Robert L. Millet Blog Posts
Director de Publicaciones del Centro de Estudios Religiosos de BYU

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Hace unos años, un colega mío y yo almorzamos con dos teólogos prominentes. Esa no fue nuestra primera reunión ya que nos habíamos reunido dos años antes y tuvimos una plática deleitable acerca de Jesucristo, de la centralidad de su Expiación, de los poderes edificantes y liberadores de su gracia y de la forma en que nuestro discipulado se debe vivir a diario. En esa reunión inicial no hubo defensas, ni pretensiones, ningún esfuerzo por derrotar al otro o probar que se está equivocado. En lugar de eso, hubo un simple intercambio de puntos de vista, se reconocieron nuestras diferencias y un espíritu de regocijo al hablar de las características de la doctrina de Cristo en las cuales estábamos de acuerdo; un aleccionador espíritu de gratitud por las bendiciones incomparables que fluyen de la vida y la muerte del Redentor y por su poder transformador.
Ahora, dos años después, comenzamos donde habíamos terminado antes, casi como si no hubiera pasado el tiempo. Se mencionaron muchas cosas, se hicieron diagramas en las servilletas, y se efectuó un libre intercambio de ideas. Hacia el fin de la reunión, uno de nuestros amigos se dirigió a mí y dijo: “Muy bien, Bob, hay algo que te quiero preguntar a fin de poder determinar en qué crees realmente.” Y continuó: “Estás delante del tribunal del Todopoderoso y Dios te pregunta: ‘Robert Millet, ¿qué derechos tienes para entrar al cielo? ¿por qué te debo dejar entrar?’” Ese no era el tipo de pregunta que esperaba. (Yo había asumido que preguntaría algo más teórico. Esa pregunta era conmovedora, práctica, penetrante y personal.) Durante treinta segundos, hice lo posible por imaginarme la escena, revisé mi alma y traté de ser tan claro y sincero como fuera posible. Pero, antes de que indique lo que exactamente dije, quisiera que nos adelantáramos veinticuatro horas en el tiempo.
Al día siguiente hablé a un grupo de adultos solteros Santos de los Últimos Días que procedían de toda Nueva Inglaterra y que se reunieron para una conferencia en el MIT en Boston. Mi tema era “La Esperanza en Cristo.” Cuando iba como a dos tercios de mi discurso, sentí que sería apropiado compartir nuestra experiencia del día anterior. Les planteé a los jóvenes la misma pregunta que se me había hecho. Hubo un silencio notable en la sala, como evidencia de una tranquila meditación en una pregunta singularmente significativa. Les permití que pensaran un minuto y luego me dirigí a una señorita de la primera fila y dije: “Hablemos ahora de la forma en que responderíamos. Quizás le podría decir a Dios lo siguiente: ‘Bueno, debo entrar al cielo porque fui bautizado en la Iglesia, hice una misión de tiempo completo, me casé en el templo, asisto regularmente a los servicios de adoración, leo las escrituras a diario, hago oración en las mañanas y en las noches. . . .’” En ese punto la joven me interrumpió con estas palabras: ” Espere. . . Espere. . . no me siento bien con su respuesta. Suena como si estuviera leyéndole su curriculum vitae a Dios.”
Se alzaron varias manos. Uno de los jóvenes exclamó: “¿Cómo respondió usted la pregunta? ¡Díganos lo que usted dijo!” Me acordé de lo que pasó el día anterior y recordé los sentimientos que bullían en mi corazón y les dije a los adultos solteros lo que contesté: Miré a los ojos a mi amigo y le respondí: “Le diría a Dios: Reclamo el derecho de entrar al cielo por mi total confianza y dependencia en los méritos y en la misericordia y en la gracia del Señor Jesucristo.” El interrogador me contempló como por diez segundos, sonrió gentilmente y dijo: “Bob, esa es la respuesta correcta a la pregunta.”
Obviamente, son necesarias las buenas obras de una persona en el sentido de que muestran en qué nos estamos convirtiendo mediante los poderes del evangelio de Jesucristo; manifiestan qué y quienes somos. Pero también reconozco que nunca habrá de mi parte, las suficientes buenas obras —oraciones, himnos, actos caritativos, contribuciones financieras, o miles de horas de servicio en la Iglesia— para salvarme. La obra de la salvación requiere el trabajo de un Dios. Un hombre sin ayuda está y estará para siempre perdido, caído, y sin salvar. Es solamente mediante la fuerza del Señor que podemos encarar los desafíos de la vida, manejar los dilemas de la vida, enfrentar las contradicciones de la vida, soportar las pruebas de la vida y eventualmente, vencer al enemigo de la vida; la muerte.
