Robert L. Millet Blog Posts
Director de Publicaciones del Centro de Estudios Religiosos de BYU

Pages
Categories
Archives
Hace unos años, un colega mío y yo almorzamos con dos teólogos prominentes. Esa no fue nuestra primera reunión ya que nos habíamos reunido dos años antes y tuvimos una plática deleitable acerca de Jesucristo, de la centralidad de su Expiación, de los poderes edificantes y liberadores de su gracia y de la forma en que nuestro discipulado se debe vivir a diario. En esa reunión inicial no hubo defensas, ni pretensiones, ningún esfuerzo por derrotar al otro o probar que se está equivocado. En lugar de eso, hubo un simple intercambio de puntos de vista, se reconocieron nuestras diferencias y un espíritu de regocijo al hablar de las características de la doctrina de Cristo en las cuales estábamos de acuerdo; un aleccionador espíritu de gratitud por las bendiciones incomparables que fluyen de la vida y la muerte del Redentor y por su poder transformador.
Ahora, dos años después, comenzamos donde habíamos terminado antes, casi como si no hubiera pasado el tiempo. Se mencionaron muchas cosas, se hicieron diagramas en las servilletas, y se efectuó un libre intercambio de ideas. Hacia el fin de la reunión, uno de nuestros amigos se dirigió a mí y dijo: “Muy bien, Bob, hay algo que te quiero preguntar a fin de poder determinar en qué crees realmente.” Y continuó: “Estás delante del tribunal del Todopoderoso y Dios te pregunta: ‘Robert Millet, ¿qué derechos tienes para entrar al cielo? ¿por qué te debo dejar entrar?’” Ese no era el tipo de pregunta que esperaba. (Yo había asumido que preguntaría algo más teórico. Esa pregunta era conmovedora, práctica, penetrante y personal.) Durante treinta segundos, hice lo posible por imaginarme la escena, revisé mi alma y traté de ser tan claro y sincero como fuera posible. Pero, antes de que indique lo que exactamente dije, quisiera que nos adelantáramos veinticuatro horas en el tiempo.
Al día siguiente hablé a un grupo de adultos solteros Santos de los Últimos Días que procedían de toda Nueva Inglaterra y que se reunieron para una conferencia en el MIT en Boston. Mi tema era “La Esperanza en Cristo.” Cuando iba como a dos tercios de mi discurso, sentí que sería apropiado compartir nuestra experiencia del día anterior. Les planteé a los jóvenes la misma pregunta que se me había hecho. Hubo un silencio notable en la sala, como evidencia de una tranquila meditación en una pregunta singularmente significativa. Les permití que pensaran un minuto y luego me dirigí a una señorita de la primera fila y dije: “Hablemos ahora de la forma en que responderíamos. Quizás le podría decir a Dios lo siguiente: ‘Bueno, debo entrar al cielo porque fui bautizado en la Iglesia, hice una misión de tiempo completo, me casé en el templo, asisto regularmente a los servicios de adoración, leo las escrituras a diario, hago oración en las mañanas y en las noches. . . .’” En ese punto la joven me interrumpió con estas palabras: ” Espere. . . Espere. . . no me siento bien con su respuesta. Suena como si estuviera leyéndole su curriculum vitae a Dios.”
Se alzaron varias manos. Uno de los jóvenes exclamó: “¿Cómo respondió usted la pregunta? ¡Díganos lo que usted dijo!” Me acordé de lo que pasó el día anterior y recordé los sentimientos que bullían en mi corazón y les dije a los adultos solteros lo que contesté: Miré a los ojos a mi amigo y le respondí: “Le diría a Dios: Reclamo el derecho de entrar al cielo por mi total confianza y dependencia en los méritos y en la misericordia y en la gracia del Señor Jesucristo.” El interrogador me contempló como por diez segundos, sonrió gentilmente y dijo: “Bob, esa es la respuesta correcta a la pregunta.”
