Robert L. Millet Blog Posts
Director de Publicaciones del Centro de Estudios Religiosos de BYU

Pages
Categories
Archives
El mes pasado, Andrew Lawler, publicó un ensayo acerca de los Rollos del Mar Muerto en la revista Smithsonian (“¿Quién Escribió los Rollos del Mar Muerto?” [Enero 2010]: páginas 40-47). A los medios les gusta la controversia, y Lawler la resalta en este interesante ensayo.
Desde los primeros descubrimientos en 1947, los Rollos del Mar Muerto han atraído la imaginación del público, incluyendo a los Santos de los Últimos Días. La importancia del descubrimiento de estos textos en las márgenes noroccidentales del Mar Muerto no puede ser sobre estimada; ya que abren una importante ventana al pasado, particularmente para la época en que la insuficiencia de fuentes hizo que los eruditos se frustraran al tratar de reconstruir el mundo judío del período entre los dos testamentos. También iluminan el mundo de Juan el Bautista y de Jesús de Nazaret, aunque esté en duda que alguno de ellos haya pasado algo de tiempo en el lugar donde se copiaron los rollos.
Al final, se encontraron algunos 800 manuscritos en once cuevas cerca de la margen noroeste del Mar Muerto. Entre ellos estaban las copias más antiguas del Antiguo Testamento, con la excepción del libro de Esther. Además, se hallaron en ese lugar muchos textos desconocidos, lo que aumenta nuestro aprecio por el complejo e interesante mundo del judaísmo durante el período del Segundo Templo. La mayor parte de los manuscritos están escritos en caracteres angulares hebreos (escritura aramea o asiria), pero unos cuantos muestran lo que los eruditos llaman la escritura paleo-hebrea. Las fechas de los manuscritos van desde el ao 300 a. C. hasta justo antes de que los romanos destruyeran el lugar en el ao 68 d. C.
Desde el principio, muchos eruditos creyeron que quienes reunieron, copiaron y escondieron esa biblioteca masiva fueron los esenios, una secta judía del primer siglo, que era conocida, hasta el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto, solamente por lo que otros pueblos habían escrito de ellos. Los eruditos nunca aceptaron de forma unánime esa identificación, aunque la mayoría la ha aceptado razonando que esa es la mejor explicación aplicable al lugar y a los documentos.
En la última parte del debate, se ha alcanzado un consenso. Hay un acuerdo casi universal de que muchos de los rollos encontrados en el Mar Muerto no fueron producidos en ese lugar. Una de las teorías actuales, destacada en el artículo de Lawler, es que los judíos que huían de los avances del ejército romano durante la Guerra Judía, se reunieron en la fortaleza de Qumram, y trajeron con ellos los escritos que creyeron que eran importantes y sagrados. Esta propuesta sugiere que “los rollos muestran no solo los puntos de vista de un solo grupo disidente [los esenios]. . . . sino un panorama más amplio del pensamiento judío” (página 44).
Si alguien ha querido entrar al mundo académico para ver la forma en que los eruditos enfrentan los temas controversiales, este ensayo le sorprenderá y le deprimirá ya que destaca las intrigas de tal debate. Finalmente, el debate respecto a quién escribió los Rollos del Mar Muerto continuará atrayendo la atención, pero posiblemente nunca se resolverá, lo que nos permite considerar todas las posibilidades.
El blog de esta semana fue elaborado por el escritor invitado Eric D. Huntsman, profesor asociado de escritura antigua.
El presidente Uchtdorf, en su discurso de la conferencia el 5 de abril de 2009, se refirió a ese domingo como el Domingo de Ramos. Anticipando la Pascua, animó a los miembros de la Iglesia a centrar más plenamente sus mentes en el gran sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo. El presidente Uchtdorf dijo, “Lo adecuado es que durante esta semana, desde el domingo de Ramos hasta la mañana de Pascua de Resurrección, dirijamos nuestros pensamientos hacia Jesucristo, la fuente de luz, vida y amor. Quizá la multitud de Jerusalén lo haya visto como un gran rey que los salvaría de la opresión política. Pero, en realidad, Él nos dio mucho más que eso. Nos dio Su Evangelio, una perla de precio incalculable, la gran clave de conocimiento que, si la comprendemos y usamos, nos abre la puerta hacia una vida de felicidad, paz y satisfacción”. El Élder Holland, en su discurso, también se refirió a la última semana del Salvador: “A medida que se acerca esta Semana Santa – el Jueves de Pascua con su Cordero Pascual, el Viernes Expiatorio con su cruz, el Domingo de Resurrección con su sepulcro vacío – ruego que declaremos que somos plenos discípulos del Señor Jesucristo”.
