrellas coexisten con los cuerpos celestes tanto arriba como abajo de ellas en el orden de las órbitas (véase Abraham 3:16–17). Pero a esto le sigue de inmediato por una comparación a los espíritus, o inteligencias, que Dios aclara que siempre han existido y siempre existirán (véase Abraham 3:18). Todos los seres individuales, tal como las estrellas, encontrarán que hay un ser menos inteligente de lo que ellos son y un ser más inteligente que ellos. La excepción es Dios: “Hay dos espíritus, y uno es más inteligente que el otro; habrá otro más inteligente que ellos; yo soy el Señor tu Dios, soy más inteligente que todos ellos” (Abraham 3:19). Este punto es similar al que se hizo después de la primera visión de Abraham, excepto que se enfoca más en la universalidad e individualidad simultánea de la aplicación.

Casi como para demostrar esto claramente, después de dicha declaración el Señor hace una transición inmediata. Lo siguiente que dice es: “El Señor tu Dios envió a su ángel para librarte de las manos del sacerdote de Elkénah” (Abraham 3:20). ¡Qué curiosa es esta inserción! A simple vista no hay conexión alguna entre esta declaración y los grandiosos principios que Dios estaba explicando. Pero aún así prueban exactamente el punto de la individualidad que Dios está enfatizando. Dios acaba de aclarar su grandeza. No solamente es Él el creador de la vasta expansión y de los innumerables cuerpos que Abraham acaba de ver —más los que no vio, porque “no pud[o] ver su fin” Abraham 3:12)— sino que Él es todopoderoso, porque “no hay nada que el Señor tu Dios disponga en su corazón hacer que él no haga” (Abraham 3:17). Finalmente, Él enfatizó que es mayor que todo lo demás.

Me imaginaría que ver al Señor cara a cara y contemplar estas vastas creaciones (aparentemente más de lo que Moisés vio inicialmente en Moisés 1) debe haber sido abrumador y humillante, y me supongo que Dios buscó, hasta cierto grado, ese resultado. Pero Dios no dejó a Abraham en este punto. Inmediatamente después de ayudar a Abraham para que comprendiera cuán pequeño es, y lo inmenso que es Dios, también le recuerda a Abraham de la relación entre ellos; después de todo, fue este Dios glorioso quien se preocupó tanto por Abraham que acudió a salvarlo. El recordatorio del convenio en el versículo 14 debió haber sido algo similar. Abraham está viendo la grandeza de las creaciones de Dios, y Dios le recuerda que Él tiene la intención de hacer de Abraham un creador igual de grande en el reino de las progenies. Abraham se enfrenta aquí a un Dios que lo abruma con Su magnitud y le recuerda cuán personal es la relación entre ellos y cuánto se preocupa Dios por Abraham, demostrado tanto en lo que Él ha hecho como en lo que hará. Debemos entender que así como fue con Abraham, así es con nosotros. Estamos tratando con un Dios personal esplendoroso y a la vez magnánimo que ayudará a librarnos de nuestras propias dificultades.

Abraham ha aprendido mucho acerca de Dios y de su propia relación con Dios, pero también ha aprendido acerca de la relación de cada individuo con Dios.

Sin embargo, aún hay más. En el modelo de las esferas que orbitan cada ser es afectado por los que están arriba de él y a su vez él afecta a los que están debajo de él. Aunque al final dependemos de Dios, también sin duda estamos entrelazados con todos los demás en nuestro acercamiento a Dios. No podemos venir a Dios sin tomar en cuenta nuestras relaciones con los demás. Como dijo el Señor: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí de acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. (Mateo 5:23–24)