Obviamente, son necesarias las buenas obras de una persona en el sentido de que muestran en qué nos estamos convirtiendo mediante los poderes del evangelio de Jesucristo; manifiestan qué y quienes somos. Pero también reconozco que nunca habrá de mi parte, las suficientes buenas obras —oraciones, himnos, actos caritativos, contribuciones financieras, o miles de horas de servicio en la Iglesia— para salvarme. La obra de la salvación requiere el trabajo de un Dios. Un hombre sin ayuda está y estará para siempre perdido, caído, y sin salvar. Es solamente mediante la fuerza del Señor que podemos encarar los desafíos de la vida, manejar los dilemas de la vida, enfrentar las contradicciones de la vida, soportar las pruebas de la vida y eventualmente, vencer al enemigo de la vida; la muerte.
El mes pasado, Andrew Lawler, publicó un ensayo acerca de los Rollos del Mar Muerto en la revista Smithsonian (“¿Quién Escribió los Rollos del Mar Muerto?” [Enero 2010]: páginas 40-47). A los medios les gusta la controversia, y Lawler la resalta en este interesante ensayo.
Desde los primeros descubrimientos en 1947, los Rollos del Mar Muerto han atraído la imaginación del público, incluyendo a los Santos de los Últimos Días. La importancia del descubrimiento de estos textos en las márgenes noroccidentales del Mar Muerto no puede ser sobre estimada; ya que abren una importante ventana al pasado, particularmente para la época en que la insuficiencia de fuentes hizo que los eruditos se frustraran al tratar de reconstruir el mundo judío del período entre los dos testamentos. También iluminan el mundo de Juan el Bautista y de Jesús de Nazaret, aunque esté en duda que alguno de ellos haya pasado algo de tiempo en el lugar donde se copiaron los rollos.
Al final, se encontraron algunos 800 manuscritos en once cuevas cerca de la margen noroeste del Mar Muerto. Entre ellos estaban las copias más antiguas del Antiguo Testamento, con la excepción del libro de Esther. Además, se hallaron en ese lugar muchos textos desconocidos, lo que aumenta nuestro aprecio por el complejo e interesante mundo del judaísmo durante el período del Segundo Templo. La mayor parte de los manuscritos están escritos en caracteres angulares hebreos (escritura aramea o asiria), pero unos cuantos muestran lo que los eruditos llaman la escritura paleo-hebrea. Las fechas de los manuscritos van desde el ao 300 a. C. hasta justo antes de que los romanos destruyeran el lugar en el ao 68 d. C.
Desde el principio, muchos eruditos creyeron que quienes reunieron, copiaron y escondieron esa biblioteca masiva fueron los esenios, una secta judía del primer siglo, que era conocida, hasta el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto, solamente por lo que otros pueblos habían escrito de ellos. Los eruditos nunca aceptaron de forma unánime esa identificación, aunque la mayoría la ha aceptado razonando que esa es la mejor explicación aplicable al lugar y a los documentos.
En la última parte del debate, se ha alcanzado un consenso. Hay un acuerdo casi universal de que muchos de los rollos encontrados en el Mar Muerto no fueron producidos en ese lugar. Una de las teorías actuales, destacada en el artículo de Lawler, es que los judíos que huían de los avances del ejército romano durante la Guerra Judía, se reunieron en la fortaleza de Qumram, y trajeron con ellos los escritos que creyeron que eran importantes y sagrados. Esta propuesta sugiere que “los rollos muestran no solo los puntos de vista de un solo grupo disidente [los esenios]. . . . sino un panorama más amplio del pensamiento judío” (página 44).
Si alguien ha querido entrar al mundo académico para ver la forma en que los eruditos enfrentan los temas controversiales, este ensayo le sorprenderá y le deprimirá ya que destaca las intrigas de tal debate. Finalmente, el debate respecto a quién escribió los Rollos del Mar Muerto continuará atrayendo la atención, pero posiblemente nunca se resolverá, lo que nos permite considerar todas las posibilidades.
Este es un blog invitado escrito por Jeffrey R. Chadwick, quien es profesor de Arqueología y Estudios del Cercano Oriente en el Centro de Estudios en Jerusalén. (BYU).