Hoy es Viernes Santo (en inglés, Viernes Bueno, traducido literalmente), observado por muchos en el mundo cristiano como un día de gran solemnidad y santidad. Cuando era joven, sabiendo de dicho día, gracias a mis muchos amigos y vecinos católicos romanos o protestantes, pensé que el término inglés “Viernes Bueno” era un oxímoron. ¿Qué tenía de bueno el día que murió Jesús? Sólo a medida que maduré en el Evangelio llegué a comprender que la muerte de Jesús era santa, un acto sagrado que sellaba el trayecto expiatorio que había comenzado la noche anterior cuando Él tomó sobre sí nuestros pecados y pesares y entonces, como victima expiatoria, llevó esa carga al altar – en este caso una cruz- donde pagó el precio máximo. Más adelante llegué a comprender otro matiz lingüístico. Muchos ven el uso de “good” en “Good Friday” (Viernes Santo) como uso arcaico, a semejanza de “good-bye” (adios). Aquí podría ser un sinónimo de “God” (Dios), en cuyo caso sería “God´s Friday” (Viernes de Dios), ese día de significado cósmico cuando el Padre reconcilió el mundo para Sí: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5: 8-11).
Como Santo de los Últimos Días, mucho de lo que se conmemora en Viernes Santo en otros tiempos me parecía incomodo. “Adoramos a un Cristo viviente, no a un Cristo muerto”, era la frase común con la que me crié. Era más fácil reconocer que Jesús de algún modo tomó sobre Sí la carga de nuestros pecados y pesares en Getsemaní para luego pasar lo más rápido posible por lo desagradable del juicio, el abuso y la crucifixión, al gozo de la mañana de la Pascua de Resurrección. La cruz me era particularmente extraña, si no es que incomoda. La Iglesia no cuenta con imágenes en nuestras iglesias y templos, aunque sí abundan otras clases de simbolismos. Al no entender los detalles teológicos de la misa como un “verdadero sacrificio” en la tradición católica romana, no capté por qué el crucifijo era tan importante para mis amigos. Sin molestarme en preguntar a mis amigos protestantes lo que significaba la cruz para ellos, hasta que no fui adulto ignoré el hecho de que para ellos la cruz no era sólo un símbolo de Su muerte por nosotros, ya que para ellos también era un símbolo de su resurrección, ¡porque la cruz estaba vacía!
Sin embargo, un estudio más detallado ha aportado una nueva conciencia de la riqueza simbólica de las escrituras y de las imágenes de la muerte de Jesús sobre la cruz. Aquí, no es la cruz en sí misma, ya fuera un palo vertical o un simple andamiaje sobre el cual se ataba o clavaba la viga de la victima. Ni tampoco es la iconografía religiosa de una cruz latina o griega. En cambio, para mí, el significado de la crucifixión yace en la imagen de Cristo “siendo levantado”, con la cruz como madero y en las marcas o señas duraderas que dejó Su sacrificio.
En el Evangelio de Juan, Jesús dice tres veces que Él debe ser levantado como parte de su regreso al Padre y de atraer a todos los hombres para Sí (véase Juan 3:14, 8:28, 12:32-33) y en la última ocasión deja claro que ésta era una referencia de cómo moriría. La crucifixión era una forma de ejecución muy humillante pero sobre todo muy pública, pero lo que aquí parece ser significativo es que el sacrificio de Jesús está allí para que todos lo vean, en toda época y lugar. Juan 3:14 lo conecta directamente con levantar la serpiente sobre una asta en el desierto (véase Números 21:9), una imagen que los autores del Libro de Mormón reconocieron y ampliaron (véase 2 Nefi 25:20; Alma 33:19; Helamán 8: 14-16). Por lo tanto, la crucifixión ilustra que la muerte salvadora de Jesús brinda curación y vida a todos los que simplemente miren hacia Él.
Pero quizá el respaldo más importante de “levantar” imágenes vino del mismo Jesús, que les dijo a los nefitas: “Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres, para que así como he sido levantado por los hombres, así también los hombres sean levantados por el Padre, para comparecer ante mí, para ser juzgados por sus obras, ya fueren buenas o malas; y por esta razón he sido levantado; por consiguiente, de acuerdo con el poder del Padre, atraeré a mí mismo a todos los hombres, para que sean juzgados según sus obras” (3 Nefi 27:14-15).
