Robert L. Millet Blog Posts
Director de Publicaciones del Centro de Estudios Religiosos de BYU

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Una vez estaba en una clase de la Escuela Dominical cuando el maestro tocó el tema de compararnos con otros. Nos advirtió de los peligros de hacerlo eso y luego agregó: “Nunca debemos comparar nuestra situación en la vida con otras personas. Si se tiene que comparar a alguien, entonces compárese a Cristo, porque él es nuestro Ejemplo.” Reflexioné en ese comentario por un buen rato ese día y luego me encontré pensando. “Oh, debemos compararnos con Cristo. Bueno, ¡ciertamente eso me hace sentir mejor! De aquí en adelante pondré mis obras y mis endebles ofrendas junto a las de él y entonces realmente voy a estar (y seguiré) deprimido.”
El hecho es, que la comparación no funciona; Punto. Mantendremos un sentimiento constante de insuficiencia o cultivaremos un punto de vista no adecuado de nuestra propia importancia. Ninguno es saludable. Aún algunos de los discípulos escogidos de Jesús fueron tentados para buscar posiciones de prominencia, y el Maestro los reprendió con las palabras, “el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (Mateo 20: 26-27; compárese con Marcos 10: 28-41). Jesús mismo fijó la norma y abolió todas las formas de jerarquías espirituales cuando él, el hombre más grandioso que haya cruzado los senderos de la tierra, describió su propio papel como sigue: “yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 20: 27).
Andy Stanley puso todo esto en perspectiva cuando preguntó: “Cuando mueras, ¿te toca ir al cielo si tus buenas obras constituyen el 70 por ciento de todos tus hechos? ¿O el 51 por ciento te concede una calificación aprobatoria? . . . O ¿qué pasa si la santidad y la perfección de Dios sobrepasan a su misericordia y requiere que el 90 por ciento de tus obras sean buenas? ¿Y que tal si Dios califica con la curva y la Madre Teresa torció la curva cósmica, y elevó el nivel para las buenas obras más allá de lo que la mayoría de nosotros somos capaces?” (How Good is Good Enough? páginas 45-46).
Aunque para los Santos de los Últimos Días, la salvación es un asunto familiar, el venir a Cristo por los convenios y cumplir con la voluntad de Dios es una tarea individual. Cuando sea la hora de estar ante el tribunal del juicio, no se va a poner el resumen de nuestras vidas (incluyendo nuestras buenas obras) junto al de alguien más. Somos bautizados uno por uno, confirmados uno por uno, ordenados uno por uno e investidos uno por uno. Y aunque nos arrodillamos en la Casa del Seor frente al amor de nuestra vida en la ordenanza más alta de este lado del cielo, el guardar los convenios del templo, finalmente el asunto de ser conformados a la imagen de Cristo, se efectúa un alma a la vez. Estamos todos juntos en esto. Ninguno de nosotros está exento de los exámenes de la mortalidad o de recibir un adiós en el juego de la vida. Estamos aquí para hacer lo mejor que podamos. La búsqueda de la espiritualidad no quiere decir que debemos ser copiados a la imagen de otro humano, más bien la búsqueda debe ser que Dios, por medio de su Santo Espíritu, nos convierta a usted y a mí en todo lo que él desea que seamos. A través de los aos y después de que el Espíritu Santo haya moldeado nuestros corazones, después de que el Seor haya educado nuestras conciencias, después de que el Espíritu haya madurado nuestro juicio y mejorado nuestra sabiduría, entonces “cuando [Cristo] aparezca, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es” (Moroni 7: 48; compárese con 1 Juan 3: 1-2).
El evangelio de Jesucristo son las grandes nuevas, las alegres nuevas de que si ejercemos nuestra fe en Jesucristo y su Expiación, unida a nuestro arrepentimiento que emana de ella, podemos ser perdonados de nuestros pecados y justificados o hechos rectos con Dios. De ese modo, nuestra posición delante del Todopoderoso ha sido cambiada de una de ira divina a una de favor celestial y aceptación; hemos cruzado el sendero de muerte a vida (ver Romanos 5: 9-10). “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Seor Jesucristo” (Romanos 5: 1). O, como Pedro lo enseó: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte a su debido tiempo, echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5: 6-7; énfasis agregado). Seguramente este es el caso de que podemos poner nuestras cargas sobre el Seor porque él tiene cuidado de nosotros; esto es, porque nos ama. Pero percibo que Pedro intenta algo más en este pasaje. Podemos darle a quien es el Bálsamo de Galaad, nuestras preocupaciones, ansiedades, inquietudes y temores, ya que el nos cuidará, o sea, él se encargará de nosotros. Es como si Pedro nos hubiera aconsejado: “No se preocupen. No estén tan ansiosos. Dejen de estrujarse las manos. Permitan que Jesús lleve la carga y ustedes tengan la paz.” Eso es lo que C. S. Lewis quiso decir cuando sealó que “si usted realmente se ha entregado a Él, lo que sigue es que usted esté tratando de obedecerlo. Pero haciéndolo de una nueva manera, menos preocupada” (Mere Christianity, páginas 130-131; énfasis agregado).