Jánuca,(Hanukkah) la festividad judía de la Dedicación, empieza este viernes al atardecer. La palabra hebrea Jánuca significa realmente “dedicación.” Este año 2009, el festival se celebrará desde el sábado 12 de diciembre hasta el sábado 19 de diciembre. Para los judíos de todo el mundo, este es un período festivo de considerable significado tanto religioso como histórico. Pero también debe ser de importancia para los cristianos, incluyendo a los Santos de los Últimos Días, porque sin los eventos que se celebran en Jánuca no habría Navidad. He aquí la historia: El antiguo pueblo judío de la tierra de Israel enfrentó una grave amenaza cuando Antioco IV, el déspota greco-sirio se convirtió en rey del Imperio Seléucida en el año 175 a.C. En ese tiempo Siria controlaba a Judea, pero los judíos habían sido tratados con tolerancia por los anteriores gobernantes sirios. Sin embargo, Antioco IV se consideraba como una deidad griega en forma humana (inclusive adoptó el nombre de Epífanes), y se fijó la meta de convertir a todos los pueblos de su reino a la adoración de todos los dioses griegos.
Buscando imponer esta meta entre los judíos, Antioco hizo que sus tropas ocuparan Jerusalén y el templo judío, reemplazando las ceremonias que honraban al Dios de Israel con ritos paganos, y convirtiendo el edificio en un lugar sagrado para Zeus. El templo fue profanado. Se sacrificaron cerdos en su altar por sacerdotes falsos como muestras de desprecio a la ley de Moisés y a los valores judíos.
La religión judía en general fue proscrita. Se confiscaron las escrituras (los libros de lo que ahora llamamos el Antiguo Testamento) y fueron quemadas. Las ordenanzas y prácticas judías, como la circunsición y las oraciones al Señor, se convirtieron en crímenes capitales. El libro histórico de 1 Macabeos reporta que “bajo el decreto, los sirios ejecutaban a las mujeres que habían circuncidado a sus hijos, colgando a sus hijos alrededor de sus cuellos y destruyendo a sus familias y a los hombres que habían efectuado la circuncisión.” (1 Macabeos 1: 60) De no haber sucedido algo que cambiara el curso del programa de genocidio cultural de Antioco contra los judíos, su religión y su identidad habrían sido arrasadas en unas pocas generaciones.
Pero algo sucedió. En el año 167 a.C. Inspirados por una familia de sacerdotes de Aarón conocidos como los asmoneos, el pueblo de Judea se rebeló contra los ocupantes sirios. La guerra de independencia fue dirigida por un sacerdote asmoneo conocido como Judas Macabeo. La insurrección, conocida como la Revolución Asmonea o como la Revolución Macabea, cobró fuerza y tuvo éxito al rechazar a las fuerzas sirias. Para el mes invernal de Kislev (alrededor de nuestro diciembre) en el año 164 a.C., los revolucionarios judíos habían recuperado el monte del templo en Jerusalén y lo liberaron de los sirios paganos. Al continuar la guerra, las fuerzas macabeas expulsaron a los sirios de la tierra de Israel.
Habiendo liberado a Jerusalén, los judíos se dedicaron a limpiar y volver a dedicar su santo templo. De acuerdo con la tradición de los rabinos que está registrada en el Talmud (TB Shabbat 21:b) cuando los sacerdotes asmoneos entraron al templo solamente encontraron una jarra de aceite de oliva consagrado para encender durante un solo día la lámpara de siete brazos (el menorah) en el lugar santísimo del templo. Pero ansioso por volver a dedicar el edificio, el sumo sacerdote vació el aceite en las siete tazas de los brazos del menorah y las encendió. El aceite que era suficiente para un día ardió durante ocho días completos, tiempo suficiente para fabricar y consagrar nuevo aceite. Esto fue visto como un milagro y una señal de que Dios había estado con los judíos al establecer su libertad y al salvar su religión y su identidad. El período de dedicación de ocho días se ha celebrado por los judíos en Israel, y eventualmente en todo el mundo, desde ese mismo año hasta la actualidad, empezando el día 25 de Kislev, siempre se le ha conocido como el festival de Jánuca, la “fiesta de dedicación”.