El reconocer que la crucifixión era equivalente a “ser colgado en un madero” añade otro nivel de simbolismo. Bajo la ley de Moisés, era maldito el que fuera colgado en un madero (véase Deuteronomio 21:22-23), explicando quizá una de las razones de por qué los opositores de Jesús estaban ansiosos de que los romanos lo crucificaran. Aunque no está totalmente claro qué derechos de pena capital habrían tenido las autoridades judías (la prohibición de ejecutar hombre alguno en Juan 18:31 podría haberse referido a la ley judaica, ya que no podían ejecutar durante Pascua), hacer que los romanos mataran a Jesús no hizo más que transferir la culpa. La ejecución judía por blasfemia habría sido la lapidación, mientras que la ejecución romana por traición y rebelión era la crucifixión. El sumo sacerdote le había preguntado a Jesús la noche anterior, “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” (Marcos 14:61) y nada podía haber probado que Jesús era justo lo contrario, maldito de Dios, que haberle colgado en un madero. No obstante, esta “maldición” era parte de que el Salvador descendiera “debajo de todo”. Ciertamente, Pablo escribió, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (Gálatas 3:13).
Lo asombroso, sin embargo, era que la cruz, el madero de la maldición, se convirtió para nosotros, en efecto, en un árbol de la vida. Después de que Jesús expiró, “uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Juan 19:34). Pensando en lo que Jesús le dijo a la mujer samaritana sobre el agua viva, en Juan 4, o en Su discurso en Juan 7 sobre el Espíritu que da vida, en el cual de Él corren ríos de agua viva, esta señal sugiere que la muerte de Jesús produjo vida. De hecho, en la iconografía medieval se extendió la imagen de la “cruz verde”, que a menudo se retrataba con brotes de hojas y frutos.
Finalmente, la crucifixión dejó señales duraderas del acto salvador del Señor, marcas que se usaron para impartir un testimonio seguro de que Él era el Señor y Dios de aquellos a quienes Él salvó. Aunque la experiencia de Tomás, después de la resurrección, sugiere que debemos ser creyentes antes de recibir tal seguridad (véase Juan 20:24-29), el que Jesús mostrara las marcas en sus manos, pies y costado adquirió un significado casi ritual, cuando se les apareció a los nefitas en el templo de Abundancia: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo” (3 Nefi 11:14).
Por estas razones, al leer, repasar y meditar los últimos actos del Salvador en ese día, ya no me asustan las imágenes que en otros tiempos me eran extrañas. En cambio, me regocijo en lo que Jesús hizo por mí y lo veo como un precursor necesario, no sólo para la mañana de la Pascua, sino para el gran don de la vida eterna, el precioso fruto del árbol, el cual “es el más grande de todos los dones de Dios” (1 Nefi 15:36; véase también D. y C. 14:7)
El Nuevo Testamento es una asombrosa colección de varios tipos de documentos, que incluyen cartas, bibliografías antiguas, sermones y narraciones históricas. Los estudios sobre el Nuevo Testamento nos han ayudado a reconstruir el mundo de Jesús y sus discípulos al proporcionar perspectivas históricas, culturales y lingüísticas; además, el estudio de los textos nos ha ayudado a apreciar el interesante y complejo relato de la transmisión del Nuevo Testamento desde la antigüedad hasta el presente.
En la actualidad, no parece que se haya preservado ningún manuscrito o escritos originales del Nuevo Testamento. En otras palabras, no podemos visitar ningún museo o biblioteca para ver el libro original de Mateo, o la epístola original que Pablo escribió a los Romanos. De hecho, los manuscritos más antiguos que han sobrevivido los estragos del tiempo ni siquiera son copias de los originales, ni copias de las copias. El texto más antiguo del Nuevo Testamento que se conoce, es un manuscrito de papiro más bien pequeño (véase la imagen) con Juan 18:37-38 en un lado (anverso) y Juan 18: 31-33 en el otro (reverso). Su pequeño tamaño minimiza su gran importancia. Producido aproximadamente en el año 125 de la era cristiana, sugiere una fecha del Evangelio de Juan anterior a la que tradicionalmente se le ha asignado (muchos eruditos asumen que el Evangelio de Juan fue escrito en los años 90 de la era cristiana). Además, el manuscrito fue descubierto en Egipto, lo que sugiere una rápida dispersión del Evangelio.
Las copias más antiguas de un libro individual del Nuevo Testamento datan del año 200 de la era cristiana. En las décadas y siglos siguientes, los escribas continuaron haciendo copias del Nuevo Testamento. Aún existen unos 5.700 manuscritos en griego de principios del siglo II hasta el siglo XVI. No es de sorprender que estos manuscritos contengan numerosas diferencias porque fueron copiados a mano a lo largo de los años. De hecho, existen unas 30.000 variantes de lectura. La mayoría de estas variantes de lectura no son teológicamente significativas, y probablemente fueron el resultado de errores humanos (cambios no intencionales hechos al texto durante el proceso de su copiado). Sin embargo, existen cambios bastante significativos, que muy probablemente fueron intencionales. Estos cambios se realizaron por una variedad de razones, que incluyen: (1) promover opiniones teológicas, (2) corregir errores que un escriba creía que existían en el texto, (3) concordar el texto a fin de que fuera igual a lo que estaba registrado en otro pasaje y (4) clarificar ciertos pasajes que pudieran ser confusos o mal entendidos.