La inteligencia a los ojos de Dios

Al ver la descripción de Dios de nuestras interrelaciones y la explicación clara de que algunos seres son más inteligentes que otros, con frecuencia los estudiantes sienten algo de incomodidad. La redacción y la comparación aperceptiva establecen algo semejante a la “gran cadena del ser.” [34] Claramente, una jerarquía es parte de la explicación del universo. La pregunta que surge naturalmente desde nuestras sociedades centradas en la igualdad es, ¿por qué algunos seres son más inteligentes que otros? Esta pregunta se presta para una discusión de lo que parece ser el siguiente tema de Dios en Su revelación a Abraham. Mientras consideramos este concepto, debemos estar conscientes de dos definiciones de inteligencia en las escrituras: (1) la identidad no creada de cada individuo y (2) “luz y verdad”. No estoy convencido de que las dos definiciones estén desconectadas y no se relacionen. También debemos tener en mente que los principios que vamos a comentar con respecto a las inteligencias se conectan con los principios astronómicos que hemos estudiado. Ambos están diseñados para ayudarnos a entender nuestra naturaleza y nuestra posición en relación a Dios. Es Dios el que hace la transición dentro de la revelación, y al seguir Su razonamiento llegaremos a entender mejor lo que está tratando de enseñarle a Abraham y a nosotros —la posteridad de Abraham— acerca de nuestras inteligencias y de nuestra relación con Dios.

La sección 93 de la Doctrina y Convenios es de lo más ilustrativo en nuestros intentos por contestar la pregunta de por qué algunos seres son más inteligentes que otros. Primero nos ayuda a definir la inteligencia. Se nos dice: “La inteligencia, o sea, la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser” (DyC 93:29) y “La gloria de Dios es la inteligencia, o en otras palabras, luz y verdad” (DyC 93:36). Esto indica que el grado de inteligencia depende de la cantidad de luz y verdad que hemos recibido.

Esa sección también nos ilustra cómo recibir luz y verdad. Describe el proceso que siguió el Salvador, diciendo que  “no recibió de la plenitud al principio, mas recibía gracia sobre gracia; y no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud” (DyC 93:12–13). Entonces, el ejemplo que Cristo dio se aplica a nosotros: “y ningún hombre recibe la plenitud, a menos que guarde sus mandamientos. El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas [...] Toda verdad es independiente para obrar por sí misma en aquella esfera en que Dios la ha colocado, así como toda inteligencia” (DyC 93:27–28, 30). Es importante conocer todas las cosas, o sea, obtener conocimiento. Como lo enseñó el Profeta José Smith: “ El hombre no puede ser salvo sino al paso que adquiere conocimiento, porque si no obtiene conocimiento, algún poder maligno lo dominará en el otro mundo; porque los espíritus malos tendrán más conocimiento y, por consiguiente, más poder que muchos de los hombres que se hallan en el mundo. De modo que se precisa la revelación para que nos ayude y nos dé conocimiento de las cosas de Dios.” [35]

Los pasajes de la sección 93 sugieren que la cantidad de inteligencia que recibamos depende directamente de lo que hagamos con la luz y verdad ya recibidas. Cuando obedecemos la luz y verdad que tenemos, recibimos más. Al desobedecerla o ignorarla, perdemos aún lo que tenemos (véase 2 Nefi 28:30). Mi experiencia ha sido que mientras meditamos en este principio, si tomamos un momento para tranquilamente preguntarle al Señor cuáles principios de luz y verdad poseemos actualmente que no estamos obedeciendo, el Espíritu contestará esa pregunta.

Toda esta información que se nos ha dado acerca de la necesidad de obedecer la luz y verdad se repite en las visiones de Abraham: “Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25). Sus visiones también enseñan los principios de que si obedecemos la verdad que se nos ha dado, se nos dará más hasta que estemos llenos de luz y verdad, y si no obedecemos a lo que tengamos, perderemos la luz y verdad que se nos haya dado hasta entonces. “Y a los que guarden su primer estado les será añadido; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado; y a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás” (Abraham 3:26).

Podemos preguntar, ¿Por qué querría Dios probarnos con esto? Y ¿por qué darles a quienes reciban y quitarles a los que no reciban? El principio que contesta estas preguntas es ilustrado vívidamente por el élder Dallin H. Oaks:

A diferencia de las instituciones del mundo, que nos enseñan a saber algo, el evangelio de Jesucristo nos desafía a llegar a ser algo.

            Muchos pasajes de la Biblia y de las escrituras modernas hablan de un juicio final en el que todas las personas serán recompensadas según sus hechos u obras y los deseos de sus corazones. Pero otros pasajes se extienden sobre el tema aludiendo a que seremos juzgados según la condición que hayamos logrado [...]     