Después de sanar a un ciego, Jesús les habló muy claramente a los fariseos que eran rectos en su propia opinión: “Yo, para juicio he venido a este mundo, para que los que no ven, vean, y los ven, sean cegados” ¡Qué declaración tan singular! Pero va al centro de lo que hemos estado comentando — la necesidad de que reconozcamos nuestra necesidad.— Quienes han aceptado a Cristo y su evangelio salvador llegan a ver las cosas tal como son. Una vez eran ciegos, pero ahora ven. Quienes deciden permanecer en su estado engreído de auto-seguridad, creyendo que ven claramente todo, estos son los que continúan caminando en la obscuridad. Por lo tanto, Jesús concluyó: “Si fuerais ciegos, no tendrías pecado; pero ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Juan 9: 39, 41).
Fue Jacob, el hijo de Lehi, quien escribió que los “que se inflan a causa de su conocimiento y su sabiduría y sus riquezas, sí, éstos son los que él [El Santo de Israel] desprecia; y a menos que desechen estas cosas, y se consideren insensatos ante Dios y desciendan a las profundidades de la humildad, él no les abrirá” (2 Nefi 9: 42; compárese con 1 Corintios 3: 18; 4: 10; y 8: 2). Por otra parte, “los pobres en espíritu” quienes se consideran en la bancarrota espiritual si no tienen la ayuda celestial y el favor divino, esos son los que vienen a Cristo y aceptan su ofrenda sagrada, son quienes heredan el reino de los cielos (véase Mateo 5: 3 y 3 Nefi 12: 3).
Seamos sabios y honestos: No podemos hacerlo por nosotros mismos. No podemos levantarnos con nuestros propios esfuerzos espirituales. No somos lo suficientemente brillantes o poderosos para llevar a cabo el gran cambio que se necesita para ver y entrar en el reino de Dios. No podemos realizar la cirugía de nuestro propio ojo. No podemos forzar nuestra entrada por las puertas de la Jerusalén celestial. No podemos hacernos felices a nosotros mismos ni lograr nuestra satisfacción. Pero sí podemos “buscar a este Jesús de quien han escrito los profetas y apóstoles, a fin de que la gracia de Dios el Padre, y también del Seor Jesucristo, y del Espíritu Santo, que da testimonio de ellos, esté y permanezca en [nosotros] para siempre jamás” (Eter 12: 41). Entonces todas estas cosas nos serán aadidas (ver Mateo 6: 33). Esa es la promesa, y yo afirmo que es verdadera.
Reducimos la esfera de lo desconocido, no cuando nos paseamos por ella, sino más bien por deleitarnos en lo que Dios ha revelado y aumentando nuestro conocimiento de ello. Es una experiencia que satisface al alma el estar leyendo el tema A y entonces que nuestra mente sea dirigida a considerar el tema B. De hecho, el meditar y reflexionar de manera seria, consistente y con oración en las revelaciones institucionales (los libros canónicos y las palabras de los oráculos vivientes) da como resultado las revelaciones individuales que incluyen —cuando el SeZor sienta que es apropiado y que estamos listos para recibir— las respuestas a nuestras preguntas más difíciles. Dichas respuestas pueden venir como respuesta específica a una preocupación específica, o pueden venir en la forma de seguridad pacífica y consoladora de que todo está bien, que Dios está en su cielo, que la obra en la cual estamos embarcados es verdadera y que los detalles se darán a conocer en el debido tiempo del SeZor. De cualquier manera, las respuestas vienen. En verdad vienen, pero solamente si vamos a la fuente correcta.
Algunas personas llegan a la conclusión falsa, y realmente más bien tonta, de que a causa de que ellos no entienden. tampoco lo hará nadie mas. Esa es una conclusión bastante presuntuosa, pero sin embargo, sorprendentemente, es muy común. La humildad requiere una postura diferente. La mansedumbre nos forzará a reconocer que puede haber alguien más, ya sea más inteligente o con más experiencia que nosotros, o aún quizás alguien que haya batallado antes con este asunto. El sentido común sugeriría que las probabilidades están en contra de la absoluta originalidad en lo que concierna a nuestra preocupación específica. Y aún si fuera posible que hallemos algo que ningún ser humano haya enfrentado jamás, aún así, existen entre nosotros personas buenas y sabias que han sido bendecidas con los dones del Espíritu — con discernimiento, con revelación, con sabiduría y juicio— para ayudarnos a poner todas las cosas en la perspectiva correcta.