La versión inglesa del Rey Santiago (KJV) de 1 Juan 5: 7 conserva un cambio significativo: “porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno”. Los traductores de la KJV utilizaron los mejores manuscritos disponibles en esa época. Desde 1611, nuevos hallazgos han dado a conocer manuscritos antiguos que los eruditos creen que nos acercan mucho más al texto original. Este versículo en particular, que apoya una interpretación trinitaria de la Deidad, no se encuentra en los manuscritos más antiguos de 1 Juan, lo que sugiere que un escriba lo añadió por cuestiones teológicas.
La manera en que entendamos el Nuevo Testamento dependerá de qué variante de lectura aceptemos como la más cercana a la original. En este caso, algunos eruditos argumentan que el Nuevo Testamento no nos enseña explícitamente la doctrina de la Trinidad, porque esta singular e importantísima referencia no se encuentra en ningún manuscrito griego (manuscritos que abarcan más de mil años de transmisión del Nuevo Testamento). Debido a que no aparece antes del siglo XIV, algunas traducciones y versiones modernas de la Biblia no incluyen este versículo.
En la actualidad, vivimos en una época asombrosa en la que el trabajo sobre el Nuevo Testamento ofrece grandes perspectivas y nos permite acercarnos a los textos según fueron preparados originalmente en el siglo I.
La semana pasada llegó el último número de la revista National Geographic (diciembre 2008) y en su artículo de portada se lee “El verdadero Rey Herodes”. Durante la época navideña a veces pensamos en Herodes, por el relato que se encuentra en Mateo : “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos” (Mateo 2:16).
Aunque el artículo me resultó interesante, cuestiono algunas afirmaciones. Aunque el autor de National Geographic argumenta que Herodes era “casi con certeza inocente de este crimen” (40), existe evidencia significativa que Herodes, al igual que otros reyes helenísticos y los mismos emperadores romanos, mató a cualquiera que suponía una amenaza a la estabilidad política del reino. El relato de Mateo es una fuente judía de primera mano de algunos de los acontecimientos del siglo I, registrado mucho antes de que Josefo, historiador judío del siglo I, comenzara a escribir la historia de la Primera Guerra Judía contra los romanos (AD 66 —70). El relato de Mateo destaca los motivos y tácticas de Herodes, que concuerdan con otras fuentes primarias, de manera que los historiadores deben ser muy cautos en rechazarlo al reconstruir la vida de Herodes.
Sin embargo, este artículo aporta importantes perspectivas del reinado de Herodes, más allá del los incidentes registrados en el Nuevo Testamento. Primero, informa a un público mucho mayor los detalles del descubrimiento, este año, de la tumba de Herodes. Ehud Netzer, destacado arqueólogo israelí, había estado buscando la tumba de Herodes durante treinta años antes de su monumental hallazgo. Segundo, este interesante artículo revela, mediante pictogramas y dibujos reconstruidos, algunos de los proyectos de construcción más significativos de Herodes y que él era un maestro de obras. Su mayor logro, para su nación y par el judaísmo, fue la reconstrucción y ampliación del templo, posteriormente conocido como el Templo de Herodes, en Jerusalén.
Este artículo nos ayuda a visualizar el mundo de Jesús, al familiarizarnos con la gente y lugares que Él visitó. Poco después del nacimiento de Cristo, José y Su madre María Lo presentaron al Señor, según el mandamiento de la Tora, en el templo en Jerusalén (véase Lucas 2:22-40). Allí, un hombre y una mujer, justos y piadosos, lo encontraron en el templo construido por Herodes y lo reconocieron como el Mesías prometido. Herodes el Grande gobernaba Judea y sus territorios circunvecinos como rey-cliente del Imperio romano — el mundo que fue testigo del nacimiento del Hijo de Dios, un mundo que casi se ha desvanecido. Sólo mediante los esfuerzos de arqueólogos y eruditos como Ehud Netzer, se ha vuelto a ver el mundo, aunque sea de forma parcial. El reciente descubrimiento de la Tumba de Herodes, al sudeste de Jerusalén, añade otra loza a la reconstrucción del mosaico del mundo del Nuevo Testamento.
