Robert L. Millet Blog Posts
Director de Publicaciones del Centro de Estudios Religiosos de BYU

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Blog escrito por Richard E. Bennet, profesor de Historia y Doctrina de la Iglesia.
El éxito de la Reforma Protestante se debe en su totalidad a la traducción e impresión de un libro. Ciertamente los esfuerzos de mártires antiguos como John Wycliffe y de posteriores reformadores como Willam Tyndale o Martín Lutero para imprimir y difundir la Santa Biblia, fueron imprescindibles para el éxito de la Reforma, también hecha posible por el invento previo de la tipografía móvil y de la imprenta por Johann Gutenberg. Ninguna cantidad de libros quemados, hace tantos años, que trató de destruir el poder de la palabra impresa, podía detener la gran ola impresa del cambio religioso que se avecinaba.
Así, la Restauración del Evangelio de Jesucristo también dependió, en gran medida, del poder y la impresión de otro libro. En este 165 aniversario del martirio de José y Hyrum Smith, es apropiado hacer una pausa y recordar sus causas. Los historiadores siguen ofreciendo una variedad de explicaciones inmediatas: la destrucción del periódico Nauvoo Expositor, Los misurianos ansiosos de la extradición, Thomas C. Sharp y el tema sobre la separación de la Iglesia y el Estado, la intriga de John C. Bennet y un grupo de ex-Santos de los Últimos Días descontentos, el matrimonio plural; y la lista sigue.
Sin embargo, puede ser instructivo recordar que en Doctrina y Convenios 135, John Taylor, que fue testigo ocular de los hechos, no lo atribuyó a ninguna de estas razones, sino más bien al poder de la pluma –o la imprenta– específicamente, a la publicación de dos nuevos libros de escrituras. Como John Taylor lo declaró, “costó la mejor sangre del siglo diecinueve publicar el Libro de Mormón… y Doctrina y Convenios… para la salvación de un mundo perdido” (D. y C. 135:6). El precursor publicado, y evidencia de la veracidad de la Restauración, fue el Libro de Mormón. Más que cualquier otro factor, fue el Libro de Mormón lo que distinguió el crecimiento de la Iglesia de Jesucristo y convirtió a un grupo de leales y dedicados miembros en un fundamento sobre el cual se edifico la Iglesia; y que posteriormente prosperó. Parley P. Pratt dijo:
Lo leí cuidadosa y diligentemente, gran parte de él, sin saber que el sacerdocio había sido restaurado; sin jamás haber oído de nada llamado “Mormonismo”, ni de tener ninguna idea de tal iglesia o pueblo.
Allí estaban los testigos y su testimonio del Libro, de su traducción, y del ministerio de ángeles; y estaba el testimonio del traductor; pero yo no los había visto, no había oído de ellos, por tanto no tenía ni idea de su organización ni de su Sacerdocio. Todo lo que sabía del tema fue lo que, como forastero, podía recopilar del libro: pero conforme leía, me convencí de que era verdadero; y el Espíritu del Señor vino sobre mí mientras leía e iluminó mi mente, convenció mi juicio y afirmó la verdad en mi entendimiento, de manera que yo supe que el libro era verdadero, tal como un hombre sabe la diferencia entre el día y la noche, o cualquier otra cosa que pueda implantarse en su entendimiento. (Journal of Discourses [Liverpool: Latter-day Saints’ Book Depot, 1858], 193–194)
Antes de que Pratt conociera a José Smith, habló con su hermano Hyrum, quien le dio a conocer “los puntos particulares del descubrimiento del Libro; su traducción; el crecimiento de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días y el mandato de su hermano José y de otros, por revelación y el ministerio de ángeles, por el cual el apostolado y la autoridad habían sido restaurados de nuevo a la tierra” (Autobiography of Parley P. Pratt, ed. Parley P. Pratt Jr. [Salt Lake City: Deseret Book, 1985], 22).
“La experiencia de Parley P. Pratt con el Libro de Mormón no fue un caso único”, comento el presidente Hinckley en tiempos recientes.
“Al ponerse en circulación los ejemplares de la primera edición, los cientos de hombres y mujeres fuertes que los leyeron se sintieron tan profundamente impresionados que renunciaron a todas sus posesiones, y en años subsecuentes no pocos de ellos dieron incluso su vida por el testimonio que llevaban en el corazón de la verdad de este extraordinario libro (“Un testimonio vibrante y verdadero”, Liahona, agosto de 2005, pág. 4).
Y si la obra de estos dos hermanos – que fueron leales el uno al otro como lo fueron al mensaje de Cumorah – comenzó con el Libro de Mormón, terminó con él. La última escritura que los dos hombres leyeron juntos, antes de ser asesinados en la cárcel de Carthage el 27 de junio de 1844, no fue de la Biblia sino del Libro de Mormón.
Esa misma mañana, Hyrum, después que se había preparado para ir — ¿a la matanza diremos? – leyó el siguiente párrafo, cerca del fin del capítulo doce del libro de Éter, en el Libro de Mormón y dobló la hoja:
Y sucedió que le imploré al Señor que diera gracia a los gentiles, para que tuvieran caridad. Y aconteció que el Señor me dijo: Si no tienen caridad, es cosa que nada tiene que ver contigo; tú has sido fiel; por tanto, tus vestidos se hallan limpios. Y porque has visto tu debilidad, serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre. Y ahora… me despido de los gentiles, sí, y también de mis hermanos a quienes amo, hasta que nos encontremos ante el tribunal de Cristo, donde todos los hombres sabrán que mis vestidos no se han manchado con vuestra sangre. (DyC 135: 5)
“Vivió grande y murió grande a los ojos de Dios y de su pueblo; y como la mayoría de los ungidos del Señor en tiempos antiguos, ha sellado su misión y obras con su propia sangre; y lo mismo ha hecho su hermano Hyrum. ¡En vida no fueron divididos, y en su muerte no fueron separados! (D. y C. 135:3).
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