Una tendencia afin para algunos es el exhibir sus dudas anunciando todas las cosas con las que tienen problemas, suponen que “por salir del closet” de algún modo se sentirán mejor acerca de sus dificultades o que puedan identificar y tomarse de la mano con otros que sufren de igual manera. Para estar seguros, uno no necesita sufrir solo. Hay ayuda disponible, y es de muy fácil acceso. Sin embargo, es muy poco el bien que sale de “tender la ropa sucia, ” de proclamar públicamente nuestras ansiedades internas, muy poco el bien para el individuo, y muy poco el bien para grupos de personas. Tales cosas solamente alimentan las dudas y las perpetúan. El élder Neal A. Maxwell preguntó “¿Por qué hay algunos miembros que se parecen a los antiguos atenienses, tan ansiosos de oír alguna nueva crítica o duda? (Véase Hechos 17: 21) De la misma forma en que algunos miembros débiles se van a otro estado para participar en juegos de azar, unos cuantos se apartan de su camino a fin de excitar sus dudas. En vez de nutrir su fe, están jugando “fuera de lugar” con su frágil fe. A la pregunta ‘¿Queréis acaso iros tambien vosotros?’ (Juan 6: 67) estos cuantos responderían: “Oh no, solamente queremos un pase de fin de semana para ir a un casino para críticos o a un club para cosas encubiertas. Tales miembros desviados tan fácilmente no son discípulos verdaderos sino seguidores casuales.” El élder Maxwell concluyó: ” los verdaderos discípulos son descritos correctamente como firmes, inmutables que siguen adelante ‘con un fulgor perfecto de esperanza’ (2 Nefi 31: 20); véase también DyC 49: 23)” En Conference Report, octubre de 1988, página 40). Por lo tanto sugiero: aguanten, sujétense a su fe. Las respuestas llegarán. Las soluciones están en el horizonte un poco adelante. . La perspectiva y la paz están al alcance.
Este es un blog invitado escrito por Jeffrey R. Chadwick, quien es profesor de Arqueología y Estudios del Cercano Oriente en el Centro de Estudios en Jerusalén. (BYU).
Jánuca,(Hanukkah) la festividad judía de la Dedicación, empieza este viernes al atardecer. La palabra hebrea Jánuca significa realmente “dedicación.” Este año 2009, el festival se celebrará desde el sábado 12 de diciembre hasta el sábado 19 de diciembre. Para los judíos de todo el mundo, este es un período festivo de considerable significado tanto religioso como histórico. Pero también debe ser de importancia para los cristianos, incluyendo a los Santos de los Últimos Días, porque sin los eventos que se celebran en Jánuca no habría Navidad. He aquí la historia: El antiguo pueblo judío de la tierra de Israel enfrentó una grave amenaza cuando Antioco IV, el déspota greco-sirio se convirtió en rey del Imperio Seléucida en el año 175 a.C. En ese tiempo Siria controlaba a Judea, pero los judíos habían sido tratados con tolerancia por los anteriores gobernantes sirios. Sin embargo, Antioco IV se consideraba como una deidad griega en forma humana (inclusive adoptó el nombre de Epífanes), y se fijó la meta de convertir a todos los pueblos de su reino a la adoración de todos los dioses griegos.
Buscando imponer esta meta entre los judíos, Antioco hizo que sus tropas ocuparan Jerusalén y el templo judío, reemplazando las ceremonias que honraban al Dios de Israel con ritos paganos, y convirtiendo el edificio en un lugar sagrado para Zeus. El templo fue profanado. Se sacrificaron cerdos en su altar por sacerdotes falsos como muestras de desprecio a la ley de Moisés y a los valores judíos.
La religión judía en general fue proscrita. Se confiscaron las escrituras (los libros de lo que ahora llamamos el Antiguo Testamento) y fueron quemadas. Las ordenanzas y prácticas judías, como la circunsición y las oraciones al Señor, se convirtieron en crímenes capitales. El libro histórico de 1 Macabeos reporta que “bajo el decreto, los sirios ejecutaban a las mujeres que habían circuncidado a sus hijos, colgando a sus hijos alrededor de sus cuellos y destruyendo a sus familias y a los hombres que habían efectuado la circuncisión.” (1 Macabeos 1: 60) De no haber sucedido algo que cambiara el curso del programa de genocidio cultural de Antioco contra los judíos, su religión y su identidad habrían sido arrasadas en unas pocas generaciones.