Los judíos modernos hacen varias cosas en sus celebraciones de Jánuca. La primera, y la más importante, es el encendido de las luces de Jánuca. Un menorah de Jánuca (candelabro de nueve brazos conocido en hebreo como Hanukiah) es el principal instrumento de la ceremonia. Se colocan velas pequeñas o frasquitos con aceite de oliva en los brazos del menorah, uno de los cuales es más alto que los demás. La primera noche de Jánuca, se enciende la vela elevada (conocida como Shamash) junto con otra vela que representa el primer día de Jánuca. La segunda noche se encienden el Shamash y dos velas, el tercero se encienden tres y así sucesivamente hasta que que en la octava noche de Jánuca se han encendido el Shamash y las ocho velas. El Hanukiah encendido se coloca todas las noches en una ventana para que toda la comunidad puedan ver que la familia judía está celebrando el festival.
Otras actividades de Jánuca incluyen la preparación y el consumo de alimentos fritos en aceite, como las ‘latkes’de papas (tortas de papa fritas y condimentadas) y unas donas conocidas como ‘sufganiot’. El freír en aceite es un recordatorio del milagro del aceite. La antigua práctica de dar monedas a los niños para que las gasten en Jánuca ha evolucionado para convertirse en una tradición de dar regalos durante la temporada festiva. Los niños juegan con un trompo pequeño de cuatro lados llamado ‘dreidel’. Algunas veces a Jánuca se le considera un festival menor, pero eso se debe solamente porque no está incluído en el Torá (la ley de Moisés de las escrituras). En la práctica, es una festividad judía muy querida y celebrada ampliamente.
Para quienes celebran la Navidad cada diciembre les puede resultar de interés saber que Jesús, que era un judío genuino, viajó a Jerusalén para celebrar la Jánuca. En el evangelio de Juan dice “Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón.” (Juan 10: 22-23). Jesús honró la fiesta de Jánuca de la misma forma en que honró la Pascua y otras festividades: le enseñó al pueblo acerca de Su propia identidad y misión divinas.
Los cristianos también deben tomar en cuenta lo siguiente: Si no hubiera habido una revolución asmonea, y si Jerusalén y el templo no hubieran sido liberados y vueltos a dedicar — o sea, si Antioco y los sirios hubieran tenido éxito en arrasar la religion y la identidad judías— entonces no hubiera habido una aldea llamada Nazaret, ni una ciudad de David llamada Belén. No habría una nación judía que esperara la venida de ese Redentor. ¡No hubiera existido el escenario para el nacimiento y la vida de Jesús de Nazaret!
Pero, gracias sean dadas al cielo, hubo una revolución, y la nación judía no solo sobrevivió sino que prosperó. Y como consecuencia de dichos eventos, se preparó el camino para la primera Navidad. Parece ser apropiado que en esta temporada nos unamos en desearnos mutuamente “Felices Fiestas” Feliz Jánuca” y “Feliz Navidad” para todos.
Lucas preparó una obra de dos partes conocida como el Evangelio de Lucas y el libro de los Hechos, hace casi dos mil años, pero los relatos siguen tan frescos y excitantes como cualquier relato moderno. Puede que dé lo mejor de sí como narrador en los dos últimos capítulos de los Hechos, que contienen una de las mejores narrativas sobre viajes marítimos del siglo I que han sobrevivido del pasado (véase Hechos 27-28). Pablo había estado en prisión dos años en la capital provincial de Judea cuando Lucas comienza esta parte bien conocida del relato: “Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta” (Hechos 27:1).
Lucas brinda una narración dramática de una tormenta, una advertencia y luego un naufragio. Pablo, que ha sido retratado como un incansable misionero dispuesto a salvar al mundo, de hecho salva a la tripulación, los soldados y a los prisioneros. Se encuentran a salvo en una isla, muy probablemente Malta y, después de tres meses, embarcan en una nave granero de Alejandría, Egipto, rumbo a Roma.
Lucas continúa, “Y llegados a Siracusa [en la actual Sicilia], estuvimos allí tres días. De allí, costeando alrededor, llegamos a Regio [en Calabria, Italia]; y otro día después, soplando el viento sur, llegamos al segundo día a Puteoli [la actual Pozzuoli, justo al norte de Nápoles]” (Hechos 28: 12-13).