Blog escrito por Reid L. Neilson, profesor adjunto de Historia de la Iglesia y Doctrina de BYU.
El Día de los Pioneros evoca imágenes de carretas y carretas de mano en el trayecto hacia el oeste, a Utah; sin embargo, una imagen tan miope de la historia de nuestra Iglesia oscurece los esfuerzos pioneros de los Santos de los Últimos Días alrededor del mundo. Menos mal que el historiador Andrew Jenson hizo todo lo posible para ampliar la concienciación histórica de los miembros de la Iglesia – algo que todos debemos recordar durante esta época festiva especial.
Mientras trabajaba para el Departamento Histórico de la Iglesia en Salt Lake City, Jenson fue enviado por la Primera Presidencia para realizar una gira del campo misional fuera de Norteamérica. El intrépido danés partió de Salt Lake City el 11 de mayo de 1895 y no regresó a la ciudad de los Santos hasta el 4 de junio de 1897. En el transcurso de su viaje en solitario de veinticinco meses, Jenson pasó por las siguientes islas, naciones y tierras (en orden cronológico): las Isla Hawaianas, Fiji, Tonga, Samoa, Nueva Zelanda, las Islas Cook, las Isla Sociedad, las Islas Tuamotu, Australia, Ceilán, Egipto, Siria, Palestina, Italia, Francia, Dinamarca, Noruega, Suecia, Prusia, Hannover, Sajonia, Baviera, Suiza, los Países Bajos, Inglaterra, Gales, Irlanda y Escocia. Viajó 53.820 millas [86.596 kilómetros] por agua mediante una variedad de barcos a vapor y barcas; sus viajes por tierra incluyeron trenes, carruajes, jinrikishas, caballos, burros y camellos. Jenson se convirtió en el primer Santo de los Últimos Días en visitar todas las actuales misiones SUD fuera de Norteamérica tras la evangelización de la Cuenca de Pacífico en la década de 1840.
Jenson predicó la importancia de mantener registros en sus muchos sermones y discursos de Conferencias Generales. “Si no hubiese sido por los escritores. . . que pertenecieron a la Iglesia original, ¿qué significarían para nosotros los hechos de Cristo?” Jenson, en una ocasión, les dio a los Santos de los Últimos Días el siguiente desafío: “Y si alguien no hubiera registrado estos y otras hermosas palabras de Cristo y Sus Apóstoles, ¿Qué habríamos sabido del ministerio de Cristo y de Sus Apóstoles? Tendríamos tan sólo unas vagas ideas transferidas por tradición que desorientarían más que orientarían”. En otras palabras, de no ser por los escritores e historiadores de dispensaciones pasadas, no habría historia sagrada en la forma de escritura hebrea y cristiana. Lo mismo sería una realidad en esta dispensación, enseño él a menudo, si los miembros de la Iglesia fracasaran en mantener historias personales y eclesiásticas contemporáneas. Este sentido espiritual del destino, junto con una incomparable ética de trabajo y pasión por la historia, moldeó la vida y la obra de Jenson. Sólo hace falta buscar en el catálogo de la Biblioteca de Historia de la Iglesia para ver los escritos de Jenson a fin de comprender sus obras.
He argumentado en otros lugares que la historia global SUD es la historia de la Iglesia. Los Santos de los Últimos Días deben darse cuenta de que gran parte de nuestra historia más interesante ha ocurrido en el extranjero. Debemos recordar que la “restauración” del Evangelio ocurre cada vez que se dedica un nuevo país para el proselitismo, mediante la autoridad apostólica. En otras palabras, la restauración original de Nueva York de 1830 en muchas maneras fue repetida en Gran Bretaña en 1837, en Japón en 1901, en Brasil en 1935, en Ghana en 1970, en Rusia en 1989 y en Mongolia en 1992. Los historiadores mormones deben reconducir su mirada erudita de Palmyra, Kirtland, Nauvoo y Salt Lake City hacia Tokio, Santiago, Varsovia, Johannesburgo y Nairobi. Estas ciudades internacionales y sus historias serán muy importantes para nuestra historia sagrada. Estas historias no norteamericanas necesitan contarse con mayor frecuencia y con mejor habilidad. En este sentido, Jenson fue un hombre adelantado para su época. En los últimos años del siglo XIX, el inagotable caballo de batalla de la Oficina del Historiador de la Iglesia tenía la visión y la voluntad de dedicar dos años de su vida a documentar la Iglesia global y a sus miembros. Como indica Louis Reinwand, “Jenson desempeñó un papel vital en mantener vivo el ideal de una Iglesia universal. Fue el primero en insistir en que la historia mormona incluyera a alemanes, británicos, escandinavos, tonganos, tahitianos y otros grupos nacionales y étnicos, y en que la historia de los Santos de los Últimos días debiera escribirse en varios idiomas para el beneficio de aquellos que el inglés no era su idioma nativo” (“Andrew Jenson, Latter-day Saint Historian,” BYU Studies 14, no. 1 [Autumn 1973]: 44).