Pero algo sucedió. En el año 167 a.C. Inspirados por una familia de sacerdotes de Aarón conocidos como los asmoneos, el pueblo de Judea se rebeló contra los ocupantes sirios. La guerra de independencia fue dirigida por un sacerdote asmoneo conocido como Judas Macabeo. La insurrección, conocida como la Revolución Asmonea o como la Revolución Macabea, cobró fuerza y tuvo éxito al rechazar a las fuerzas sirias. Para el mes invernal de Kislev (alrededor de nuestro diciembre) en el año 164 a.C., los revolucionarios judíos habían recuperado el monte del templo en Jerusalén y lo liberaron de los sirios paganos. Al continuar la guerra, las fuerzas macabeas expulsaron a los sirios de la tierra de Israel.
Habiendo liberado a Jerusalén, los judíos se dedicaron a limpiar y volver a dedicar su santo templo. De acuerdo con la tradición de los rabinos que está registrada en el Talmud (TB Shabbat 21:b) cuando los sacerdotes asmoneos entraron al templo solamente encontraron una jarra de aceite de oliva consagrado para encender durante un solo día la lámpara de siete brazos (el menorah) en el lugar santísimo del templo. Pero ansioso por volver a dedicar el edificio, el sumo sacerdote vació el aceite en las siete tazas de los brazos del menorah y las encendió. El aceite que era suficiente para un día ardió durante ocho días completos, tiempo suficiente para fabricar y consagrar nuevo aceite. Esto fue visto como un milagro y una señal de que Dios había estado con los judíos al establecer su libertad y al salvar su religión y su identidad. El período de dedicación de ocho días se ha celebrado por los judíos en Israel, y eventualmente en todo el mundo, desde ese mismo año hasta la actualidad, empezando el día 25 de Kislev, siempre se le ha conocido como el festival de Jánuca, la “fiesta de dedicación”.
Los judíos modernos hacen varias cosas en sus celebraciones de Jánuca. La primera, y la más importante, es el encendido de las luces de Jánuca. Un menorah de Jánuca (candelabro de nueve brazos conocido en hebreo como Hanukiah) es el principal instrumento de la ceremonia. Se colocan velas pequeñas o frasquitos con aceite de oliva en los brazos del menorah, uno de los cuales es más alto que los demás. La primera noche de Jánuca, se enciende la vela elevada (conocida como Shamash) junto con otra vela que representa el primer día de Jánuca. La segunda noche se encienden el Shamash y dos velas, el tercero se encienden tres y así sucesivamente hasta que que en la octava noche de Jánuca se han encendido el Shamash y las ocho velas. El Hanukiah encendido se coloca todas las noches en una ventana para que toda la comunidad puedan ver que la familia judía está celebrando el festival.
Otras actividades de Jánuca incluyen la preparación y el consumo de alimentos fritos en aceite, como las ‘latkes’de papas (tortas de papa fritas y condimentadas) y unas donas conocidas como ‘sufganiot’. El freír en aceite es un recordatorio del milagro del aceite. La antigua práctica de dar monedas a los niños para que las gasten en Jánuca ha evolucionado para convertirse en una tradición de dar regalos durante la temporada festiva. Los niños juegan con un trompo pequeño de cuatro lados llamado ‘dreidel’. Algunas veces a Jánuca se le considera un festival menor, pero eso se debe solamente porque no está incluído en el Torá (la ley de Moisés de las escrituras). En la práctica, es una festividad judía muy querida y celebrada ampliamente.
Para quienes celebran la Navidad cada diciembre les puede resultar de interés saber que Jesús, que era un judío genuino, viajó a Jerusalén para celebrar la Jánuca. En el evangelio de Juan dice “Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón.” (Juan 10: 22-23). Jesús honró la fiesta de Jánuca de la misma forma en que honró la Pascua y otras festividades: le enseñó al pueblo acerca de Su propia identidad y misión divinas.
Los cristianos también deben tomar en cuenta lo siguiente: Si no hubiera habido una revolución asmonea, y si Jerusalén y el templo no hubieran sido liberados y vueltos a dedicar — o sea, si Antioco y los sirios hubieran tenido éxito en arrasar la religion y la identidad judías— entonces no hubiera habido una aldea llamada Nazaret, ni una ciudad de David llamada Belén. No habría una nación judía que esperara la venida de ese Redentor. ¡No hubiera existido el escenario para el nacimiento y la vida de Jesús de Nazaret!
Pero, gracias sean dadas al cielo, hubo una revolución, y la nación judía no solo sobrevivió sino que prosperó. Y como consecuencia de dichos eventos, se preparó el camino para la primera Navidad. Parece ser apropiado que en esta temporada nos unamos en desearnos mutuamente “Felices Fiestas” Feliz Jánuca” y “Feliz Navidad” para todos.