He estudiado los viajes de Pablo desde hace quince años. Éste ha sido no sólo un proyecto profesional (enseño el Nuevo Testamento), sino también una búsqueda personal; Pablo me ha tenido embelesado desde hace algun tiempo. Este domingo pasado, por fin he podido visitar un lugar que he deseado ver desde hace mucho tiempo, Pozzuoli. Con un antiguo compañero misionero, Steve Smoot, dirigiendo el camino, llegamos a este pequeño pueblo costero italiano.
Pozzuoli ha estado en las noticias últimamente. Sólo la semana pasada, unos arqueólogos descubrieron una cabeza de mármol del emperador romano Tito, quien destruyó Jerusalén y el templo en el año 70 de la era cristiana.
En este punto, Lucas hace una transición narrativa de los viajes marítimos a los viajes terrestres con cinco palabras emotivas: “y luego fuimos a Roma” (Hechos 28:14). Por supuesto, Roma fue el destino final del viaje, pero más importante aún, el clímax de su relato en los Hechos – Pablo anunciará las “buenas nuevas” en Roma, el corazón del mismo imperio.
Lo mejor de visitar lugares históricos es que desde ese día en adelante sentiré algo diferente cuando enseñe acerca de un determinado relato. Al igual que Lucas, podré ofrecer un relato más descriptivo a mis alumnos. En este caso, visualizaré el Mar Mediterráneo, la costa con sus barcas, redes, aves y la Colinas que rodean a Pozzuoli en el horizonte. En mi mente, podré imaginar a Pablo subiendo por los acantilados que separan el pueblo del altiplano para comenzar su viaje hacia Roma. Me acordaré del calor y la humedad, el olor del agua marina y los peces. Mis alumnos viajarán conmigo, al hacer todos el viaje con Lucas y Pablo a Pozzuoli, mientras leemos el relato del viaje a Roma.
Recientemente, muchos santos asistieron a uno de los servicios de dedicación Templo en Draper Utah, el templo en funcionamiento número 129, que se llevaron a cabo los días 20 al 22 de Marzo. Además, decenas de miles participaron en la sesión del domingo por la tarde mediante una transmisión vía satélite a centros de reuniones y estacas de todo Utah. Para muchos, fue un día señalado lleno de entusiasmo, gratitud y una gran renovación espiritual.
Una característica importante de las dedicaciones de los templos es el sagrado Grito de Hosanna, dado por primera vez en el templo de Kirtland el 27 de marzo de 1836 (mañana se cumple el aniversario de su dedicación). Esta poderosa expresión de alabanza y adoración se ha repetido en todas las dedicaciones de templos, incluyendo el templo de Draper.
Hace unos años, hice una investigación sobre la historia del Templo de Salt Lake. Descubrí que el sagrado Grito de Hosanna se dio por primera vez el 6 de abril de 1892, en la ceremonia de la colocación de la piedra de coronación y, por segunda vez, en los muchos servicios de dedicación que comenzaron el 6 de abril de 1893.
En la ceremonia de la piedra de coronamiento, el presidente George Q. Cannon, consejero de la Primera Presidencia, dijo que “para que no haya ningún malentendido sobre la manera en que debe darse el Grito de Hosanna cuando se coloque la piedra de coronamiento, el presidente Snow capacitará a la congregación con respecto al grito”. Entonces el presidente Snow dijo, “Éste no es ningún orden común y corriente, sino que es -y deseamos que se entienda muy claramente– un grito sagrado, y se emplea solamente en ocasiones extraordinarias, tal como la que tenemos ahora”. Les alentó con las siguientes palabras: “Deseamos que los Santos sientan, al dar este grito, que viene de su corazón. Hagan que sus corazones estén llenos de agradecimiento”, y agregó, “Ahora bien, cuando estemos ante el templo y salga este grito, queremos que todo hombre y toda mujer griten estas palabras con toda la fuerza de su voz, de manera que tiemble cada casa de esta ciudad, que lagente en cada rincón de esta ciudad lo oigan y llegue a los mundos eternos”. Finalmente, les dijo a la congregación que el grito sagrado “se dio en los cielos cuando ‘se regocijaban todos los hijos de Dios’ [Job 38:7]“.
