Robert L. Millet Blog Posts
Director de Publicaciones del Centro de Estudios Religiosos de BYU

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Hace unos años, un antiguo alumno me escribió expresando su preocupación sobre nuestra enseñanza doctrinal de que la Iglesia de Jesucristo era “la única iglesia verdadera y viviente” (véase doctrina y Convenios 1:30). Él había llegado a creer que tal posición era arrogante y orgullosa. Además, cuestionaba la idea de que pudiera ser tan afortunado de estar en la iglesia correcta, cuando tantas otras personas no lo estaban. Pensó que estadísticamente era tan poco probable que era ilógico creerlo.
Reconozco, desde luego, que como todas las nacionalidades, etnias, géneros y cualquier otro grupo formal o informal, la Iglesia de Jesucristo tiene miembros buenos así como malos; algunos que intentan vivir cerca de los ideales del Evangelio y otros que no. Sin embargo, he llegado a rechazar categóricamente las grandes generalizaciones acerca de cualquier grupo – sean musulmanes, budistas, agnósticos- o los liberales o conservadores políticamente. En mi estudio y experiencia, he descubierto que ningún grupo, denominación, familia o nación puede ser definido tan fácilmente mediante tales estereotipos.
En los años que han pasado desde este intercambio, a menudo he pensado sobre la noción de mi ex alumno de que es ilógico que una persona crea que ha nacido en la única Iglesia verdadera, porque es improbable estadísticamente que hubiera sido uno de los pocos afortunados, dado los millones y millones de personas que han vivido y que vivirán sobre la tierra. Consideren la lógica de su planteamiento. Como les dije a los alumnos de una clase que enseño de la historia del mundo: “Ningún monarca o gobernante antiguo vivió tan bien como ustedes; ustedes tienen agua potable limpia, abundantes alimentos (tanto en términos de calidad, como en cantidad y variedad), servicios médicos y dentales, opciones educativas, recreativas y de entretenimiento y, finalmente, libertades económicas y políticas que van más allá de lo que pudieran haberse imaginado la gente que vivió en el pasado”. Si mi ex alumno tuviese razón, sería ilógico aceptar que fuésemos tan favorecidos por vivir en una época de opulencia, conveniencia y comodidades que son disfrutadas por tan sólo una pequeña fracción de los habitantes de la tierra.
He reflexionado a menudo sobre la idea de que creer que pertenecemos a la única Iglesia verdadera, necesariamente haría a una persona arrogante y orgullosa. Ciertamente hay muchas personas privilegiadas que son arrogantes y orgullosas por su buena fortuna. Pero hay muchos, muchos otros que viven en sociedades modernas, pluralistas, democráticas y prósperas que, en cambio, sienten que sus muchas bendiciones colocan grandes responsabilidades sociales sobre sus hombros. Se sienten con el deber de dar de su tiempo, sus recursos y energías para ayudar a otros menos afortunados. Y esa es precisamente la respuesta a mi ex alumno. En la Iglesia hay algunos, quizás muchos, que en verdad son arrogantes y orgullosos, pero hay muchos otros que comprenden que los privilegios de ser miembro también nos requieren dar todo lo que tenemos para ayudar a los demás a obtener las mismas ventajas que nosotros disfrutamos. Donde mucho se da, mucho se requiere.
Yo no sé por qué nací en el Occidente, en una época de oportunidades sin precedente, con todos los inventos milagrosos, los avances técnicos y médicos para salvar vidas, y tan amplias libertades disponibles. Pero sí sé que ahora vivimos un estilo de vida que la mayoría de la gente en la historia de la tierra no se podrían haber imaginado. Tal conocimiento me ha hecho sentir humilde y me ha compelido a ser sensible hacia el resto del mundo, al aprender sobre los desafíos que la gente afronta y haciendo algo al respecto, al ayudar, apoyar y donar a otras causas dignas que ayudan a las personas a tener alimento, techo, ropa, atención médica y oportunidades educativas; además de contribuir al fondo humanitario de la Iglesia.
¿Cuáles son las probabilidades de ser tan bendecidos? No lo sé, pero me doy cuenta que tengo una oportunidad de hacer algo con lo que se me ha dado.