Quienes estén interesados en la Doctrina y Convenios, necesitan subirse las mangas y empezar a sacar el tesoro del más reciente volumen de Los Documentos de José Smith, publicado, hace poco mas de un mes, el 22 de septiembre de 2009. Este imponente volumen de tamaño extra grande: “Manuscript Revelation Books” [Los Manuscritos de los Libros de las Revelaciones] (Salt Lake City: Church Historian Press, 2009), reproduce los manuscritos originales de las revelaciones en su tamaño y color reales. El diseño y la encuadernación son excelentes. El libro es un tesoro en sí mismo, pero el contenido es oro puro.
Los editores de este volumen particular son Robin Scott Jensen, Robert J. Woodford y Steven C. Harper (mi colega en Educación Religiosa). Tan solo los ensayos de introducción valen el precio de cien dólares.
Esta semana, la revista BYU Studies publicó su mas reciente ejemplar (48, núm. 3), que contiene ensayos excelentes de los editores y de Grant Underwood (del Departamento de Historia en BYU) en los que resaltan el descubrimiento del manuscrito de “A Book of Commandments and Revelation” [Un Libro de Mandamientos y Revelación] (págs. 7-17), un repaso de la historia del manuscrito hasta su publicación en el Libro de Mandamientos de 1833, y en la Doctrina y Convenios en 1835, (págs. 18-52), un comentario de la importancia de los manuscritos (págs. 53-66), y un repaso de la forma en que el manuscrito nos puede ayudar a entender el “proceso por el cual José Smith recibió, registró y publicó” sus revelaciones (págs. 67-84). Agregada a estos cuatro extraordinarios ensayos se encuentra una respuesta de Ron Romig, ex-archivista de la Comunidad de Cristo, (págs. 85-91).
“El Libro de Mandamientos y Revelaciones (LMR) tendrá una enorme influencia en el estudio concienzudo de las primeras revelaciones mormonas” (pág. 53). Y eso definitivamente es verdad. Su trabajo, junto con el de sus co-editores, les proporcionará a los historiadores actuales y futuros una oportunidad de examinar estas importantes fuentes originales sin tener que viajar a Salt Lake City, a Independence, o a Provo. El impacto de esta publicación sobre nuestro comprensión de la carrera profética de José Smith, por ahora, no puede ser apreciado por completo. Sin embargo, BYU Studies ha empezado a analizar seriamente el manuscrito del Libro de Mandamientos y Revelación y los resultados aparecerán durante los próximos años y décadas. Si ya tiene los libros Manuscritos de los Libros de Mandamientos, entonces necesita adquirir el último número de BYU Studies; ya que es una contribución importante y valiosa a nuestra comprensión de los Documentos de José Smith.
Este blog fue escrito por David Rolph Seely; profesor de escritura antigua en BYU.
El Día de Expiación — Yom Kippur en hebreo— es el día mas santo y solemne del calendario israelita. Cae en el décimo día del séptimo mes, y este año, (2009) empezará al ocultarse el sol el 27 de septiembre. Los antiguos israelitas se preparaban para ese día, dejando de trabajar al igual que en el Día de Reposo, arrepintiéndose de sus pecados y ayunando. El propósito de este día se describe en Levítico: “Porque en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová” (Levítico 16: 30). El sumo sacerdote realizaba una serie de rituales, que incluía el lavarse a sí mismo, ofrecer sacrificios, y llevar sangre que rociaba sobre el Asiento de la Misericordia en el Arca del Convenio en el Lugar Santísimo del templo [atrás del velo]. Se representaba el poder del Señor para limpiar a su pueblo cuando el sumo sacerdote echaba suertes sobre dos machos cabríos. Uno de ellos era designado para Jehová y el sumo sacerdote lo sacrificaba. El sumo sacerdote, tomaba el otro macho cabrío y transfería todos los pecados del pueblo sobre él imponiéndole las manos sobre la cabeza. El segundo macho cabrío, llamado en inglés “scapegoat” [chivo expiatorio] era llevado al desierto como símbolo de la purificación del pueblo de las manchas de la impureza ritual y el pecado.
El Nuevo Testamento en el libro de Hebreos enseña la doctrina de la Expiación de Cristo por medio del simbolismo del Día de la Expiación. Los cristianos creen que Jesús se ofreció a sí mismo como sacrificio para limpiar a su pueblo de sus pecados. De la misma manera en que el sumo sacerdote en el Día de la Expiación, Jesús “por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención [para nosotros]” (Hebreos 9: 12). A causa de que los Santos de los Últimos Días entendemos que el Día de la Expiación era parte de la ley de Moisés, que se cumplió en Cristo, no celebramos formalmente esta fecha, pero sí tomamos con regularidad los emblemas del sacramento como símbolos del poder de la redención de Cristo para limpiarnos de nuestros pecados y transgresiones.