Con respecto a este grito, B. H. Roberts escribió, “Cuando lo proclaman miles y a veces decenas de miles al unísono, y con toda su fuerza, es de lo más impresionante e inspirador. Es imposible permanecer indiferente en tal ocasión. Parece que llena [el lugar] con ondas sonoras poderosas; y el grito de los hombres que van a la batalla no puede ser más conmovedor. Da un desahogo maravilloso a las emociones religiosas y le sigue un sentimiento de asombro reverente, un sentido de unidad con Dios”.
Se calcula que asistieron unas cincuenta mil personas a esta ocasión especial en la Manzana del Templo, con miles más mirando desde los tejados, ventanas y aún desde los postes de electricidad colindantes. Las calles cercanas al templo estaban llenas de personas que trataban de ser testigos de los eventos de aquel día. “Había tal aglomeración de gente, que todos fueron casi atropellados”, apuntó Joseph Dean. “La calle entera era una marea humana. Después de que la gente se hubo colocado lo mejor posible en su lugar, las ceremonias dieron comienzo”. Fue la mayor concurrencia de la historia de Utah, un record que no fue superado en varias décadas.
Cuando el bloque de granito quedó colocado en lo más alto del templo, el presidente Snow dirigió a los Santos en el grito “¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡A Dios y al Cordero! ¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!”. Esta alabanza de agradecimiento se repitió tres veces con aumentada fuerza mientras los participantes ondeaban pañuelos blancos. “El espectáculo y el efecto de esta manifestación unida”, escribió un testigo, “fue indescriptiblemente grandiosa, avivándose las emociones de la multitud a la mayor intensidad de devoción y entusiasmo”.
John Lingren, un visitante de Idaho Falls, comentó, “La escena. . . [superó] la capacidad de la lengua para poder describir. . .Los ojos de miles estaban humedecidos de lagrimas en la plenitud de su gozo. Parecía que el suelo temblaba con el volumen del sonido que enviaba sus ecos hacia los cerros cercanos”. Otro testigo escribió, “Todos gritaron con toda la fuerza que pudieron, ondeando sus pañuelos; el efecto fue indescriptible”.
Un año después, el 6 de abril de 1893, la Iglesia realizó el primero de los servicios de dedicación. “Cuando el gran himno, ‘El Espíritu de Dios’, fue interpretado por la congregación”, escribió el conocido fotógrafo de Utah y miembro del Coro del Tabernáculo, Charles R. Savage, “me entró un sentimiento diferente a cualquier otro que jamás haya experimentado. El Grito de Hosanna fue algo para recordar por mucho tiempo y no creo que vuelva a oírlo en esta vida”.
El servicio incluyó la oración dedicatoria ofrecida por el presidente Woodruff, discursos por la Primera Presidencia y la proclamación del inspirador y sagrado Grito de Hosanna con “toda la congregación de pie y ondeando sus pañuelos blancos unánimemente”, escribió Francis Hammond. Para el hermano Hammond, “parecía que las huestes celestiales habían descendido para estar entre nosotros”. Emmeline B. Wells apuntó: “Este grito de Hosanna tocó el corazón de la gran multitud y resonó grandiosamente por el magnífico edificio; los Santos estaban tan pletóricos y embelesados en su regocijo, que sus rostros brillaban de alegría y todo el lugar parecía glorificado y santificado en reconocimiento de la consagración hecha en esa ocasión tan especial e inolvidable”.
L. John Nuttal escribió que el grito se “proclamó con gran fuerza; mi corazón y alma estaban tan llenos del Espíritu del Señor, que apenas podía contenerme”. Al terminar el conmovedor grito, el coro inmediatamente comenzó a cantar un himno especialmente compuesto para la ocasión. Thomas Griggs, miembro del coro, escribió, “el coro cantó ‘el Himno Hosanna’ del hermano Evan Stephen, uniéndose la congregación en la última parte con ‘El Espíritu de Dios’”.
Cantemos, gritemos, con huestes del cielo
¡Hosanna, Hosanna a Dios y Jesús.
A Ellos sea dado loor en lo alto,
de hoy para siempre, ¡amén y amén!