De tales enseñanzas concluimos que el juicio final no es simplemente una evaluación de la suma total de las obras buenas y malas, o sea lo que hemos hecho. Es un reconocimiento del efecto final que tienen en nuestros hechos y pensamientos, o sea, lo que hemos llegado a ser. No es suficiente que cualquiera tan solo actúe mecánicamente. Los mandamientos, las ordenanzas y los convenios no son una lista de depósitos que tenemos que hacer en alguna cuenta celestial. El evangelio de Jesucristo es un plan que nos muestra como llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial desea que lleguemos a ser. [36]

Acoplar las enseñanzas del élder Oaks con las que se encuentran en la sección 93 nos lleva a concluir que la cantidad de luz y verdad que obedecemos determina la cantidad de luz y verdad con la cual seremos llenos. Nuestras posibilidades en el día del juicio se determinarán en gran parte por el tipo de ser que hayamos llegado a ser y por si nos hemos convertido en un ser de luz, lleno de luz y verdad. Por supuesto, la cantidad de luz y verdad que recibimos es afectada por nuestra obediencia y por nuestra recepción de gracia en estos esfuerzos (véase DyC 93:12–13, 20). En muchas maneras, la recepción de gracia es semejante a que Dios haya rescatado a Abraham al estar en el altar. Al esforzarnos por obtener luz y verdad y progresar, no debemos olvidar nunca qué es lo que Dios quiere que hagamos, ni Su capacidad para conseguir Sus deseos. [37] Después de todo, “no hay nada que el Señor tu Dios disponga en su corazón hacer que él no haga” (Abraham 3:17).

Parece ser que estos principios son las doctrinas culminantes en la visión de Abraham. Las analogías de Abraham de los principios astronómicos ilustran muy bien que hay un orden en las cosas y que hay niveles de progreso que se deben obtener dentro de ese orden. El principio central que enseña es que la meta de ese progreso converge en un punto: Dios. Podemos preguntar ¿Qué es lo que Él quiso que Abraham aprendiera al mostrarle la visión? ¿Qué quería Él que Abraham les enseñara a los egipcios? Y ¿qué quería Él que Abraham nos enseñara con el registro de esta visión? Entre muchas cosas, los principios que sobresalen incluyen que Dios quería enseñarle a Abraham, a los egipcios y a nosotros acerca de nuestra relación con Él, en una variedad de niveles. Dios es el punto central de todo; es el Creador de y la fuerza impulsora que mueve todas las cosas en el universo. Finalmente, el punto culminante parece ser que aunque Dios está por arriba de nosotros, nuestro progreso se dirige hacia Él. Dicho simplemente, Abraham 3 nos enseña magistralmente acerca de nuestra relación con Dios.

Notas

[1] Orson F. Whitney, “Latter-day Saint Ideals and Institutions”, Improvement Era, agosto 1927, páginas 851 y 861.

[2] Para un resumen sucinto de esto, véase el libro “The Pearl of Great Price: A Verse-by-Verse Commentary, escrito por Richard D. Draper, S. Kent Brown, y Michael D. Rhodes (Salt Lake City: Deseret Book, 2005), página 273.

[3] Sinuhe B 212–13, como en Friedrich Vogelsang y Alan H. Gardiner, Literarische Teste des Mittleren Reiches (Leipzig, Germany: H.C. Hinrischs’ssche Buchhandlung, 1908), tabla 7ª. Este texto se origina en la época de Abraham.

[4] Para un excelente comentario en este punto de vista, véase el artículo escrito por John Gee, William J. Hamblin, y Daniel C. Peterson, “‘And I Saw the Stars’: The Book of Abraham and Ancient Geocentric Astronomy”, publicado en Astronomy, Papyrus, and Covenants, editado por John Gee y Brian M. Hauglid (Provo, Utah: FARMS, 2005), páginas 1–16.

[5] Michael D. Rhodes y J. Ward Moody, “Astronomy and the Creation in the Book of Abraham”, publicado en Astronomy, Papyrus, and Covenants, editado por John Gee y Brian M. Hauglid (Provo, Utah: FARMS, 2005), páginas 17–35. Para un excelente comentario acerca de la forma en que ambos sistemas funcionan juntos, véase el libro por Richard Lyman Bushman Joseph Smith: Rough Stone Rolling (New York: Alfred A. Knopf, 2005), páginas 454–455.

[6] Kerry Muhlestein, “Approaching Understandings in the Book of Abraham”, publicado en The FARMS Review of Books, 18, núm. 2 (2006), página 231.