Después de la destrucción del templo en el año 70 dC, los judíos ya no pudieron ofrecer sacrificio allí, y la celebración del Yom Kippur se cambió del templo a la sinagoga. Hoy en día los judíos celebran el Yom Kippur como la culminación del proceso de arrepentimiento que empieza con el Rosh Hashannah, el primer día del séptimo mes. Durante nueve días los judíos hacen introspección y arrepentimiento, se acercan a quienes les rodean para confesar sus pecados y buscar su perdón. En el décimo día, Yom Kippur, cada persona se presenta ante Dios en la sinagoga en ayuno y oración buscando el perdón divino para sus pecados y defectos. A falta del templo, el Talmud prescribe que en el Yom Kippur se estudie y se recite el ritual bíblico descrito en Levítico 16. El significado del Yom Kippur se expresa elocuentemente en el Cantar de Rabbah 6: 11: “Así como una nuez cae en tierra y puedes tomarla, sacudirla y lavarla y enjuagarla para que sea restaurada a su condición anterior y sea apta para consumirla, asi mismo no obstante cuan profanado esté Israel con las iniquidades durante todo el resto del año, cuando llega el Día de Expiación hace expiación por ellos, según está escrito, ‘Porque en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios.’”
Un año, mi familia y yo experimentamos el Yom Kippur en Jerusalén. Hubo silencio absoluto en la calles durante todo el día ya que todas las actividades diarias se suspendieron por completo. Fue un recordatorio vívido de la necesidad de tomar tiempo, aunque sea una vez al año, o una vez a la semana, para detenerse y hacer un inventario de nuestra condición delante de Dios y con los demás, y para buscar el llegar a ser “uno con el Señor” mediante el arrepentimiento y el perdón divino.
La revista National Geographic de este més presenta un artículo fascinante escrito por Peter Miller (“Antes de Nueva York: Redescubriendo la Tierra Virgen de 1609,” págs. 122-137). El artículo abre una ventana al pasado; cuando los primeros colonizadores europeos empezaron a explorar y poblar la isla de Manhattan. Robert Clark presenta unas fotografías impresionantes, y Markley Boyer y Philip Staub agregan unas ilustraciones importantes para recrear el paisaje natural de Manhattan antes de que cambiara para siempre. Ciertamente los pueblos nativos dejaron sus huellas en la tierra al interactuar con la flora y la fauna, pero los colonos europeos impactaron la tierra de maneras profundas.
Para mi próxima visita a la Gran Manzana, voy a poner este artículo en mi mochila para poder sacarlo mientras camino por la ciudad a fin de ver mas allá del concreto y el asfalto, hacia un mundo que alguna vez existió en ese mismo punto geográfico. Voy a imaginarme a Nueva York como era antes de que Henry Hudson llegara en 1609 , para buscar indicios de ese tiempo y lugar.
La colonización de gran parte del Estado de Nueva York fue una época fundamental en la historia de los Estados Unidos; pues fue testigo de la formación de una nueva nación (1776-1786), de los resurgimientos religiosos conocidos como El Segundo Gran Despertar (1816-1826), y de la restauración de la Iglesia de Jesucristo (1820-1830).
El fin de semana pasado invité a un pequeño grupo de BYU, a visitar el estado de Nueva York para revivir un punto específico en la historia de la Iglesia: la mañana de la primavera de 1820 cuando José Smith vio al Padre y al Hijo en la Arboleda Sagrada. En compañia de Kent P. Jackson, el decano asociado de Educación Religiosa, y de Brent Nordgren, el gerente de producción del Centro de Estudios Religiosos, invitamos a Larry C. Porter, profesor emérito de la Historia de la Iglesia; a Donald L.. Enders, el conservador principal de los sitios históricos ; y a Robert F. Parrot, el gerente de la Arboleda Sagrada, a que comentáramos la historia y el significado de la Arboleda Sagrada. Durante nuestro viaje de dos días, nos imaginamos esa importante mañana cuando José Smith caminó desde la casa de troncos de su familia hacia un lugar en los bosques cercanos para orar. A diferencia de la ciudad de Nueva York, la Arboleda Sagrada se encuentra más cerca a las condiciones en que estaba cuando José Smith se arrodilló a orar. El relato de los esfuerzos para conservar la arboleda se darán a conocer en un artículo del Educador Religioso en base a las entrevistas efectuadas este fin de semana pasado.
Aunque se desconoce el sitio exacto donde José se arrodilló a orar, los bosques cercanos a la casa de los Smith nos recuerdan ese acontecimiento y nos permiten conectarnos al pasado. Los visitantes a la arboleda, caminan por donde el joven José trabajó y oró. Tales exploraciones nos ayudan a colocar los diarios, las cartas, y las historias del pasado en un contexto del mundo real, permitiéndonos apreciar el relato de manera mas completa.