En una excepcional revelación dada por medio de José Smith en 1831, el Señor dijo, “la voz de amonestación irá a todo pueblo” (Doctrina y Convenios 1:4). Tal vez este mandato parecía abrumador para la recientemente organizada Iglesia de Jesucristo. Dos años después, en 1833, el Señor amplió la misión de la Iglesia, diciendo que “todo hombre oirá la plenitud del evangelio en su propia lengua y en su propio idioma” (Doctrina y Convenios 90:11).
En la actualidad se estima que existen en el mundo aproximadamente 7000 idiomas hablados, de los cuales unos 2600 constan de un sistema escrito. Sin embargo, los lingüistas pronostican que dentro de un siglo desaparecerán más de 3000 idiomas hablados. El mundo ciertamente se está haciendo más pequeño, y algunos idiomas, como el inglés y el chino, están ampliando su alcance.
Los esfuerzos de la Iglesia por cumplir con el mandato del Señor de predicar el evangelio a los habitantes de la tierra han sido extraordinarios y continúan siéndolos. Nuestra familia simplemente refleja lo que está ocurriendo en todo el planeta con tantos Santos de los Últimos Días. Mi hijo Bailey sirve en la Misión Suiza Zúrich y mi hija Marin entrará en el Centro de Capacitación Misional de Provo el 4 de diciembre de 2008 para comenzar su preparación para servir en la Misión Hungría Budapest. Ellos siguen los pasos de dos hermanos mayores, Nathan, quien sirvió en la Misión Chile Osorno, y Zac, quien sirvió en la Misión Costa Rica San José. Yo serví mi servicio misional en la Misión Italia Milán. Mi hijo y mi hija se unirán a sus primos, los élderes Josh Meacham y Ephraim Taylor, que están sirviendo en las misiones Polonia Varsovia y Taiwán Taichung.
Igualmente extraordinarios son los esfuerzos por proporcionar las traducciones del Libro de Mormón al mundo. En la actualidad se ha traducido el Libro de Mormón en su totalidad a setenta y nueve idiomas; existen selecciones del mismo en otros veintitrés idiomas. Esto representa el 99 por cien de los idiomas hablados por los Santos de los Últimos Días. Continúan los esfuerzos por traducir este libro a más idiomas a fin de cumplir con el mandato del Señor.
El profeta José Smith estaba realizando su primera visita histórica al Condado de Jackson, Misuri, en agosto de 1831 cuando oyó la voz del Señor, “De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia (Doctrina y Convenios 58:27). Teniendo esto en cuenta, el Centro de Estudios Religiosos ha lanzado una nueva página web a fin de llegar a un público más amplio.
Finalmente, en respuesta al mandato del Señor que cada persona oiga el evangelio en su propio idioma, hemos traducido algunos de los mejores artículos y libros de la biblioteca impresa del CER al español y portugués, los idiomas más comunes de la Iglesia, después del inglés. Además, acabamos de añadir el idioma alemán y publicaremos un importante libro escrito por el Dr. Roger Minert, In Harms Way: German Latter-day Saints in World War II (En situaciones de Riesgo: Santos de los últimos días alemanes en la Segunda Guerra Mundial). Ampliaremos nuestro alcance al traducir otros libros, proporcionando así a los miembros de la Iglesia otra forma de buscar “palabras de sabiduría de los mejores libros” (Doctrina y Convenios 88:118) Invitamos a otros a unirse a nosotros en esta aventura y a que pasen la voz de que el sitio web del CER dispone de valiosos artículos en inglés, español, portugués y alemán.