[7] Dan Vogel y Brent L. Metcalfe, “Joseph Smith’s Scriptural Cosmology” en The Word of God, editado por Dan Vogel (Salt Lake City: Signature Books, 1990), pág. 218, nota 78.

[8] Gee, Hambling y Peterson, “I Saw the Stars”, página 4.

[9] Acerca de la eficacia de enseñar por medio de la apercepción, véase el libro Enseñad Diligentemente por Boyd K. Packer (Salt Lake City: Deseret Book, 1985), páginas 22–29.

[10] Pyramid Text, pág. 442.

[11] Otto Neugebauer y Richard A. Parker, Egyptian Astronomical Texts vol. 1: The Early Decans (Providence RI: Brown University Press, 1960); Otto Neugebauer y Richard A. Parker, Egyptian Astronomical Texts, vol. 2: The Ramesside Star Clocks (Providence RI: Brown University Press, 1964), páginas 3–7.

[12] Pyramid Text, página 519.

[13] Pyramid Text, páginas 214, 570.

[14] Pyramid Text, páginas 503, 509, 570.

[15] Pyramid Text, páginas 412, 504.

[16] Pyramid Text, páginas 263, 265, 266, 473, 609.

[17] Pyramid Text, páginas 366, 609.

[18] Pyramid Text, página 477.

[19] Pyramid Text, página 302.

[20] Pyramid Text, páginas 412, 442.

[21] Pyramid Text, página 691.

[22] Pyramid Text, páginas 473, 609.

[23] Pyramid Text, página 509.

[24] Stephen Quirke, The Cult of Ra: Sun-Worship in Ancient Egypt (Nueva York: Thames & Hudson, 2001), página 116.

[25] Michael Zeilik, Stephen A. Gregory y Elske V. P. Smith, Introductory Astronomy and Astrophysics, 3ra. edición (Nueva York: Saunders College Publishing, 1992), páginas 446–447, 451.

[26] Pyramid Text, página 274; véase también ‘The Mechanics of Ancient Egyptian Magical Practice” por Robert K. Ritner, en Studies in Ancient Oriental Civilizations [Estudios de las civilizaciones orientales antiguas] núm. 54 (Chicago: University of Chicago, 1993), páginas 61–62. Le agradezco al Dr. John Gee el haberme recordado esta referencia. Véase también Coffin Text, 16.

[27] Pyramid Text, página 454.

[28] Michael D. Rhodes, “The Joseph Smith Hypocefalus . . . Seventeen Years Later” (Provo, UT: FARMS, 1994), página 8.

[29] Boyd K. Packer en Conference Report, mayo de 1977, página 80; véase también Liahona de octubre de 1977, página 43.

[30] Thomas D. Griffith, “The Root of Christian Doctrine”, BYU Magazine, otoño 2006, página 46.

[31] John Van Seters, Abraham in History and Tradition (New Haven, CT: Yale University Press, 1975), página 288.

[32] El octavo artículo de fe (así como la misma existencia de la traducción de la Biblia por José Smith) aclara que existen problemas con la Biblia así como la hemos recibido. Esto es el por qué José Smith dijo: “Creo en la Biblia tal como se hallaba cuando salió de la pluma de sus escritores originales” (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 404). Por supuesto, muchos de los que reunieron y redactaron los textos sagrados tuvieron buenas intenciones (véase 2 Nefi 29:4–5).

[33] Aunque el conjunto de imágenes del versículo 12 en las que el Señor “puso su mano sobre mis ojos, y vi aquellas cosas que sus manos habían creado, las cuales eran muchas; y se multiplicaron ante mis ojos” indican que está por encima y fuera del alcance de lo que la humanidad puede ver por sí misma, en el versículo 14 indica que era de noche cuando vio estas cosas, casi como si se pudieran ver debido a que él estaba viendo los alrededores de noche. Aún así, la naturaleza de la visión combinada con el lenguaje del versículo 12 parecen indicar una visión propia de un vidente.

[34] Bushman, Rough Stone Rolling, página 537.

[35] José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, comp. Joseph Fielding Smith (1954), página 264.

[36] Dallin H. Oaks, en Conference Report, octubre del 2000, páginas 40–41; véase también Liahona de enero de 2001 página 40.

[37] José Smith, comp. Discursos Sobre la Fe. Traducido y publicado por Arturo de Hoyos (México, D.F.) páginas 46–51.