La foto de la Arboleda Sagrada fue tomada por Brent Nordgren
La revista del Smithsonian presentó el mes pasado un artículo muy interesante acerca del Rey Herodes, escrito por Bárbara Kreiger (véase “Se Encontró la Tumba de Herodes” [Agosto 2009] págs. 36-43. El año pasado, el famoso arqueólogo israelí Ehud Netzer, anunció que había encontrado la tumba de Herodes (véase el blog del CER publicado el 12 diciembre 2008); una noticia inesperada que captó la atención de los eruditos y de los medios de comunicación populares.
Los arqueólogos habían estado buscando esta tumba durante mucho tiempo. En el último reporte actualizado de su descubrimiento, Kreiger proporciona un excelente retrato hablado del Herodium (el palacio- fortaleza de Herodes en el desierto de Judea unos once kilómetros al sur de Jerusalén) y algunas fotografías impresionantes entre las que se incluye una del sarcófago real reconstruido que encontró Neutzer (ver la pág. 39).
Además de contarnos un relato atractivo, el artículo nos brinda una vista del mausoleo original que fue reconstruido por el mismo Neutzer (págs. 41-42). El calcula que era un edificio de siete pisos de altura que se localizaba a mitad del camino cuesta arriba en la montaña artificial que Herodes construyó para su aún mayor palacio-fortaleza. Tan dominante era ese sitio en la antiguedad que los habitantes de Jerusalén lo podían ver. ¡Esto es simplemente emocionante!.
Cuando yo viví en Jerusalén (1997-1998) aproximadamente 250,000 personas visitaban cada año el Herodium. Llevábamos allí cada semestre a los estudiantes de BYU. Mientras leía el artículo me sentí como si yo mismo estuviera subiendo la colina. Kreiger no solo toma a los laicos de la mano en su ensayo muy bien escrito, sino que también refleja las tensiones que existen hoy en ese lugar: “Veo aldeas árabes y colonias israelíes en tres direcciones” (pág. 39) El conflicto entre los aldeanos árabes y los colonos israelíes, ha detenido virtualmente todo el turismo a esa zona en la actualidad. “Pero hacia el este” nos sigue diciendo, “los cultivos terminan abruptamente a medida que el desierto impone su autoridad, cayendo hacia el Mar Muerto, y luego subiendo otra vez como las montañas de Jordania” (pág. 39). El conflicto entre el desierto y la civilización es tan real como el conflicto entre los dos pueblos que reclaman la propiedad de la tierra. Estar de pie en el Herodium y contemplar la escena, hace que aumente nuestro asombro por lo que logró Herodes al edificar su fortaleza-palacio y luego construir su mausoleo.
Al final, sin importar lo que uno piense de Herodes, seguramente debemos admitir que él fue uno de los grandes constructores de la antiguedad. Su tumba y su fortaleza-palacio en el desierto de Judea lo demuestran. La obra de Ehud Netzer nos brinda otra ventana al mundo del primer siglo — un mundo dominado por reinos y gobernantes— con una visión muy distinta a la de Jesús de Nazaret.
Estoy acabando de dirigir el programa de verano de estudio en el extranjero de BYU en Roma este fin de semana, antes de continuar hacia Atenas para terminar la última semana y media del trimestre de verano.
Ha sido un mes caluroso y húmedo al intentar el Dr. Gary Hatch y yo mantenernos un día por delante de los cuarenta alumnos que nos han acompañado. Hemos visto mucho de Roma y de Italia a lo largo del mes.
Roma ha sido nuestra base operativa y, durante este trimestre escolar, hemos vivido en diferentes apartamentos ubicados en las proximidades de la Ciudad del Vaticano, la nación independiente más pequeña del mundo. De hecho, dos apartamentos de estudiantes tienen vistas directas a la Basílica de San Pedro desde las ventanas de los dormitorios.
Por supuesto, al igual que otros viajeros y turistas, visitamos los museos del Vaticano, los jardines del Vaticano, el Scavi (la necrópolis del siglo I debajo de la Basílica de San Pedro), y estuvimos dentro de la misma iglesia. Los alumnos también asistieron a una audiencia papal la primera semana. En otras ocasiones, la magnífica plaza de San Pedro servía como punto de encuentro para el grupo, antes de partir hacia algún destino de la ciudad; sin embargo, parecía que todos los días estábamos a la sombra de San Pedro, estuviéramos donde estuviéramos en la ciudad.
Aun para los que no son católicos, la Basílica de San Pedro es un lugar obligatorio de visita en Roma. La Piedad de Miguel Angel está en la iglesia, y su cúpula se levanta por encima de los demás edificios de Roma, llamando a la gente a reunirse en este singular lugar.