El efecto combinado de unas dos mil quinientas personas de pie en el salón de asambleas superior del templo, todas juntas en el sagrado grito y cantando el himno de dedicación, fue poderosísimo. Muchos participantes lloraron incontrolablemente; otros no podían acabar el himno al estar tan emocionados por el espíritu de la ocasión.
James Bunting dijo, “Sería en vano para mí intentar describir el interior del templo o describir el sentimiento celestial que hubo en todos esos momentos”. Otro relato indicó simplemente, “Cada uno debe ver, oír y sentir por sí mismo”.
El presidente Woodruff posteriormente contó a una congregación de Santos que “las Huestes Celestiales estuvieron presentes en el [primer servicio de] dedicación . . . y si los ojos de la congregación pudieran abrirse, habrían visto reunidos con nosotros a José y Hyrum [Smith], Brigham Young, John Taylor y todos los buenos hombres que habían vivido en esta dispensación, así como también a Esaías, Jeremías y todos los Santos Profetas y Apóstoles que habían profetizado de la obra de los últimos días”. El presidente Woodruff continuó, “Ellos estaban regocijándose con nosotros en este edificio, que fue aceptado por el Señor y [cuando] el grito [de Hosanna] llegó al trono del Todopoderoso”, ellos también se unieron en el grito de gozo.
A medida que se construyen nuevos templos, más y más Santos de los Últimos Días estarán en posición de participar en un servicio de dedicación de un templo, permitiéndoles gritar alabanzas al Señor.
La semana pasada llegó el último número de la revista National Geographic (diciembre 2008) y en su artículo de portada se lee “El verdadero Rey Herodes”. Durante la época navideña a veces pensamos en Herodes, por el relato que se encuentra en Mateo : “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos” (Mateo 2:16).
Aunque el artículo me resultó interesante, cuestiono algunas afirmaciones. Aunque el autor de National Geographic argumenta que Herodes era “casi con certeza inocente de este crimen” (40), existe evidencia significativa que Herodes, al igual que otros reyes helenísticos y los mismos emperadores romanos, mató a cualquiera que suponía una amenaza a la estabilidad política del reino. El relato de Mateo es una fuente judía de primera mano de algunos de los acontecimientos del siglo I, registrado mucho antes de que Josefo, historiador judío del siglo I, comenzara a escribir la historia de la Primera Guerra Judía contra los romanos (AD 66 —70). El relato de Mateo destaca los motivos y tácticas de Herodes, que concuerdan con otras fuentes primarias, de manera que los historiadores deben ser muy cautos en rechazarlo al reconstruir la vida de Herodes.
Sin embargo, este artículo aporta importantes perspectivas del reinado de Herodes, más allá del los incidentes registrados en el Nuevo Testamento. Primero, informa a un público mucho mayor los detalles del descubrimiento, este año, de la tumba de Herodes. Ehud Netzer, destacado arqueólogo israelí, había estado buscando la tumba de Herodes durante treinta años antes de su monumental hallazgo. Segundo, este interesante artículo revela, mediante pictogramas y dibujos reconstruidos, algunos de los proyectos de construcción más significativos de Herodes y que él era un maestro de obras. Su mayor logro, para su nación y par el judaísmo, fue la reconstrucción y ampliación del templo, posteriormente conocido como el Templo de Herodes, en Jerusalén.
Este artículo nos ayuda a visualizar el mundo de Jesús, al familiarizarnos con la gente y lugares que Él visitó. Poco después del nacimiento de Cristo, José y Su madre María Lo presentaron al Señor, según el mandamiento de la Tora, en el templo en Jerusalén (véase Lucas 2:22-40). Allí, un hombre y una mujer, justos y piadosos, lo encontraron en el templo construido por Herodes y lo reconocieron como el Mesías prometido. Herodes el Grande gobernaba Judea y sus territorios circunvecinos como rey-cliente del Imperio romano — el mundo que fue testigo del nacimiento del Hijo de Dios, un mundo que casi se ha desvanecido. Sólo mediante los esfuerzos de arqueólogos y eruditos como Ehud Netzer, se ha vuelto a ver el mundo, aunque sea de forma parcial. El reciente descubrimiento de la Tumba de Herodes, al sudeste de Jerusalén, añade otra loza a la reconstrucción del mosaico del mundo del Nuevo Testamento.