Según una antigua tradición, Pedro fue crucificado en el Circo de Nerón y enterrado cerca, más o menos entre los años 64 y 66. En alguna fecha relativamente temprana, quizás a mediados del siglo II, los cristianos marcaron una tumba que creían que contenía los restos de Pedro.
Posteriormente, Constantino erigió una iglesia en dicho sitio en el siglo IV. Con el tiempo, el Papa Julio II comenzó la construcción de una nueva iglesia, la actual basílica, en 1505. A partir de 1939, el Vaticano patrocinó investigaciones arqueológicas debajo de la Basílica, donde encontraron restos de la primera iglesia y algunas tumbas del siglo I.
En la actualidad, a los visitantes de la Scavi se les muestra una tumba específica, que los católicos creen que es la de San Pedro, directamente debajo del altar alto cubierto por el dosel de Bernini debajo de la magnifica cúpula de Miguel Angel. Aunque muy probablemente no sea la tumba del pescador de Galilea, hay algo especial al visitar un lugar que ha sido el centro de peregrinajes desde hace casi dos mil años; y aunque nunca sepamos exactamente lo que le pasó a Pedro (dónde, cómo y cuándo murió) hay algo que nos hace pensar en él a la sombra de la Basílica que lleva su nombre en esta asombrosa ciudad en el río Tiber.
Durante el mes de diciembre, nuestros pensamientos quizás pudieran evocar un día de invierno en una pequeña granja en el estado de Vermont, donde José Smith dio su primer aliento de vida en 1805. También podríamos meditar sobre una calurosa tarde de jueves en junio de 1844, cuando el profeta dio su último respiro.
Durante su vida, José Smith fue muchas cosas: un hijo obediente, un padre amoroso, un vecino amable, un líder de la comunidad con visión. Además fue un profeta de Dios.
Desde el principio, los profetas han tenido deberes específicos. Noé construyó un arca. Moisés sacó al pueblo de Israel del cautiverio. Josué condujo a Israel hacia la tierra prometida. Lehi y Jeremías advirtieron a los habitantes de Jerusalén sobre un inminente exilio. Pedro y Pablo llevaron el evangelio a las naciones de la tierra. Tengan la asignación específica que tengan, todos los profetas son testigos del Señor.
José Smith no fue diferente. Él recibió numerosas asignaciones del Señor. Sin embargo, su papel más grande e importante como profeta fue el de ser un testigo moderno de Jesucristo. En 1820, José Smith registró: “No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo! (José Smith—Historia 1:17).
En 1832, José Smith y Sidney Rigdon testificaron: “Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre (Doctrina y Convenios 76:23).
En 1836, José Smith y Oliver Cowdery testificaron:
“Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había un pavimento de oro puro del color del ámbar. Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas, sí, la voz de Jehová” (Doctrina y Convenios 110:2-3).
El ministerio profético de José Smith se puede dividir fácilmente en dos deberes distintos y, a la vez, relacionados.
Primero, el Profeta fue llamado para testificar de Jesús como Salvador y Redentor. Esto lo logró principalmente al sacar a luz el Libro de Mormón y al establecer la Iglesia de Jesucristo. El Libro de Mormón y la Iglesia se centran en la Expiación de Cristo, el arrepentimiento, la salvación y la vida eterna. La primera asignación se culminó con la restauración de los primeros principios y ordenanzas del evangelio, los cuales nos permiten entrar en el Reino Celestial. A esto se le llama la “plenitud del evangelio de Jesucristo”
Segundo, el Profeta fue llamado para testificar de Jesús como el “autor y consumador de nuestra fe”. Esto lo logró principalmente por medio de las revelaciones que recibió, comenzando en 1832, con respecto a la exaltación y la vida eterna (véase Doctrina y Convenios 76, 84, 88 y 93) Esta última asignación se culminó en el templo, en el que los Santos de los Últimos Días reciben las ordenanzas de la Iglesia del Primogénito que les permiten entrar en la presencia de Elohim.
Todas las bendiciones y promesas que anunciamos a los habitantes de la tierra vienen mediante y por Jesucristo, el mismo Hijo de Dios. Ciertamente son “buenas nuevas”. Sin Jesucristo, no tenemos nada. José Smith dijo el 12 de mayo de 1844, pocas semanas antes de que fuera asesinado: “El Salvador tiene las palabras de vida eterna, ninguna otra cosa nos puede beneficiar” (Andrew F. Ehat and Lyndon W. Cook, eds., Words of Joseph Smith [Provo, UT: Religious Studies Center, Brigham Young University, 1980], 365).
Al escuchar el testimonio de José acerca de Jesucristo, es como si oyéramos la voz de Jesús porque José Smith “fue ordenado por Cristo Jesús” (William W. Phelps, “Loor al Profeta,” Himnos [Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1992), no. 15).

